lunes, 15 de septiembre de 2014

"Aquí, la lengua habla en el registro del artefacto"

Escrituras objeto. Antología de literatura experimental , de reciente salida, está compuesto de una serie de textos que apuntan a una nueva concepción de lo literario: la mediación del aparato y de la técnica impacta de lleno en los paradigmas narrativos tradicionales y abren el camino hacia una “sensibilidad diferenciada”


Una novela en fuente Times News Roman 2.1, ilegible sin la ayuda de una lupa. Poemas de orientación vertical cuyas palabras caen sobre la hoja, atraídas por el centro de la tierra. Textos escritos a través de un nictógrafo cuyo resultado son páginas negras, donde la literatura es un fulgor entre una oscuridad nocturna. Diálogos que narran una historia a través de ventanas de chat. Collages hechos con fragmentos de textos corroídos por alguna sustancia húmeda. Intervenciones sobre fotocopias de una edición clásica de Tratado sobre el método de Paul Feyerabend. Textos creados a partir de diversos motores de búsqueda de google. Disposiciones inesperadas. La letra atravesada por las tecnologías, que son a su vez productoras de sentido. Todo lo que se puede leer en Escrituras objeto, la antología de literatura experimental argentina y contemporánea publicada recientemente por Interzona, desafía al lector. La literatura tal como es generalmente enseñada y aprendida es aquí puesta en crisis y demanda en el ojo que la percibe un esfuerzo de superación de las propias limitaciones, mamadas de los pechos de la escolaridad tradicional, los cánones y una tradición literaria académica, terrenos donde el conservadurismo aún pisa fuerte. “Se trata de escrituras que ponen en crisis las técnicas y los lenguajes heredados con los que han sido construidas –señala el compilador Tomás Vera Barros, doctor en Letras, crítico, docente e investigador-, y cuyo horizonte es el diseño de una sensibilidad diferenciada, para no caer en el vicio de las vanguardias y hablar de sensibilidad nueva. En este sentido, y para ser claro, propongo como ejemplo la revolución poética del Modernismo latinoamericano”.

                La edición se compone de nueve textos de autores que en gran parte publicaron obras escritas a través de un uso convencional del lenguaje y los soportes, pero que ofrecen aquí sus textos más arriesgados e informes. Arturo Carrera, Leónidas Lamborghini, Alejandro López, Mauro Césari, Belén Gache, Ezquiel Alemian, Pablo Katchadjan, Carlos Gradin y Luis Espinosa son los nombres propios que firman estas intervenciones sobre el lenguaje narrativo. A tono con su actitud desprejuiciada respecto de la literatura, la antología no se cierra a género alguno. Así, podrá encontrarse poesía, narrativa, ensayo e incluso textos imposibles de encorsetar en categoría genéricas alguna. Completa a Escrituras objeto un apéndice teórico y crítico con artículos de Juan Mendoza, Claudia Kozak, Susana Romano Sued y Anahí Ré, en los que se indaga sobre la cuestión de la experimentación literaria en la cultura contemporánea.


                Resulta inevitable pensar, como le ocurre al George Harrison de los Simpsons cuando ve a los Borbotones en pleno recital desde el techo de un edificio, que “esto ya se ha visto”. La referencia inmediata nos remite a las vanguardias, a la poesía concreta, a los caligramas de Girondo, Appolinaire y Lewis Carroll, por citar algunos nombres. La idea de alterar el orden secuencial del lenguaje escrito para llevarlo a un plano gráfico, estético y visual no es nueva. Al respecto, Vera Barros analiza: “Hay una tradición crítica que no distingue vanguardia de experimentación. En la literatura argentina reconozco dos tradiciones de vanguardia, valga el oxímoron, dominantes: la ultraísta y la surrealista. Ambas recuestan sus estéticas en la imagen y la metáfora y encuentran su límite al no construir una nueva sensibilidad a través de una renovación de la lengua poética y de las técnicas literarias, que es lo que entiendo por experimentación. Las escrituras objeto están en una zona de experimentación en la que podemos encontrarnos con el Jacobo Fijman de Estrella de la mañana, el último Girondo, los Lamborghini, algo de Pizarnik”.

