lunes, 5 de agosto de 2013

Faro del fin del mundo

Cuando tenía 22 años, Yael, una azafata israelí, sufrió un atentado de parte de activistas palestinos en el que murió su mejor amiga y ella resultó herida. Veinte años después de aquel hecho, apenas un centímetro de lana en el inmenso ovillo de violencia que desató la ocupación de Gaza por parte de Israel, Yael visita en la cárcel a Hazzan, el palestino sobreviviente de aquel episodio, motivada por profundas fuerzas internas y externas, presionada por su entorno pero impulsada por la búsqueda incesante de una paz posible. Estas situaciones, que sucedieron en la realidad pero con protagonistas de otros nombres, son las que inspiraron a Mario Diament a escribir Tierra del Fuego, protagonizada por Alejandra Darín, en el papel de Yael, y Pepe Monge, en el de Hazzan. El diálogo que entre ellos se produce es el componente central de esta obra que explora muchas de las largas y profundas contradicciones que atraviesa la comunidad israelí respecto del conflicto con Palestina. Completan el elenco Ricardo Merkin, Elena Petraglia, Juan Carlos Ricci y Miguel Jordan, que en sus pequeñas intervenciones ofrecen lo mejor de este espectáculo.

Si bien la obra está estructurada en torno al diálogo entre Yael y Hazzan, esta conversación se ve interrumpida en diversos momentos por la irrupción de los restantes personajes, que aguardan sentados a un costado de la escena. Así, Yael pasa a dialogar con su marido, con el abogado de Hazzan y con la madre de su amiga asesinada en el atentado, sin que medie un cambio de escena drástico, sino que la separación está dada principalmente por lo auditivo. En todos los casos, estos personajes representan las diversas posiciones civiles en torno al conflicto político-social entre Israel y Palestina: los sionistas, los judíos pacifistas y críticos de la ocupación, y la posición palestina libertaria. Un mérito central de esta propuesta es la posición que asume, en la medida en que no se erige por encima de la situación, delicada e irreconciliable entre dos pueblos, ofreciendo una lectura superadora, sino que busca reflejar la complejidad y la gravedad de la situación, en tanto plantea un mensaje de concordia que confía en que el amor por el prójimo puede quebrar intereses, incluso aquellos más profundos, como los políticos, económicos y religiosos. Tampoco tiene tapujos al señalar que la ocupación de Gaza es una acción desigual, injusta y cruel.

Tierra del fuego por momentos es demasiado solemne: son pocas las humoradas, escasean las situaciones que distiendan una atmósfera que de principio a fin es acuciante. La puesta en escena, sencilla, ayuda a que toda la atención se centre en los diálogos. Hay también un fuerte componente audiovisual que aporta dinamismo. La posibilidad de la recuperación de cuanto menos un ápice de lo perdido a causa de la guerra es lo que propone la obra como esperanza entre tanta pérdida.



Director: Daniel Marcove
Autor: Mario Diament
Actúan: Alejandra Darin, Pepe Monje, Ricardo Merkin, Elena Petraglia, Juan Carlos Ricci y Miguel Jordan.
Diseño gráfico: Pedro Flores Maldonado
Producción: (Ejecutiva) Pablo Silva
Vestuario: Daniela Taiana
Diseño del espacio: Tito Egurza

Asistencia de dirección: Iardena Stilman
Musica: Sergio Vainikoff
Asistencia de Producción: Maria Daniela Laprea, Henry Rosales
Realización de escenografía: María José Crivella y Marina Apollonio
Realización de vestuario: Lidia Benitez

Fotos: Gianni Mestichelli

Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil el domingo 4 de agosto de 2013

Aquí me pongo a cantar

Letras gauchas, de Julio Schvartzman, es un volumen extenso y rico dedicado al análisis de diversas expresiones de la literatura gauchesca que, lejos de sustraer aquellos textos y analizarlos como piezas de museo, pone en diálogo muchos de los cantos fundacionales de la literatura argentina con debates y tradiciones de pensamiento universales.

