martes, 4 de diciembre de 2012

La ciudad mutante


En el comienzo del actual milenio, dos momentos históricos representaron un punto de quiebre para los modos en los que se desarrolló la cultura urbana en la Buenos Aires. Se trata de dos diciembres: de 2001 y 2004. El primero, con la caída del gobierno de la Alianza, puso en cuestión una importante cantidad de parámetros de producción y difusión cultural al tiempo que significó el fin de una etapa política y social signada por el más crudo neoliberalismo. El segundo, tuvo lugar la denominada “tragedia de Cromagnón”, en el que 198 jóvenes murieron producto de la impericia del sistema de espectáculos en la Ciudad, a lo que se sucedieron clausuras compulsivas de espacios de producción de cultura. Desde entonces, los emprendimientos culturales porteños comenzaron un lento pero sostenido proceso de recomposición, en el que florecieron pequeños y medianos centros culturales, salas de teatro, recitales de poesía, revistas independientes y una importante cantidad de emprendimientos netamente ligados a la difusión a través de Internet y las nuevas tecnologías. Desde aquel quiebre a esta parte, Buenos Aires volvió a ser una ciudad plena de oferta cultural, y el circuito alternativo se revitalizó, al tiempo que en el plano educativo esta descentralización pareció haber pasado de largo. De estos procesos da cuenta Mi Buenos Aires querido. Entre la democratización cultural y la desigualdad educativa, una compilación de ensayos académicos dirigida por la docente, investigadora y doctora en Ciencias Sociales Ana Wortman.


Con la participación de doce investigadores, la gran mayoría de ellos sociólogos de la Universidad de Buenos Aires, Mi Buenos Aires Querido plantea una suerte de paradoja en la cual, por un lado, la explosión de las redes sociales y de los diferentes circuitos culturales y de diseño permiten hablar de cierta tendencia hacia la democratización del acceso a la cultura, en el plano educativo formal se observa una paralización fuertemente afirmada en parámetros tradicionales. De esta manera, los ensayos abordan, con un pie en la investigación metodológica, temáticas como las relaciones entre clases medias y nuevas tecnologías, la idea de una “cibercultura” como factor para interpretar las variables identitarias, casos concretos de producción independiente, como la emergencia de múltiples editoriales alternativas, y los lazos sociales que estructuran una vida moderna-tardía en las escuelas y universidades, entre otras.   



Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil el domingo 2 de diciembre de 2012

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Una balsa de libros, y a naufragar


Por Juan Francisco Gentile. "El oro y la oscuridad", del colombiano Alberto Salcedo Ramos, y "La peor de las ciencias", del platense Gabriel Pinciroli, son los dos nuevos libros que agrandan el catálogo de Libros del Náufrago, una pequeña pero pujante editorial local que a fuerza de trabajo constante y un ojo clínico para la detección de títulos, se afianza en la escena.