Pero el movimiento de Escrituras objeto busca llegar, incluso, más lejos. La emergencia de las nuevas tecnologías, principalmente aquellas ligadas a la informática y el uso masivo de Internet, complejizan el panorama y habilitan una nueva mirada sobre qué se puede hacer con el lenguaje si se rompen sus moldes, si se alza una rebelión ante las formas instituidas de la narración convencional y se echa mano a registros, figuras y formatos donde la letra se ve afectada directamente por el dispositivo: “La lengua habla en el registro del artefacto. –define el compilador-. Ya se trate de un nictógrafo, un scanner o el Microsoft Word (este último no como herramienta de escritura sino como paquete de aplicaciones que modifican lo escrito como materialidad). Y otro principio, uno de los más interesantes, es que la apuesta estética está en el juego con la escritura misma: la escritura como objeto de la escritura. Una puesta en abismo que se complejiza más aún cuando consideramos las implicaciones que tiene el uso irreverente o lúdico de textos ajenos, sin recurrir a la parodia”.


Prejuiciosos, conservadores, amantes de las convenciones, abstenerse: Escrituras objeto asesta un golpe allí donde reinan todas las certezas que orientan una lectura posible y emerge junto a un “Zeitgeist teórico-crítico”, como indica Vera Barros en el texto inicial. Corre por cuenta del lector el riesgo de dejarse llevar hacia aguas desconocidas.   


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el 14 de septiembre de 2014

sábado, 14 de septiembre de 2013

El último maldito

A tres años de la muerte del autor de libros centrales de la literatura argentina contemporánea como Los pichiciegos y Vivir afuera, la Biblioteca Nacional programó “En otro orden de cosas”, jornadas en las que las principales voces del ámbito literario local discutirán sobre el aporte de la obra y la figura de Fogwill a la cultura de nuestro tiempo.


Un hombre caminaba por Palermo, alguna noche de septiembre, seis años atrás. Llegó hasta la entrada de una pequeña librería, donde el escritor Elvio Gandolfo presentaba la reedición de su libro Ferrocarriles argentinos. Un grupo de chicas de veintipoco, interesadas en los movimientos del ambiente editorial, esperaban para entrar al evento. De un momento a otro, el hombre arremetió impetuoso y coló una cabeza canosa, que sostenía una cara poblada de arrugas y un par de ojos blancos y enormes como dos huevos, entre el grupo de chicas: “¿Qué hacen acá? ¿Por qué no se van a coger? ¿Vienen de coger? A su edad, lo único que se puede hacer es coger sin parar”. Ante la sorpresa de las señoritas, que no sabían si reírse o echar a correr, siguió su camino sin acusar el más mínimo recibo del lugar border en que lo había dejado su intervención. El hombre, que había nacido 66 años antes en el sur del conurbano bonaerense, se llamaba Rodolfo Enrique Fogwill. Era uno de los principales narradores que entonces estaban vivos y en actividad en la Argentina. Algunos lo sospechaban, otros acaso ni lo pensaban: se trataba de sus últimas andanzas, los últimos pasos de una vida que dejaba un tendal de libros poderosos donde se ponían en cuestión las estructuras del lenguaje, donde la experiencia se veía atravesada por los cambios tecnológicos, sociales, económicos y políticos; textos en los que la narración no era un espacio sacrosanto sino más que nunca arena de una lucha de clases en el marco de la avanzada de la cultura posmoderna. Fogwill falleció el 21 de agosto de 2010, casi tres años después de aquella presentación de Gandolfo. A tres años de su muerte, la Biblioteca Nacional lanza las jornadas “En otro orden de cosas”, en las que durante tres días una diversa gama de intelectuales, escritores, editores y periodistas recorrerá a través de conferencias, debates, lecturas y proyecciones muchas de las múltiples aristas que dejaron tanto su obra como su provocadora personalidad. En el año en el que se dio a conocer su texto póstumo, La ventana de los sueños, se reeditó La buena nueva, mientras que en noviembre será el turno de Una pálida historia de amor, nombres propios de peso en el ámbito cultural y literario local como Horacio
González, María Moreno, Sergio Bizzio, María Pía López, Graciela Speranza, Carlos Gamerro, Alan Pauls, Selva Almada y Daniel Divinsky, entre otros, reflexionarán en torno a la obra de aquel hombre, el último maldito.
Fogwill, el narrador. La obra de Fogwill se destaca por un aspecto central: su particular trabajo con la lengua, en el que el registro literario está en cooperación y tensión con diferentes variantes del habla popular, ciudadana, profesional o marginal: “Fogwill tenía una doble reflexión, como analista y como creador de la lengua –señala la socióloga y escritora María Pía López–. Por un lado, como puede verse en Los pichiciegos o en Vivir afuera, está más que atento a las mutaciones de la lengua. En la novela En otro orden de cosas, sigue con atención y con comillas el surgimiento de palabras a partir de ciertas jergas profesionales, como el marketing, la psicología o la gestión cultural. Para Fogwill, las transformaciones de una sociedad se materializan en la lengua, y esa sensibilidad para escuchar lo que sucede en el lenguaje es lo que funciona como insumo para su extraordinaria potencia poética”. Por su parte, Julia Saltzman, editora responsable de las ediciones de las obras de Fogwill en Alfaguara, asegura que el autor introdujo “una nueva forma de realismo” en el panorama de la narrativa argentina: “Fogwill dio cuenta como nadie del carácter y la sensibilidad de una época, los 90; plasmó una poética de lo material en combinación con una narrativa plena de ideas e interpretaciones. Además de una voz de cadencia inconfundible para expresar su visión original e inteligente. Supo crear un mundo que, como el de toda buena literatura, por un lado nos muestra una realidad en la que nos reconocemos, y a la vez nos revela lo que intuimos y no llegamos a pensar”.