Juan Francisco Gentile
Las tensiones entre oralidad y escritura conforman uno de los núcelos de sentido centrales del surgimiento, la historia y el desarrollo no sólo de la literatura, sino cultura argentina en su conjunto. Allá por el siglo XIX, cuando intelectuales formados en Europa o Estados Unidos retornaron a estas pampas para intervenir activamente en el debate político-cultural sobre la conformación de un Estado y un ser nacional (como Sarmiento o Esteban Echeverría, por nombrar dos casos emblemáticos), se produjo un choque de culturas al momento de la interpretación y la dotación de sentido de aquellas formaciones discursivas ya existentes en la cultura local, de fuerte arraigo popular, ricas en localismos, con un desarrollo propio del lenguaje y una tradición de difusión principalmente oral, por la ausencia de escribas y la aún escasa expansión de la cultura letrada en el Río de la Plata y tierra adentro. La letra hablada y la letra impresa, las marcas de la oralidad en la literatura luego llamada “gauchesca”, la apropiación de la cultura criolla que se llevó adelante desde la intelectualidad, los proyectos encontrados en cuanto a la lectura que se hizo del gaucho (como rebelde y antisistema, como sujeto buenazo, adaptado al orden imperante, que hace “gauchadas” o como una tensión entre ambos sentidos) conformaron un complejo mosaico de líneas de pensamiento que hasta hoy continúan en tensión. Julio Schvartzman, crítico, docente y uno de los principales especialistas en literatura gauchesca de nuestro país, acaba de publicar Letras gauchas, un extenso trabajo que reúne una serie de ensayos críticos acerca las diversas poéticas del género, ya no como parte del estudio de la tradición local sino en el marco de grandes líneas de debate histórico, social, estético y político. A través de largos trabajos, Schvartzman disecciona al detalle lingüistica, conceptual, social, simbólica e históricamente los textos con los que trabaja, lo cual constituye una virtud y un defecto al mismo tiempo: mientras que el análisis es amplio, rico e interdisciplinario, abordando cuestiones generalmente inadvertidas por aquello que comúnmente se lee y escribe sobre literatura argentina del siglo XIX, el grado de especificidad de los temas que trata y de los aspectos señalados es por momentos extremo y difícilmente entusiasme a un lector no especializado.     

Leemos –acortamos para sintetizar-: “En el interior de una cultura de base oral, y también en los amplios territorios orales que se extienden en el interior de la cultura letrada, la cita tiene una función primordial. En latín, citare es sobre todo poner en movimiento, a menudo con energía, y también hacer venir, llamar. Cuando decimos `había una vez´ ponemos un embrague de narratividad, estamos haciendo venir la situación y la atmósfera propicia para el relato (…). Pero cuando un escrito cita una de esas fórmulas de la oralidad la operación tiene una complejidad diferente (…) También hace venir, pero esta vez no meramente la situación y la atmósfera del relato: reconstruye de otro modo, en el espacio de la escritura, aquel ámbito perdido, estableciendo con él una aproximación imaginaria y un corte. El texto funciona (…) como una curiosa partitura, que tanto puede incitar a la devolución de la pieza al ámbito perdido de la oralidad, como a reivindicar su propia consistencia, su soberanía espacial, su sonoridad interna”. Schvartzman va hacia las profundidades del arte de narrar historias, sus orígenes, sus movimientos estructurantes. Y lo hace incisivamente, sin visitar lugares comunes, lo cual aporta un claro valor agregado a este trabajo. El gaucho como sujeto político y social, su lugar simbólico en el imaginario de la cultura rioplatense, y los modos en que su voz fue apropiada por la cultura letrada, los cruces, desvíos, corrimientos y ajustes entre ésta y la cultura proveniente de la experiencia de la naturaleza, son algunos de los tópicos que el autor recorre y analiza con detalle científico, para el deleite de los estudiosos de las letras argentinas.


Julio Schvartzman es docente y e investigador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde participó y participa activamente de la vida académica y gremial. Dictó clases de grado y posgrado en universidades de Buenos Aires, Uruguay, París, Estocolmo y Constanza. Anteriormente publicó La lengua de la conquista espiritual, Microcrítica y el volumen La lucha de los lenguajes, parte de la fundamental Historia crítica de la literatura argentina, colección que dirigió Noé Jitrik en 2003. La publicación de Letras gauchas por Eterna Cadencia forma parte de un interesante movimiento editorial por parte de esa casa editora, que de un tiempo a esta parte publicó títulos que son una referencia ineludible para el estudio crítico de la literatura argentina, con autores como Josefina Ludmer y Oscar Masotta y Silvia Molloy, además del propio Schvartman. 


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 4 de agosto de 2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Menos sapo Pepe, más locos recuerdos




A pesar del predominio de sapos saltarines, topas y casas de ratones, a pesar de una época que propone velocidad e inmediatez antes que reflexión, volumen elevado y melodías elementales antes que músicas de arreglos complejos, los payasos continúan entreteniendo, como lo hicieron desde tiempos remotos con grandes y chicos. Lo circense atrae en parte por esa licencia para ponerlo todo en cuestión, subvertir los valores hegemónicos y apropiarse de lenguajes que en los papeles son “serios”, con los que “no se juega”. Y si eso es combinado con excelencia desde lo escénico, innovación desde lo teatral y letrístico, efectividad en las actuaciones y sobre todo arraigo local en las temáticas, el resultado es una propuesta inmejorable como Locos ReCuerdos, la obra homenaje a Hugo Midón, que con música de Carlos Gianni se presenta en el Teatro Cervantes por segunda temporada consecutiva. El sello distintivo de la dupla Midón-Gianni, que juntos unieron su creatividad en escritura y composición en clásicos como Vivitos y coleando, Derechos torcidos, Huesito caracú y Playa bonita, entre muchos otros, se plasma en esta obra de modo emotivo, reafirmando la vigencia de un camino diferente para entretener, que invita a la reflexión sin golpes bajos, siempre con la intención de despertar en el espectador, sea chico o adulto, inquietudes en torno a lo que lo rodea.