Desde el estallido social, político, económico y cultural que significó para la Argentina el 2001, a esta parte, un fenómeno inédito comenzó a crecer y se multiplicó hasta el infinito: la aparición de nuevas editoriales. Medianas y pequeñas, autogestionadas y comerciales, profesionales y artesanales, insertas en el mercado y outsiders, lo cierto es que una gran cantidad de títulos y autores nuevos comenzaron a circular en diferentes capas de la cultura, algunos relegados a la circulación exclusiva en ámbitos subterráneos y sin capacidad ni voluntad de trascender al under (caso paradigmático fue el abanico de editoriales artesanales que le dieron vida a la Feria del Libro Independiente –FLIA-), otras rompiendo el cerco de lo marginal para liberar una disputa palmo a palmo en el plano de la hegemonía cultural de la edición de libros a los grandes sellos del mainstream. En este último grupo se encuentra como caso singular la creciente editorial local Libros del Náufrago.
A través de una edición profesional, de una distribución relativamente completa en librerías chicas y de las otras, diseños que nada tienen que envidiarle a los grandes sellos y, por sobre todas las cosas, de un catálogo fuera de serie -mérito exclusivo de su editor Juan Ignacio Calcagno Quijano- que acerca a los lectores argentinos títulos que, exageraciones aparte, se encuentran entre lo mejor de la crónica y la narrativa social latinoamericana contemporánea, pero que paradójicamente son desatendidos por las grandes editoriales, Libros del Náufrago arremete nuevamente con dos novedades: "El oro y la oscuridad", del exquisito cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, que narra la increíble historia de Kid Pambelé, el mayor boxeador de la historia de Colombia y tal vez de América Latina (integrante de la colección Crónicas del continente, dirigida por Daniel Riera, uno de los directores de Barcelona); y "La peor de las ciencias", de Gabriel Pinciroli, un joven narrador platense que se presenta en sociedad con esta serie de crudos relatos, capaces de producir reacciones físicas a los lectores, en una clara demostración del poder de la literatura (parte de la colección de narrativa Patas cortas).  
Pambelé: la locura del éxito. Apogeo y ocaso de un mito colombiano
“Cuando yo era niño, no perdía mi tiempo viendo a Superman o a Tarzán: mi superhéroe era de verdad y se llamaba Pambelé”, escribe Alberto Salcedo Ramos. Su confesión es también la de, por lo menos, toda una generación de colombianos: Antonio Cervantes, alias Kid Pambelé, no sólo fue el mayor ídolo deportivo que dio Colombia en su historia, sino que además fue uno de los mejores boxeadores del mundo entero. Campeón del mundo en la categoría Welter Junior, Pambelé defendió ese título de modo constante durante casi ocho años, entre 1972 y 1980, con la única interrupción de la caída ante el portorriqueño WilfredO Benítez en 1976, a quien venció tan sólo un año más tarde, para volver a hacerse del cinturón. La sociedad y los medios de Colombia enloquecieron. Era el mayor ídolo nacional, quien hizo famoso al país ante el mundo, el deportista invencible, la envidia del primer mundo. Una mochila demasiado pesada: sumergido en el mundo del alcohol y las drogas luego de su extensa estadía en la cresta de la ola, Pambelé deambulaba por las calles de diversas ciudades colombianas en busca de pelea, excesos y prostitución. Famoso por sus glorias, luego famoso por su decadencia, la historia de este boxeador que supo darle una tremenda paliza a Nicolino Locche en marzo de 1973 en Maracay, Venezuela, es el centro del libro "El oro y la oscuridad", de Alberto Salcedo Ramos, quien ha sido definido por John Lee Anderson como “el cronista de cronistas”.
Pero "El oro y la oscuridad" no se trata solamente de la historia de Pambelé: a través de la figura del boxeador, el autor logra un interesante trabajo de investigación que pone la mirada sobre claroscuros de la sociedad colombiana, sus parámetros de éxito y fracaso y sobre cómo la fantasía de infinitud de la gloria creada por los medios de comunicación y alimentada por el fanatismo de un pueblo pueden volver completamente loco a quien fuera su máximo ídolo deportivo. Salcedo habla con todos para llegar al hueso: la familia del Kid, sus médicos y los linyeras que lo pelearon en las calles por dos pesos, los parroquianos de los bares que lo veían como un fantasma que desaparecía repentinamente para aparecer la mañana siguiente en otra ciudad, y los periodistas que lo siguieron en la gloria y también en el ocaso. Salcedo también habla con Pambelé: las conversaciones, por momentos, son escalofriantes. El mérito, claro, no es de la historia, sino de la pluma del cronista, que dosifica la información como un artesano del texto.   
Ciencias ocultas
Y en la otra esquina, nacido en la ciudad de La Plata en 1975, traductor del alemán al castellano de una gran cantidad de obras, docente y escritor largamente premiado en diversos concursos de aquí y allá, Gabriel Pinciroli llega a las librerías con "La peor de las ciencias". Se trata de una serie de relatos de lenguaje directo y temáticas que corren por el carril de la violencia y el sexo en épocas de reacomodamientos de la noción de sujeto, atravesado por las nuevas configuraciones posmodernas propias de Internet y aquel sentimiento generalizado de los años noventa que afirmaba la inexistencia de un futuro promisorio.
Alejado del realismo liviano que parece ser la tónica generalizada de la nueva narrativa y visiblemente atravesado por una concepción poética del mundo, los relatos de Pinciroli están sobrevolados constantemente por una tensión que no termina de explotar, haciendo del punto exacto que antecede al clímax de toda historia su as en la manga. 