Fogwill, el escritor-sociologo. Esa relación dialéctica que Fogwill estableció entre la realidad y la ficción en sus textos, donde los diversos modos en los que la cultura de masas reconfiguró sucesivamente las relaciones sociales, ocupó un lugar central en su literatura e hizo que en reiteradas ocasiones se lo señalara como el primer escritor-sociólogo de la literatura argentina. Más allá de su formación profesional (recordemos: fue sociólogo de profesión y trabajó a lo largo de toda su vida en diversas variantes de la publicidad y el estudio de los mercados), sus textos aparecen nutridos por una mirada crítica y analítica de las tendencias, las modas, los cambios dialectales, y de las relaciones entre ciudadanos y autoridades e instituciones. Así lo analiza el escritor y sociólogo Hernán Vanoli: “Fogwill se interesaba, en algunos de sus libros, en el devenir de las relaciones entre el poder económico y el poder de la palabra. El tipo de pactos, silencios y consensos que hacen posible que algunas cosas sean dichas o pensadas, para luego ser legitimadas. La manera en que los rumores, que son una sintaxis que estructura pequeños lenguajes, se convertían en poder. Eso es lo que le encuentro de sociológico: la pregunta por el poder, pero no en una lectura reduccionista vinculada a los procesos eleccionarios, a un hecho tan triste e intrascendente, por ejemplo, como las elecciones legislativas, sino por el poder como una trama de intereses y discursos. Esos pequeños lenguajes tenían las marcas de los grandes lenguajes del poder en el futuro, al mismo tiempo que los socavaban en su origen. En ese sentido, Fogwill era un escritor-sociólogo, aunque tener un título de sociólogo puede producir también una narrativa sumamente conservadora. A Fogwill lo preocupaban los cruces entre el lenguaje y el poder, pero no en el sentido banal en el que algunos escritores dicen que ‘todo lenguaje es político’ y escriben principalmente sobre su triste deseo de ser escritores sin poseer talento, ni en el sentido adolescente de una fascinación militante por un capitalismo de amigos, sino en un sentido mucho más complejo vinculado a los procesos de construcción de hegemonías sociales, a intereses financieros, a sentidos que se conforman alrededor de los consumos. Sus actividades en el mundo objetivo, en el mundo de la publicidad, de la investigación de mercado, le otorgan un plus con respecto a los escritores mandarines de la nada, a los escritores artistas, aburridísimos, a los poetas tristes, a los ganadores seriales de becas y pasajes, que te dopan en sus mesas redondas”.