En un viaje a través de muchas de las historias a las que Midón dio vida a lo largo de su carrera y que lleva por banda sonora un combo de rock, tango, jazz, canción, tap, swing y derivados, Locos ReCuerdos se anima a preguntarse por las obsesiones de los adultos, por los problemas de las relaciones amorosas, por lo que significa trabajar y por muchas de las principales aristas de la cultura argentina. El elenco lleva a Omar Calicchio, Alejandra Perlusky, Gustavo Monje, Denise Cotton, Sebastián Holz, Mariela Kantor, Jorge Maselli y Pilar Menéndez, quienes dan sobradas muestras de su capacidad actoral, su habilidad en los bailes y destreza vocal para atravesar ritmos y generar climas. Los protagonistas encarnan payasos que a su vez son personas, que ríen, lloran, se divierten o se preocupan, siempre con la mirada hacia el futuro y la esperanza como motor, tanto en sí mismos como en sus pares.

Un vestuario y una escenografía que logran construir un mundo de fantasía que a su vez no es muy diferente del que puede habitar cualquier persona logran la difícil tarea de invitar al espectador a ingresar en una dimensión nueva sin olvidar jamás el lugar del que se viene, quién se es, dónde se vive ni a dónde se va.


En tiempos en que muchas de las propuestas infantiles tienden a subestimar a los chicos, centrándose en ofrecer estridencia, música básica y tramas con escaso conflicto, Locos ReCuerdos eleva el piso de calidad de la media de la propuesta de los espectáculos infantiles. 







Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil

lunes, 1 de julio de 2013

Literatura y realidad política: Walsh por Piglia

Como movimiento inicial de una serie de clases magistrales y seminarios que programa el área de Letras del Centro Cultural San Matín, el escritor y crítico Ricardo Piglia, tal vez el mayor pensador acerca de la literatura vivo de nuestro país, realizó una exposición en la que recorrió puntos salientes de la obra del autor de Operación masacre y lo colocó entre los nombres fundacionales de la cultura argentina.


Los críticos literarios son una raza en extinción. Atrás quedaron las épocas en que revistas como Babel de Samuel Glusberg, Contra de Raúl González Tuñón, Martín Fierro de Evar Méndez (que llegó a imprimir 20.000 ejemplares), la Contorno de los hermanos Viñas, Sur o Punto de Vista de Beatriz Sarlo, sólo por nombrar algunos de los ejemplos emblemáticos, tenían gran circulación y capacidad de instalar líneas de debate en el seno del campo cultural. Pocas quedan de esas grandes figuras de la crítica, erigidas por la academia, los medios y los lectores como intérpretes del devenir literario de su tiempo. Ricardo Piglia es, sin dudas, el pensador de la literatura vivo más importante de nuestro país. Y así lo demostró en la Clase Magistral que ofreció en el Centro Cultural General San Martín, como inicio de la programación de la renovada área de Letras, que desde ahora está a cargo de Maximiliano Tomas.

En una sala colmada en su capacidad, el autor de textos emblemáticos y especialmente entronizados por el canon académico local como Prisión perpetua y Respiración artificial llevó adelante una exposición acerca de los cruces entre literatura y realidad en la obra de Rodolfo Walsh. De pie, asistido solamente por un atril, Piglia disertó durante dos horas en un recorrido que colocó al autor de Operación masacre entre los grandes nombres de la literatura argentina, y emparentó el significado de aquel texto con el espacio ocupado en la cultura nacional por el Facundo, de Sarmiento: “Operación masacre es un libro que persistió porque cada generación lo leyó de una manera diferente: cuando salió a la luz fue interpretado como una crítica a la Revolución Libertadora; luego, en el marco del proceso de peronización de los años 60 fue leído como un libro que encarnaba el espíritu del peronismo combativo. Más adelante, ya en la vuelta de la democracia, se leyó como una crítica a la represión militar. Puede decirse que es similar a lo que ocurrió con el Facundo de Sarmiento en tanto fue un texto que atravesó épocas y fue leído de diversas maneras de acuerdo al momento”, señaló Piglia. En la misma línea de análisis que plantea una filiación entre aquel texto fundacional sarmientino y la investigación de Walsh sobre los fusilamientos de José León Suárez, Piglia aseguró que del mismo modo en que en Facundo el centro no está en su crítica a Juan Manuel de Rosas sino en el relato y la caracterización de la vida en las pampas, “Operación masacre se convirtió en un clásico por sus retratos de los obreros y sus espacios, de sus vidas cotidianas y las experiencias de esos individuos”.