Publicado en www.marcha.org.ar

domingo, 11 de noviembre de 2012

¡Hay dos por uno en poesía!


El debut literario de Iván Noble viene de la mano de Washington Cucurto. Así, De tal palo, de ex líder de Los caballeros de la Quema, y ¡Basta de escribir nobvelas!, del autor de Sexybondi y Cosa de negros conforman un libro doble y sin contratapas, que se puede leer por cualquiera de sus dos wines.


Corría el año 1996 y por entonces la banda de sonido de las últimas escenas de la fiesta menemista incluía canciones de un disco titulado Perros, perros y perros, de Los caballeros de la Quema, banda del oeste del gran Buenos Aires. Todavía no habían grabado aquel infinito hit noventero, que con optimismo proponía que la morocha se atreviera a “punguearle a esta vida amarreta un ramo de sueños”. En el video de No chamuyes, el corte de difusión de aquel disco canino, se podía ver al líder de la banda, un extraño de pelo largo apellidado Noble, lucir una remera con la cara de Charles Bukowsky, cuando todavía la indumentaria con referencias a la contracultura no era moda de diseño palermitano. Dieciséis años más tarde, el mismo tipo, que luego saltó a la fama por su labor como compositor y cantante de la que fuera una de las bandas de rock más convocantes del cambio de siglo, une sus fuerzas con Washington Cucurto, el poeta de la calle, el de los laburantes del conurbano, los inmigrantes y los choferes de colectivos, en un libro de poesía que en verdad contiene en su interior dos trabajos diferenciados: De tal palo, de Iván Noble, y ¡Basta de escribir novelas!, de Cucurto, editado por un sello que funciona como una suerte de club editorial: el Garrincha Club.
Los textos que muestran Cucurto y Noble en esta publicación tienen más de un punto de contacto. En ambos predomina el uso de la primera persona, el tono intimista y cierta predilección por la fluidez de la conciencia en el estilo, lo cual hace que estos poemas den la sensación de una  coloquialidad franca, como si el lector pudiera inmiscuirse en la intimidad de los pensamientos de quienes escriben. Casi como un derrotero, ambos autores exhiben cierta estampa de loosers en estos poemarios, que funcionan como un glosario de miserias y desilusiones de dos cuarentones que están de vuelta: mientras Cucurto añora un pasado nocturno y fiestero (“Las cosas no son iguales / y pensar que por estas calles desiertas / yo llevaba la música y la seducción en la sangre / era feliz / Yo era un bailantero”), Noble se sienta en un bar de mala muerte a beber vino con un amigo, de su misma edad y también separado, y ante la inminente seducción de dos chicas veinteañeras huyen raudamente a por medialunas en la madrugada, en vez de abordar el juego de la coquetería, que en el pasado hubiera sido el leit motiv de sus versos cancionísticos caracterizados por una melancolía con un halo de esperanza. Por otro lado, ambos plantean en determinados momentos de este recorrido un regreso a sus hogares personales y al amor de sus hijos, como espacios al resguardo de la vida frenética que representa el mundo exterior. Noble, como muestra, narra cómo su tranquila lectura de Jack London en el patio de su casa es interrumpida por vecinos que vociferan puteadas contra los franceses al ver la transmisión de un partido de Los Pumas, lo cual lo lleva a cerrar el libro y aventurarse “a comprar vino y queso al almacén”. Este es el tipo de aventuras que hoy vive el autor, con presumible pasado atestado de anécdotas nocturnas propias de una vida como estrella de rock.
Pero, claro, ambos cuerpos de poemas también exhiben características diferenciadas. Por su parte, Cucurto, en ¡Basta de escribir novelas!, se ríe con desparpajo de más de un ícono político de la actualidad: la Revolución Bolivariana de Chávez, el Che Guevara, la presidenta Cristina Fernández (a quien le dedica el poema “Hombre de Cristina”, en el que la llama “Mi Caderona Nacional”, y el resto se puede imaginar). También revisita sus lugares poéticos favoritos: el barrio porteño de Constitución por las noches, con su “paraguayada” en pleno jolgorio, la vida tranquila del conurbano en Quilmes, donde “la gente te dice hermano / Uno tropieza con la comida / con las botellas de miel / los inconfundibles salames caseros / ¡a precios regalados!”. Es que, si bien Cucurto plantea por momentos el tono intimista y hogareño, su poesía parece no poder zafarse del todo de los vertiginosos y estrellados ritmos latinos que caracterizan su literatura, donde los signos de admiración se abren paso a los codazos entre los pajonales de la mansedumbre.     
La portada espejada muestra a ambos autores sentados en torno a una clásica mesa de café en una pizzería del barrio de Almagro, fotografiados por la lente personal de Nora Lezano. Mientras que en la tapa que corresponde al libro de Cucurto se los ve posando para la foto, en un gesto casi profesional, la portada del lado de Noble los muestra espontáneos, captados en medio de una charla de ocasión. Algo de todo esto se refleja en los poemas que contienen las hojas que suceden a estas imágenes: Los textos de Cucurto muestran mucho de su ya trabajado oficio literario, en tanto que en los poemas que aquí publica Noble se insinúa una escritura como actividad secundaria e informal, pasajera y con ciertos aires de hobbie. 