Fogwill, el personaje. “Es lo que menos me interesaba”, dice Pía López. “Su personalidad provocadora no me generaba nada”, responde Vanoli. Sin embargo, no hay en el ámbito cultural porteño quien no tenga una anécdota que incluya a Fogwill. Como si a través de la palabra confrontativa buscara en el otro la reacción sin filtros, la respuesta que elude el tamiz de la conciencia. Daniel Divinsky, el mítico editor y fundador de Ediciones de la Flor, recuerda la experiencia de la primera edición de Los pichiciegos, de 1983: “Editarlo apenas llegado de regreso al país luego de seis años de exilio fue una especie de venganza personal contra la dictadura y la estúpida soberbia belicista de los militares. En cuanto a la relación con el autor, que venía de una serie de rechazos de su original en otras editoriales, pasó por las alternativas usuales: gran satisfacción cuando le comuniqué que le publicaríamos la novela, alegría cuando el libro apareció a los pocos meses, comienzo de queja cuando consideró que la distribución no era adecuada, queja virulenta cuando las ventas no se correspondieron con sus expectativas. Atribuyó esto al diseño de la tapa (que aludía al consumo de licor Tres Plumas de los soldados en las trincheras para combatir el frío) y no a las pocas ganas que en ese momento tenían los posibles lectores de resucitar lo vivido durante el conflicto bélico. Mi recuerdo personal no es afectuoso: era un tipo áspero, aun en los primeros momentos de relación cordial. Se convirtió en imbancable cuando nuestra edición no se vendió como esperaba. Tiempo después estuvimos frente a frente en una charla de un editor español y desvió la mirada para no saludarme”.
Claro está que la excentricidad no hace bueno a ningún escritor, pero ¿estaríamos frente a una figura de tal complejidad sin su verba desfachatada, sin sus polémicas intervenciones públicas, sin sus 12 gramos de cocaína al escribir Los pichiciegos, durante tres días corridos? Algo se confirma: ni Fogwill ni sus libros eran mamotretos aburridos. Algo que no siempre abunda.

Un nombre un tanto pichiciego
Por Horacio González
Fogwill es un nombre un tanto pichiciego, un tanto marciano, salido de alguna runa cavernaria. Una cosa que parecería un cartel solitario que resiste al viento en una ruta perdida, publicitando algún tabaco o alguna marca de software. Su carácter burlesco, maestro en el arte de la picaresca, salía de un dolor personal que podía suponer el reverso de su conversación de estilista que hiere finamente con su florete. Elige un nombre ficticio, como una banda plástica puesta con irónico humor, sobre su nombre verdadero.
Al parecer, buscaba por debajo de las palabras sin cambiarlas demasiado, como si fuera un poeta no del siglo XII sino del tiempo de las cavernas, donde acaso había seres humanos que tallaban signos en la piedra, y allí acababa todo. Eran los grabados definitivos, la poética inicial que quizás buscaba. Amigo inquisidor. De una Inquisición que buscaba el grabado oculto detrás de las conversaciones y las insignias de piedra detrás de los grabados ocultos. Por eso parecía un Mefistófeles hecho de paciencia y arbitrio, esperando que sus provocaciones líricas desencadenaran una reacción, que no importaba que fuera brutal. El que reaccionaba hacía saber así quién era, ante este confesor fogwilliano, con su reverso eclesiástico de sutil bufón epistemológico. El hecho de buscar verdades en la picaresca quiere decir que vio el lenguaje como un manto sagaz de ocultamientos y figuras del yo que se creen selladas en una virginidad ideológica, mientras las va acechando esa pequeña corrupción que igual nos permite vivir y que, si la conducimos por los pantanos adecuados, quizás permite crear una obra. La obra de Fogwill no es una obra, es ese acecho. Lirismo en grado de elevación.
Alto lirismo es casi una forma del sadismo. Conducido con escéptica gracia, es sadismo como forma de revelación, la religión literaria de Fogwill. De la picaresca se extrae el terror como figura de transformaciones, el militante que se hace ejecutivo, el izquierdista que dará cursos de management, el policía que trata con la psicoanalista, los encerrados en cuevas malvineras que “viven adentro” de lo que sería la conciencia de sus enemigos. Todo ocurre en el vasto sueño del lenguaje, cuya estructura de intercambios es la forma del “dealer”. El método de la asociación automática de ideas guía a Fogwill hasta cierto punto en que las técnicas de marketing se hacen delicia literaria y el psicoanálisis una jerga que aleja a las personas de sus verdades. Pensó la literatura como un conjunto de sonidos musicales, un tarareo confuso y enigmático de donde salía luego el desafío casi místico de decir que no se entendería Perlongher sin las partituras de Rubén Darío. Lo que usualmente llamamos “el saber”, pensaría Fogwill, es un evento desgraciado que sería malo no poseer pero es ponzoñoso cuando se lo posee. De ahí el profundo escozor que producía su método de interpelación, que obedecía al deseo de revelar que el conocimiento se extrae de una “utopía indigna” que busca la imposible conciliación de pensamiento y existencia. Esa utopía sólo puede ser un juego, pues de lo contrario establecería una fórmula despótica para las vidas, consistente en un cinismo disfrazado de libertad: pensamiento en estado originario. Pero perdido. Toda literatura debe mentarlo, buscar el hueco que ha dejado su desaparición. Toda literatura es sustitución.
En esa coyuntura, descubrió el nombre de Fogwill, que está en varias napas geológicas encerrado, pero a veces a la luz, en sus tantos poemas y novelas. Leemos En otro orden de cosas, respecto de la red idiomática que controla la vida personal: “Ahora nadie usaba ‘bochorno’ y en su reemplazo se decía ‘vergüenza-ajena’. Las jergas de la droga, la administración de empresas y la psicología invadían todos los ámbitos. Era tan frecuente oír ‘bajón’, ‘trucho’ o ‘zarpado’ en ámbitos ajenos al submundo marginal como encontrar a un chofer de taxi que hablaba de sus ‘objetivos en la vida’ o se manifestaba ‘paranoico’ por la nueva reglamentación de multas de tránsito. La televisión, pensaba, debía ser responsable de estas modas de lenguaje”. Esta inquisición emancipatorial, dolorida, sarcástica, nos vuelve el lenguaje como tallas en granito, que una vez descubiertas se hacen efímeras, el humo victorioso y tibiamente infernal que despedía el aliento de Fogwill.