El modo en que se transmite la experiencia, el trabajo con la voz del otro, el retrato de las vidas de los anónimos y la actitud que asume el narrador con respecto a los hechos y los relatos que los reconstruyen fueron algunos de los aspectos que Piglia eligió en su recorrido por la obra de Walsh: “El problema que enfrentó Walsh fue el de cómo transmitir la experiencia, no ya cómo captarla. Los procedimientos que puso en juego le permitieron narrar la experiencia a través del otro. Es una pequeña toma de distancia para decir lo que se quiere. Ese movimiento es el estilo de Walsh. Aquí, el escritor es el que sabe escuchar, y no como pasa muchas veces, cuando la literatura cae en la tentación de hablar por el otro. A diferencia de David Viñas o Andrés Rivera, autores de su generación que usaron la literatura para exponer excesivamente y para explicitar lo que querían, la obra de Walsh está a tono con la teoría del iceberg de Hemingway, en la cual lo más importante es lo que permanece no explicitado”, señaló Piglia, al tiempo que trazó líneas de parentesco entre el autor de ¿Quién mató a Rosendo? y los grandes nombres de la literatura argentina: “De Borges, Walsh mantuvo la poética de la brevedad. Al principio Walsh estaba contaminado por Borges. Todos los escritores lo querían copiar, sin advertir que Borges se puede plagiar pero no copiar. Con el paso del tiempo, Walsh fue depurando su estilo hacia una de las prosas más logradas de nuestra literatura”, analizó Piglia, que estuvo a cargo de la edición y el prólogo de la reciente edición de los Cuentos completos de Walsh de Ediciones de la Flor.


La clase de Piglia fue el puntapié inicial de un ciclo de clases magistrales y seminarios que el área de Letras del CC San Martín programa para lo que queda de 2013. En julio será el turno del escritor Elvio Gandolfo, que repasará la vida y obra de Mario Levrero. En agosto llegará el momento para que Roberto Herrescher y un recorrido a través de los relatos de no ficción sobre grandes conflictos bélicos. En tanto, Alan Pauls, Daniel Link, Beatriz Sarlo, Luis Gusmán, Damián Tabarovsky, Martín Kohan, María Moreno y Carlos Gamerro, entro otros, dictarán seminarios de cuatro clases enfocados en diversos temas de literatura argentina y extranjera. Las clases magistrales son con entrada libre y gratuita, mientras que los seminarios tendrán un costo total de 150 pesos.


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 30 de junio de 2013

lunes, 24 de junio de 2013

La obra de teatro de una escritora

Asistimos, en Fauna, de Romina Paula, a la puesta en escena de un pensamiento netamente literario, a través de variados recursos propios de la narrativa escrita: juegos de espejos, dicotomías aparentemente insalvables, tensiones que se presentan como irresolubles, irrupción constante del metalenguaje y de intertextos, y tópicos temáticos propios de la literatura universal. Nada podría hacer suponer una casualidad: Romina Paula, tal vez la mayor promesa de la escena teatral argentina (decimos “promesa” no por haber hecho poco, sino meramente por una cuestión etaria: apenas pasa los 30 años), se formó como lectora y escritora, antes que como directora escénica. 

Lo central del argumento se puede resumir en pocas líneas: un director de cine (Rafael Ferro) y su actriz (Pilar Gamboa) viajan al litoral profundo en busca de información acerca de la vida de Fauna, una misteriosa mujer ya fallecida sobre la que los lugareños no escatiman en mitos y leyendas, poeta maldita, que se disfrazaba de hombre para entrar a los círculos de poesía. Allí, se encuentran con Luisa (Susana Pampín) y Santos (Esteban Bigliardi), sus dos hijos, quienes les contarán diferentes aspectos de la vida de su madre. De esa manera, quedará establecido el tablero sobre el que las fichas comenzarán a moverse. El débil y el fuerte; el seguro y el inseguro, el enamorado y el enamoradizo: aquí se trocarán los roles en un movimiento lúdico y constante.