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 11 de noviembre de 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

Un amor salvaje


El protegido del ciervo, el nuevo libro de poemas de Graciela Aráoz (presidenta de la Sociedad de Escritores de la Argentina y directora del Festival Internacional de Poesía, además de poeta) es un poemario de amor. Pero no se trata de un amor dócil ni liviano, ni entregado al devenir rosa de un romanticismo optimista. Todo lo contrario: los textos que Aráoz agrupa en este título abordan la temática amorosa desde una perspectiva fuertemente erótica, cargada de grandes palabras, que forman un tendedero húmedo de imágenes salvajes, donde el sexo y los cuerpos se vuelven uno con la naturaleza e incluso ingresan temerariamente esa zona intimidante que reviste la muerte, para luego desbordarla a borbotones.
La clave de estos poemas está sin dudas en su erotismo, que todo lo cubre. Así, hasta las separaciones, las traiciones, las ausencias, los finales y el dolor están atravesados por el reinado de las bocas y sus labios, de los ojos y sus lágrimas, de las pieles y sus sexos. El nombre y la palabra para designar al mundo son aquí tanto o más vitales que los cuerpos, y ni muerta esta autora, que en el poema “Sinfonía” asiste a su propio entierro, se desprende del nombre. Es que la palabra, acaso, sea lo único que logra sobrevivir incluso cuando el cuerpo fenece: “Ya no existe el cuerpo / sólo queda el trazo / de una escritura / que ahora escribe / en el lomo encrespado / del tigre”, se lee en “Habitación felina”.
Desde su presentación visual, El protegido del ciervo transmite algunas de las coordenadas orientadoras de los senderos transitados por las palabras que componen sus poemas. Tanto la tapa, como las ilustraciones interiores, todas de autoría de la artista española Marijose Tobal, muestran cuerpos femeninos desnudos e integrados a la tierra. No es casual: la palabra “cuerpo” está presente casi en cada página de la obra.   

