“No hay atrocidad que un hombre no
cometa cuando está obligado a librar una guerra”, dice, casi confesional, el
Salieri que aquí toma el cuerpo y la voz de Oscar Martínez. No reniega de su
odio, que destila veneno, ni de su envidia incurable. Estos son, por el
contrario, el combustible que motoriza sus acciones, marcas imborrables de sentimientos
apasionados motivadores de una existencia centrada en destruir la figura de
Mozart, reconvertido aquí en guapo del novecientos por un dúctil Rodrigo de la
Serna. La historia de Amadeus es la conocida:
escrita en 1979 por Peter Shaffer, llevada a los escenarios de todo el mundo, y
a la pantalla grande por Milos Forman en 1984, versión cinematográfica ganadora
de ocho premios Oscar. Esta entrega, dirigida por Javier Daulte, juega sus
apuestas un tanto más en el imponente despliegue escenográfico que en el
rendimiento de los protagonistas y en la trama en sí.
Apenas
se ingresa en la sala llama la atención poderosamente lo que se ve sobre el
escenario: vigas de madera dispuestas oblicuamente, incontables líneas de fuga
dan la sensación de que la acción se va a desarrollar en el interior de un
piano de cola. En este sentido, la obra no defrauda, ya que conforme el
argumento se desarrolla, el montaje escenográfico, su originalidad y capacidad
de mutación no deja de sorprender. Eso que en un principio parece una gran caja
cerrada irá de a poco generando nuevos espacios insospechados en los que los
personajes aparecen, se esconden, corren, vuelan, saltan, cuelgan y se
deslizan. Por momentos, la escenografía es una gran plaza de juegos en la cual
actores que encarnan personajes cortesanos del siglo XVII son niños saltarines
a la hora del recreo. Vayan los méritos para el gran escenógrafo Alberto Negrin.
El
Mozart al que le da vida Rodrigo de la Serna tal vez sea el punto más alto
entre las actuaciones que muestra Amadeus,
en tanto supera la prueba de encarnar a un personaje clásico sin caer en una
repetición de lo ya visto, sino reconvirtiéndolo con el tamiz de su propio
estilo. De gran carisma y elasticidad, de la Serna compone un Mozart pícaro y
por momentos aporteñado, de movimientos compadrones, mirada desafiante y espíritu
desfachatado, en una interpretación novedosa de un mito entre las
personalidades transgresoras del espectro del arte universal. Por su parte,
Oscar Martínez como Salieri brrilla menos. Narrador casi omnipresente, es
apertura y cierre de la obra. Un tanto monocorde en lo general, encuentra sus
puntos más altos cuando el libro le permite sumergirse en las aguas de los
soliloquios y alcanzar tensión dramática. El resto del elenco acompaña bien y
aporta comicidad, con la participación destacada de Verónica Pelaccini, que
interpreta a Constance, la esposa de Mozart, en una obra que deja con algo de
ganas a los amantes de los duelos a muerte.
Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil el domingo 14 de abril de 2013
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