Como toda buena pieza artística, Fauna plantea más interrogantes que certezas. Se pregunta acerca de qué es una historia (individual y colectiva), qué es narrar una vida, dónde están los límites, si es que existen, entre la realidad y la ficción. También sobre qué implica ser mujer, ser madre, ser hijo, y cuál es el lugar de la belleza. Con un libro de gran calidad, en el que no faltan las citas cultas ni las reminiscencias del habla popular, los cuatro actores se lucen en un juego de contrastes donde el amor puede tensar y descomprimir. Resulta difícil señalar a alguna de las actuaciones como destacada por sobre el resto. Estéban Bigliardi sigue sorprendiendo con una presencia arrolladora. La irrupción de su personaje, el rudo y sensible Santos, termina por imprimirle a la obra la velocidad y la tensión dramática que desde el principio se insinúa, al tiempo que aporta reflexiones sobre aquella vieja dicotomía entre saber letrado y saber experiencial. Pilar Gamboa, que personifica a Julia, la joven actriz que quiere hacer de Fauna, entrega matices delicados y transmite perfectamente la inseguridad y las contrariedades en las que está atrapado su personaje. Luisa, la hija mayor de Fauna, aportará pasajes fuertemente irónicos, humor negro, reflexiones filosóficas y citas literarias.

“La realidad es cruel, si se la vive como imposible de ser cambiada”, sentencia Santos casi sobre el final, y de esa manera deja plantada la necesidad de un arte revolucionario, inconformista, que asuma su poder como motor para la búsqueda de algo mejor.


Texto y dirección: Romina Paula  
Elenco: Esteban Bigliardi, Rafael Ferro, Pilar Gamboa y Susana Pampín
Iluminación: Matías Sendón
Escenografía: Alicia Leloutre y Sendón
Realización de escenografía: Ariel Vaccaro
Fotografía: Sebastián Arpesella 
Música: Liza Casullo  
Sala: Cultural San Martín



Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil el domingo 23 de junio de 2013. La nota salió sin firma como parte de las medidas gremiales adoptadas en el marco de las Paritarias de Prensa 2013.


lunes, 17 de junio de 2013

Una puesta vanguardista



El principal mérito de esta versión de Incendios, la pieza del canadiense-libanés Wajdi Mouawaf que ahora se puede ver en el Teatro Apolo, es indudablemente de su director Sergio Renán. La puesta en escena resulta vanguardista y rompe con los cánones del teatro tal como lo conocemos, en la medida en la que incorpora diferentes lenguajes artísticos y hace que el escenario bidimensional se multiplique al infinito, para proyectarse hacia múltiples planos, texturas y sensaciones. La propuesta audiovisual sorprende desde el primer minuto, y no deja de hacerlo hasta el final. Un poco menos brillante es el libro y las actuaciones que, si bien son en términos generales correctas, ofrecen escasos matices que puedan alterar un devenir sostenido hacia una tragedia anunciada, y quedan opacadas por lo arriesgado y original de la apuesta escenográfica que diseñó Renán.

La historia es la de Nawal Marwan, que en el cuerpo y voz de Ana María Picchio deja como testamento antes de morir dos cartas que sus hijos (Mariano Torre y Esmeralda Mitre) deben entregar a su padre, que creían muerto, y a un hermano que no saben que tienen, ambos en el Líbano. La narración entonces comienza a saltar entre el presente del relato y los setenta libaneses. 

Las actuaciones no defraudan, aunque hay que decir que ninguna de ellas es extraordinaria. Sólo Daniel Araoz, que encarna a un torturador cuyo rol es decisivo para la narración y que aparece en la segunda mitad de la obra, resalta por una fuerza que va más allá de lo trágico. Cuando Aráoz entra en escena, Incendios ingresa en una dimensión nueva y alucinada, lo que constituye tal vez el momento más inesperado desde lo narrativo. Mariano Torre personifica a un joven boxeador conflictuado, enojado con la vida, pasional y en apariencia infranqueable emocionalmente, mientras que Esmeralda Mitre compone a una profesora de matemáticas fría y calculadora, que de todos modos no cesa de llorar en casi toda la obra. Todas las características iniciales con las que se presentan los personajes se verán arrasadas por el vendaval dramático que se erige a medida que el conflicto central de la obra toma forma: las personalidades, los matices, todo atisbo de objetivo personal de los protagonistas queda subsumido bajo el enojo y el llanto permanente. Gipsi Bonafina aporta su voz, cálida y luminosa, entonando cantos de estilo arabesco, y se destaca. Picchio y Jorge D´Elia muestran oficio. El resto del amplio reparto acompaña bien, en participaciones que en algunos casos son demasiado breves como para destacarse.  

La obra mantiene un ritmo interesante a fuerza de muchas escenas cortas que se suceden una tras otra sin dar respiro a la audiencia. Esto es posible gracias a la plasticidad que ostenta el escenario que monta esta propuesta. Vaya el mérito entonces para Emilio Basaldúa, a cargo del diseño de escenografía.