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 4 de noviembre de 2012

lunes, 22 de octubre de 2012

Fuerza colectiva


Acaba de publicarse Panorama Interzona. Narrativas emergentes de Argentina , una compilación de 28 autores de hasta cuarenta años de edad que incluye cuento, teatro, poesía y ensayo sobre ejes temáticos como la violencia, el sexo, el poder y el crimen, entre otros. La salida del libro es la excusa para dialogar con Elsa Drucaroff, escritora, crítica, docente y compiladora de la antología sobre cómo y por qué escriben los autores jóvenes.


Las antologías de jóvenes narradores ya son un clásico en el espectro editorial emergente de los últimos años. Se podría decir, sin riesgo de caer en grandes inexactitudes numéricas, que desde el quiebre social, cultural y político producido por la crisis del 2001 y la posterior recomposición del esquema institucional del país, asomó la mirada por sobre las ruinas humeantes una camada de narradores agrupada en torno a la construcción de una nueva subjetividad, echando mano a las nuevas tecnologías, al acceso masivo a Internet y a editoriales dedicadas a la difusión de lo nuevo, como Interzona, Entropía, Mansalva, Caja negra y muchas otras. La reciente salida de Panorama Interzona. Narrativas emergentes de Argentina, compilado y comentado críticamente por Elsa Drucaroff, antologa textos de 28 escritores de hasta 40 años, entre los que aparecen cuentos, poemas, obras de teatro y ensayos críticos, configurando de esta manera una concepción ampliada de la noción de Narrativa. “La nueva narrativa argentina tiene una relación fundante con las antologías, no porque la hayan hecho nacer, sino porque marcaron la toma de conciencia generacional –sostiene Drucaroff-. La primera vez que autores de generaciones de postdictadura pudieron manifestar públicamente `somos jóvenes y escribimos algo nuevo´ fue con La joven guardia, la antología de Maxi Tomas. A partir de esa movida, aparecieron  otras antologías que fueron imponiendo nombres y estéticas”.
La cuestión generacional es un tópico que genera intensos debates en los estudios culturales, y parece ser el trasfondo teórico de la proliferación de antologías y del concepto de Nueva Narrativa Argentina. Los parámetros para definir que se está frente a una generación de artistas en desarrollo, claramente diferenciable de sus antecesoras, contra lo que se puede adivinar en una primera aproximación, no parecen ser simplemente etarios: “Haber nacido en determinada fecha no coloca automáticamente a un autor en una generación, sino que ésta se forma a partir de haber vivido experiencias comunes de modos similares. Variables como clase social, lugar geográfico, contacto con hechos histórico-políticos y conciencia para procesar esos hechos, se vuelven fundamentales. No es tampoco un hecho cuantitativo: un grupo reducido puede definir una generación e imponer la agenda de problemas, como generación joven e innovadora, a una sociedad. Algo así fue el Grupo Contorno a fines de los años ’50. No es que toda la gente que nació el mismo año que Viñas, Jitrik o Rozitchner pertenece a esa generación, ni siquiera la mayoría. Y sin embargo, si pensamos históricamente, vemos a esa generación protagonizando y generando algo”, analiza Drucaroff, quien ya había ensayado caminos en este sentido en su libro Los prisioneros de la torre.
Panorama Interzona tiene por rasgo distintivo, por un lado, la gran cantidad de textos que integran la antología (32 textos en total), y lo variado de su composición temática, por otro. De esta manera, conviven textos poéticos, cuentos, piezas teatrales y ensayos en distintos apartados que tienen como ejes la violencia, los medios masivos, el sexo, los géneros, la política, el poder y el crimen, entre otros. Drucaroff lo explica: “Si algo me seduce en la Nueva Narrativa es que no hay estéticas obligatorias, sino una enorme variedad de estilos y libertad creativa. Quise reflejar también eso y no hice una antología uniforme, sino que mostré parte de este enorme abanico. Hay thriller, hay minimalismo, hay lenguajes innovadores, hay cuentos clásicos, hay comedia de costumbres, poesía trash y poesía culta. La narrativa propiamente dicha es una cierta economía discursiva que se expresa en las novelas y los cuentos, pero la narratividad puede aparecer también en otros géneros. Por eso el plural `narrativas argentinas´ en el título”.
Tal vez la reflexión más interesante que habilita la salida de una compilación como Panorama Interzona tiene que ver con cuáles son las principales motivaciones que encuentran los autores jóvenes para escribir, en una época en la que la sobre saturación de información irrelevante parece estar modificando decisivamente la dinámica a través de la que se desplaza la palabra escrita en todas sus dimensiones. “Es difícil responderlo –se sincera Drucaroff- ¿Cómo saber qué motiva profundamente a alguien a escribir, salvo generalidades como la urgencia por pensar cosas, construir mundos alternativos, reflexionar desde la ficción sobre la sociedad y la existencia? Hay gente que escribe motivada apenas por el más bobo narcisismo, y entonces escribe mal, por buena técnica que tenga. Pero eso no es porque sea joven o vieja. El gesto realmente artístico, donde el narcisismo, aunque participe, no define, tiene algo tan esencialmente humano que no se puede definir únicamente por generación o actualidad. Si durante las décadas de postdictadura los jóvenes escribieron mucho, y (algunos) muy bien, pese a que la sociedad no les daba la menor motivación para hacerlo, ni los leía ni sabía que existían, ya hace un tiempo que esto está empezando a cambiar y los jóvenes siguen escribiendo mucho y (algunos) muy bien, pero con otra alegría y otra fuerza colectiva para salir a buscar sus lectores”.

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 14 de octubre de 2012

jueves, 27 de septiembre de 2012

Luis Sagasti: alimentar el fuego


“Estoy escribiendo una nueva... no sé, novela o como se llame”, dice Luis Sagasti. Y no por mero desparpajo: en 1999 y 2006 publicó El canon de Leipzig y Los mares de la luna, respectivamente, y el año pasado sacudió más de una cabeza con Bellas Artes, un libro definitivamente raro en términos rubendarianos, por su filiación decididamente narrativa, pero puesta en clave vanguardista, con la fusión de elementos y la batalla a la linealidad como motor. Ahora, el escritor de Bahía Blanca trabaja otra vez en una novela (como se llame) y no duda al señalar el objeto de la literatura: “Se escribe para alimentar el fuego: alumbrar, dar cobijo, para que hacer que el mundo arda”.
Se puede leer Bellas Artes como una provocación ante todo lo que la literatura conserva de anquilosada: sus métodos prefabricados, sus recetas para el éxito, sus compartimentos y géneros delimitados. En un movimiento fresco y arriesgado, Sagasti logró un texto que a la vez es muchos textos, centrados en el poder del acto artístico como modo para, por lo menos, aproximarse a la punta del ovillo de lana del mundo: “En mí, las ideas nunca se presentan con claridad de mediodía –dice el autor-, sino como una intuición muy fuerte a la que siento que debo darle una forma. Escribir es una manera de hacerlo. En un libro como Bellas Artes, lo que realmente quiero expresar se encuentra dicho a partir de ciertos ritmos, del trabajo con la plasticidad del lenguaje, de cómo queda resonando una idea sobre otra idea, como si se formara un acorde. Las historias con que intento abordar esas intuiciones no son azarosas, pero no me interesan las historias en sí sino los vínculos con los que forman un todo mayor. No me preocupa saber cuál es el género en que encaja el trabajo”, asegura, al tiempo que devela algunas pistas sobre el sucesor de Bellas Artes: “Tengo ahora una serie de ideas que son casi opuestas al libro anterior. Habría, y de hecho diría que existe, una trama un poco diluida que se deja entrever en medio de pequeñas historias. Podría agregar que hay una suerte de misterio a resolver”.
Resulta más que interesante lo que tiene para decir Sagasti cuando se le realiza una de las preguntas clásicas que hacemos los (a veces previsibles) periodistas culturales, acerca de los rituales de escritura: “Si uno realiza un ritual para ponerse a escribir es porque pretende entrar en una suerte de realidad paralela que exige determinada preparación sensorial. He leído que muchos lo hacen. Es difícil entenderlo para mí. Mis ideas y la forma de expresarlas son parte de mi ADN. No puedo ingresar a mi interioridad pidiendo permiso a unas velas. No estoy separado de mí cuando escribo, siempre soy yo, o soy más yo que nunca”, explica.
Según define Sagasti, que nació en Bahía Blanca en 1963, se encuentra ubicado “en una suerte de generación intermedia”. Eso lo coloca en posición de especial atención respecto las nuevas camadas de escritores: “No hay que dejar de lado las voces que vienen. En la piel de alguien de treinta el sol pega de otro modo. Me interesan los que escriben sin bronceador. La multiplicación de editoriales llamadas independientes es un síntoma de que nuestra cultura necesita decir, buscar riesgos, dar cuenta de ciertos nervios”, señala el autor del ensayo Perdidos en el espacio, que no se ahorra las recomendaciones: “Los dos últimos textos de Mario Ortiz: Crítica de la imaginación pura y Al pie de la letra me parecen decididamente asombrosos. Luego, y sabiendo que dejo de lado a unos cuantos, podría decir que me gustan mucho Matías Capelli, Cabezón Cámara, la prosa de Sonia Cristoff, Jorge Consiglio, la sinestesia de Kohan y los perfiles oblicuos que traza Juan Forn”.