FICHA
!!!
Título: Incendios
Autor: Wajdi Mowawad
Adaptación: Sergio Renán
Dirección: Sergio Renán
Elenco:
Ana María Picchio, Jorge D´Elía, Esmeralda Mitre, Mariano Torre, Héctor Da Rosa, Daniel Araoz, Stella Galazzi, Gipsy Bonafina, Marta Lubos, Fabián Falcón, Germán Rodríguez, David Masajnik, Luciano Bonnano, Pablo Lambarri

Dirección Audiovisual: Sergio Renán
Diseño de Escenografía: Emilio Basaldúa
Diseño de Videoescena: Álvaro Luna
Diseño de Luces: Eli Sirlin
Diseño de Vestuario: Mini Zuccheri
Musica Original: Pablo Ortiz
Productor Musical: Miguel Galperín
Diseño Gráfico: Hernán Salem
De miércoles a domingos en el Teatro Apolo, Av. Corrientes 1372


Publicado en el suplemento de Espectáculos del diario Perfil el domingo 16 de junio, sin firma en apoyo a las medidas resueltas por las asambleas gremiales en el marco de las Paritarias de Prensa 2013 

domingo, 2 de junio de 2013

“El espectador argentino está en condiciones de encontrarse con nuevas maneras de narrar una historia”

Con una puesta vanguardista de Incendios, Sergio Renán regresa a la calle Corrientes para dirigir una obra que, cuarenta años después del estreno de La tregua, la primera película argentina en ser nominada a los premios Oscar, lleva nuevamente a Ana María Picchio como protagonista. En una entrevista Renán se explaya sobre los grandes tópicos que guiaron su labor artística.



Juan Francisco Gentile

A pesar de haber sido director del Teatro Colón durante casi diez años, a pesar de haber dirigido la primera película argentina nominada al Oscar, de figurar en cualquier reseña histórica como uno de los directores de cine, teatro y ópera más importantes de la historia del país, de haber adaptado para pantallas grandes y chicas algunos de los principales y más complejos textos de la literatura argentina, Sergio Renán se muestra humilde, sereno, meditabundo. 40 años después del estreno de La tregua, aquella legendaria película basada en la novela homónima de Mario Benedetti, con la parsimonia que habilita la sabiduría, Renán se sienta en un café de la calle Corrientes para dar rienda suelta a su verba barroca pero transparente, tan plena de matices discursivos como su obra, en un diálogo acerca de su nuevo proyecto: Incendios, obra teatral de autoría del líbano-canadiense Wajdi Mouawad, que se estrenará en el teatro Apolo el próximo 5 de junio y contará con las actuaciones de Ana María Picchio, Jorge D´Elía, Esmeralda Mitre, Mariano Torre, Héctor Da Rosa y Daniel Araoz, entre otros. “La apuesta es muy fuerte. Será una obra vanguardista, tanto por el tratamiento del texto como por la puesta en escena, que será una cosa nunca antes vista”, refiere con entusiasmo.

¿Cómo llegó a la idea de dirigir su versión de Incendios?

Renán: La propuesta me la formuló Darío Lopérfido, quien amablemente sugirió que era una obra para mí. El elenco fue elegido íntegramente por mí, obedeciendo a una perspectiva transgeneracional, dado que hay actores con diferentes edades y recorridos. Se trata de un texto duro, que casi podría decirse que es una historia de intrigas, porque hay una madre que muere, y como último deseo deja a dos de sus hijos dos cartas a ser entregadas a su padre y a un hermano. Ellos no saben que su padre vive, ni que tienen otro hermano. De esta manera, se desata un enigma que es al mismo tiempo de los protagonistas y de los espectadores, en una carrera hacia un final inesperado y deslumbrante.

¿Cómo será la puesta en escena de la obra?

Hemos trabajado fuertemente desde lo multitecnológico: hay un importante componente audiovisual y musical, con una música que mandé a escribir especialmente, que es fabulosa y que estuvo a cargo de Pablo Ortiz. La puesta en escena, si bien no está marcada por ser grandilocuente ni pretenciosa en un sentido de espectacularidad, es sin dudas innovadora. Puedo decirte que probablemente es el proyecto que más esfuerzo me ha costado en mi carrera. Es un espectáculo llamativamente producido, costoso y sofisticado, para la índole de la historia que narra, que es sobre la búsqueda de la identidad, pero que sobre todo abre intrigas que serán trabajadas tanto con recursos clásicos como novedosos.

El año que viene se cumplen cuarenta años de La tregua. En Incendios nuevamente convocó a Ana María Picchio. ¿Qué sensaciones le despierta volver a dirigirla?

Es muy emocionante. Lo vivo de un modo muy especial, porque La tregua fue indudablemente un suceso que marcó mi vida, y también la de Ana María. Ella está en un gran momento, su talento se vio enriquecido con los años. 

¿Qué recuerda de aquel director de La tregua?