Su condición de bahiense hizo que muchas veces, desde la crítica y el periodismo, se etiquetara a sus textos con la categoría “literatura del interior”, como si eso generara una suerte de ecosistema literario o de tendencia capaz de agrupar en torno a determinadas características a quienes desde allí escriben. “Lo único que puede significar hoy –retruca Sagasti- es la certeza de que en ciertos aspectos existe un federalismo cultural que tiene que ver más con una época donde las fronteras se diluyen a fuerza de bytes que con decisiones gubernamentales. Si Rosario es el interior, Bahía Blanca sería la Argentina profunda, y Coronel Pringles, la Argentina abisal. Hay una Argentina profunda, por llamarla de algún modo, cuya literatura es voz de una cosmovisión regional. Cuando esa cosmovisión por fuerza de las formas trasciende su terruño, ya deberíamos hablar de otra cosa. Pienso en Juanele Ortiz, por ejemplo. El resto pertenece a una mentalidad cuyos cimientos son los que constituyeron la modernidad y que hoy se encuentran en un estado de transformación muy manifiesta. Y allí solo hay buena o mala literatura. JuanForn y Guillermo Saccomanno viven en Gesell, ¿qué literatura hacen? Héctor Libertella y Guillermo Martínez nacieron y se formaron en Bahía, pero se establecieron en Buenos Aires, ¿dónde se ubicarían de acuerdo a ese criterio?”, desafía este escritor del interior, cuya literatura respalda con la fuerza de las formas un definitivo traspaso de su patria chica. 


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 23 de septiembre de 2012

lunes, 17 de septiembre de 2012

La historia también es ficción



La relación entre la historia y la literatura, sus cruces y desencuentros, sus reciprocidades y sus intentos de autonomización, ha sido a lo largo de la historia moderna uno de los más enmadejados y fértiles tópicos de debate para el campo de las humanidades. Existieron y persisten tanto escuelas de pensamiento que postularon la nula convivencia entre ambas (fundamentalmente aquellos que desde una concepción de la literatura como disciplina suprema defienden su supuesta permeabilidad completa) como aquellas que desarrollaron sus teorías a partir de la íntima relación entre las producciones discursivas y el devenir de los acontecimientos sociales a través de los modos en que estos son representados. Pero no sólo la escritura literaria tiene que rendir cuentas a la historia. La publicación de La ficción de la narrativa, de Hayden White, una enorme recopilación de ensayos del historiador y filósofo estadounidense que introdujo más de un concepto disruptivo en el ámbito de los estudios históricos, constituye no sólo un volumen de referencia, sino una vasta bibliografía que problematiza y da cuenta de la idea de que la historia se relata, se construye y se escribe como una ficción.
Veintitrés son los ensayos que componen La ficción de la narrativa, desde “Collingwood y Toynbee: Transformaciones en el pensamiento histórico inglés”, de 1957, hasta “¿Culpables de la historia? La longue dureé de Paul Ricoeur”, de 2007. Se trata de escritos nunca antes editados en formato libro, los cuales presentados de esta manera muestran un recorrido cohesionado y pueden ser leídos como una suerte de “autobiografía intelectual” de White, como señala el editor y compilador Robert Doran.     
Cuando un autor escribe un artículo que sirve de insumo prolongado para la tarea de quienes desarrollan estudios en diversas disciplinas, es normalmente considerado como destacado y extraño. Más aún si produce un libro que atraviesa las disciplinas. Pero el caso de White es excepcional: toda su obra es una referencia transversal para las humanidades, lo que lo convierte en miembro de un grupo selecto de autores, donde hay nombres universales.
Los registros dicen que White se convirtió en referencia ineludible en los ámbitos académicos de todo el mundo a partir de su infinitamente citado y discutido texto “Metahistoria”, de 1973, en el cual formuló y desarrolló la idea que la escritura histórica es de naturaleza ficcional, en tanto se construye a través de distintos tropos o figuras retóricas que hilvanan los hechos para producir una formación discursiva de aparente objetividad, pero de identidad profundamente disuasiva y estilística. Si “Metahistoria” produjo una revolución para los campos que se nutren del discurso histórico (como los estudios literarios y la crítica, la filosofía, la historia del arte y la antropología), la edición de La ficción de la narrativa es una ampliación de la teoría, una exposición los engranajes del artefacto en pleno funcionamiento, la publicación de los documentos que atestiguan el surgimiento, la maduración y la complejización de la idea. 
Al atravesar las casi seiscientas páginas de la edición, el lector puede recorrer los modos en que White problematiza las muchas aristas de la idea fuerza central: la concepción de que la historia tal como la conocemos es un relato de voces, un entramado netamente polifónico. Así, el autor nacido en Tennessee en 1928  se nutre de la teoría literaria y de la lingüística para analizar la construcción del relato histórico a partir de los aportes de las principales escuelas estéticas de la literatura (fundamentalmente del realismo), a la vez que decodifica los niveles manifiesto y profundo de la escritura histórica (tomando elementos de la gramática generativa y transformacional de Noam Chomsky), y problematiza la presencia de la ideología en la relación entre los hechos históricos y las interpretaciones. A su vez, la publicación de este volumen da cuenta de los diálogos, cruces y tensiones que entabló el pensamiento de White con las distintas corrientes de pensamiento dominantes a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, como el estructuralismo, el postestructuralismo y las variantes de la posmodernidad.  
La ficción de la narrativa es la prueba irrefutable de la principal virtud del complejo teórico que desarrolló White: es inclasificable en escuela alguna. Mientras los amantes de los catálogos hicieron esfuerzos enormes y vanos por inscribir a White en categorías teóricas, sus textos afirman que con ellas mantiene la mejor relación posible, dado que las olfatea, las mira y las circunda, para discutirlas y esquivar con habilidad la atracción, a veces magnética, de los paradigmas hegemónicos.


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 16 de septiembre de 2012