Me recuerdo con las inseguridades, los temores y las imprecisiones propias de un debutante, con lo cual no quiero decir que hayan desaparecido, pero que eran mucho mayores en aquel entonces, en donde sentí, como en todo trabajo de dirección, que para contar la historia a mi manera, necesito de muchísimos intermediarios. Todas esas personas ocupan un espacio que termina siendo decisorio en el trabajo final, quienes te juzgan, te escuchan con atención, y es inevitable que tengan un juicio. Pero de cualquier modo, se sigue tratando de lo mismo: generar en el otro, primero el entendimiento; después, la pasión acerca de lo que uno quiere transmitir. Siempre sin artilugios, demagogias ni astucias, sino con la mayor honestidad posible. Mi relación con la gente con la que trabajo ha sido siempre una fiesta. 

¿Cuánto cambió la tarea del director de aquel entonces a esta parte?

Es muy diferente. Las inseguridades y los temores nunca desaparecen, pero son menores. En cambio es mucho mayor la presión exterior, y el sentimiento de una demanda. Antes de estrenar un espectáculo, siento a la gente que se me aproxima, me habla con emoción. En algunos casos inocentemente descuentan que lo que les voy a dar es maravilloso, ¡pobrecitos!

¿Qué piensa respecto de la dicotomía, tan discutida en el ámbito cultural, entre lo masivo y lo vanguardista? Su obra parece ir en dirección a la ruptura de esa separación.

Lo masivo como búsqueda nunca formó parte de mis prioridades. Desde luego, me gusta que lo que hago tenga receptores, y si son muchos, me pone muy contento. Pero nunca es el punto de partida ni mi objetivo. Lo que ocurre es que hay aspectos míos, como ideas, intereses, personajes, que se proyectan en mucha gente, que siente que tiene que ver con eso. Esos son los casos de mis espectáculos más exitosos. Pero también hubo de los otros. En todos los casos me encantaría que los viesen multitudes, pero no trabajo para eso.

¿Qué piensa de cómo se llevan adelante las políticas culturales oficiales?

Para los que somos parte de este mundo, siempre nos parece que falta algo. La difusión de la cultura debe tener presente que distintas expresiones artísticas tienen potenciales destinatarios, que en algunos casos no pueden ser masivos. La masividad en sí no es un mérito. Hay grandes hechos artísticos que son masivos, y hay cantidad de basura que es masiva. También hay hechos estéticos formidables que sólo tienen la posibilidad de ser recibidos por pocos. La obligación de los funcionarios es estar atentos a todo, y tratar de que la cultura llegue a la mayor cantidad de destinatarios posibles, teniendo en cuenta que un cuarteto de Beethoven no puede tener tantos espectadores como un recital de rock. Pero fomentar lo bueno es obligación del Estado, para lo cual hay que disponer de funcionarios atentos, curiosos y abiertos a la diversidad, estética e ideológica. Desde ese punto de vista, siempre me parece poco lo que el Estado hace en relación a eso. De todas maneras, desde hace bastante tiempo, no necesariamente coincidiendo con el estado general del país, la creatividad argentina es bastante rica.

A lo largo de su obra se observa una relación muy fuerte con la literatura, como en las adaptaciones para cine de textos de Benedetti, Bioy Casares, Haroldo Conti, Juan José Saer, entre otros. ¿Cómo se desarrolló esa ligazón tan estrecha?

Mi interacción con los grandes textos empezó de pequeño, gracias a haber crecido en una casa con una muy buena biblioteca y de haber tenido una hermana que se encargó de fomentar lecturas. Sin embargo, no comulgo con el concepto de "adaptación" de una obra, que señala que aparentemente hay una disciplina que es subsidiaria de la otra. Yo no hago ni hice nunca adaptaciones de textos. Lo defino, quizás imperfectamente, como lo que me creó la lectura de un texto. Lo que supone un universo de contacto tanto con una historia como con una manera de narrar. Sólo tiene que ver conmigo, no soy yo. En cambio en las películas sí soy yo, y eso supone agregados, cortes, historias que son simultáneas y que no tienen que ver con el texto original. El concepto de adaptación es intrínsecamente subalterno, en el cual la literatura y los textos pasan a ser un espacio sagrado al que uno se adapta. Una película es otra cosa, está claro que no es lo mismo partir de una idea que a uno se le ocurre que de una novela, donde hay un universo ya creado por otro, pero de ahí en más pasa a ser el espacio en el que entro a volar e imaginar. 

¿Cómo se lleva con la recepción y la crítica?

No la leo. Soy bastante lábil frente a eso. Ciertas críticas me lastiman más de lo que razonablemente me deberían lastimar. Pero al darme cuenta de que no es razonable el nivel de daño que me procuran, he prescindido de ellas, porque hay una cierta proyección inferior, pero existente, con la palabra escrita. Durante muchos años, la lectura de las críticas fue un ejercicio muy placentero para el ego, hasta que empezó a haber conflictos. Entonces, la necesidad de aprobación de la crítica no es idéntica en todos los casos. Hay opiniones que me importan más que otras. En cualquier caso, el rechazo me duele, aunque no admire particularmente a quien lo profiere. 

¿Cuál es su mirada sobre el momento actual del teatro argentino?

Lo veo rico desde hace varios años. Hay dos generaciones muy interesantes de dramaturgos, directores y actores -algunos de los cuales están en el elenco de Incendios- de los cuales el nivel de lo que ofrecen me parece muy correcto, y muy creativo. Hay dos apariciones que llegan desde el off, que son Javier Daulte y Daniel Veronesse, que hacen un trabajo muy sólido y en algunos casos extraordinarios. Pero hay una generación previa, la de Szuchmacher, que han hecho espectáculos magníficos. Luego, Rafael Spregelburd, Julián Kartún y Ricardo Bartís mantienen una identidad entre su estética y su ideología artística, que es muy armoniosa. Trabajan en sus espacios, son enormemente talentosos, yo los admiro, pero no han hecho ese tránsito de Daulte y Veronesse, lo cual no es cuestionable en sí mismo, pero se mantienen en un teatro cuyo espacio armónico y coherente es el de salas pequeñas. De cualquier modo, el espectador argentino está en condiciones de encontrarse con nuevas ideas y maneras de narrar, con los trabajos de estas generaciones.

Durante casi diez años fue director del Teatro Colón. Luego, en 2011 y 2012 volvió para dirigir espectáculos allí, ¿cómo lo encontró?

Fueron dos muy buenas experiencias. Encontré al Colón progresivamente mejor, un espacio en varios aspectos consolidado, con menos tensiones. Debo agradecer una disposición excelente del teatro hacia mis trabajos. Fueron propuestas complejas, también con lenguajes artísticos diversos puestos en juego. La receptividad del Colón, y el respeto, fueron magníficos, y los agradezco profundamente.

¿En qué etapa de su carrera artística se encuentra actualmente?

No puedo decir que sea el mismo de La tregua, pero hay una relación apasionada con el cine, el teatro y la ópera, que sé que no va a desaparecer. Nunca me puedo imaginar en el rol de mero espectador. La importancia que le adjudique a los resultados puede ser un poco menor, aún con la presión del público. Desde luego deseo que lo que hago guste, pero no me importa tanto como hace veinte años, en que me desesperaba el resultado y la mirada exterior. Ahora, ambas cosas me importan un poco menos. 



Ana María Picchio: “Este encuentro, como decía Avellaneda en La tregua, no es casualidad”


Corría 1974 cuando el estreno de La tregua, la versión cinematográfica de la clásica novela del uruguayo Mario Benedetti, sacudió a la cultura argentina y del mundo con una narración aguda de los dramas, ilusiones y vaivenes de la vida cotidiana de dos oficinistas como los que se contaban por millones en el país. El film dirigido por Sergio Renán fue nominado a los Premios Oscar en la categoría de Mejor película extranjera, y perdió en la terna nada menos que con Amarcord, una de las obras monumentales de Federico Fellini. En ese entonces, Renán eligió a Ana María Picchio y Héctor Alterio para protagonizar aquella conmovedora historia de amor, de encuentros y desencuentros. Hoy, casi cuarenta años más tarde, Renán vuelve a dirigir a Picchio en Incendios. Emocionada por este nuevo proyecto, Picchio se encuentra feliz por la propuesta. En medio de una pausa en los intensos ensayos previos al estreno, atiende a PERFIL y señala: “Es maravilloso volver a trabajar juntos, porque ninguno de los dos pensamos que volveríamos a encontrarnos, por lo menos en esta tierra. Además, la obra es una maravilla, la puesta es diferente a cualquier cosa que se haya visto. Es un sueño de Sergio, hecho realidad”. Respecto de la tarea de Renán como director, y las diferencias entre su estilo de dirección luego de cuarenta años, Picchio no duda en afirmar: “Es la misma persona, con la misma paciencia y sabiduría. Eso sí: difícil convencerlo de algún cambio, porque la tiene muy clara, y eso me gusta. Es un hombre que tiene un sueño y va a por ello. Entonces, como actriz una confía plenamente en él, lo cual hace todo más fácil y descansado. Durante los ensayos me dí cuenta de que las cosas no pasan porque sí, sino que tienen un motivo. Nadie mejor que Sergio para que yo termine de madurar como actriz. Como decía el personaje de Avellaneda en La tregua, este encuentro no es casualidad”.



Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil el domingo 2 de junio de 2013, sin firma en apoyo de las medidas votadas por la asamblea de trabajadores de Perfil por las Paritarias de Prensa.