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 2 de septiembre de 2013

Génesis extramuros del templo

Una génesis extramuros del templo

Ganador del Premio Planeta 2012 con la novela policial La marca del meridiano, séptima entrega de la serie de historias de investigadores que protagonizan los agentes Bevilacqua y Chamorro, el español Lorenzo Silva pasó por Buenos Aires. El autor analizó la actualidad de la novela negra, del panorama editorial y las reacciones del campo cultural ante la crisis que atraviesa la península.


“Disculpa, pero es un gesto que no me sienta bien”, responde Lorenzo Silva, cuando el fotógrafo de PERFIL le pide que, sentado, ponga su mano bajo su mentón, emulando la universal postura de la escultura de Auguste Rodin. Significativa respuesta, tratándose de un best seller: los libros de Silva, autor especializado en novela negra, se encuentran en la actualidad entre los mayores éxitos de ventas en España y, de paso por Buenos Aires, lo espera una pregunta ineludible: ¿por qué hay tal cantidad de mala literatura del género? ¿Qué es lo que hace que incontables cantidades de libros policiales sean editados de modo constante, sin pena ni gloria? “Tiene que ver con el éxito, y con una génesis extramuros del templo –responde el autor de La marca del meridiano, ganador del Premio Planeta 2012-. Hay literatura que nace en el templo, y el templo la mima y la cuida. La novela negra nació en el callejón. Mucha gente del templo la miró mal durante mucho tiempo, y encima tuvo éxito, que es lo peor que puede tener alguien del callejón. Los grandes clásicos de la novela negra, como Chandler, se han pasado toda la vida ganándose el derecho a existir como escritores. Esa vida marginal de un género atrae sobrevivientes, lo cual ha generado buena parte de la mala literatura policíaca histórica. La mala literatura policíaca actual tiene otra génesis: la novela negra en este momento ocupa un lugar central, no en el templo, pero sí en el mercado. Cuando algo resulta exitoso en el mercado, atrae inmediatamente al practicante oportunista. Hay gente que improvisa mucho, que tiene un conocimiento muy somero del sustrato real sobre el que se asienta la literatura policial”, señala Silva, que además trabajó como abogado y mantiene un contacto constante con investigadores, policías, jueces y fiscales de Madrid como parte de un trabajo de investigación que nutre sus novelas.  En su país, alcanzó el éxito de público debido principalmente a la serie de historias policiales protagonizadas por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, de la que La marca del meridiano es la séptima entrega.

Mucho se ha hablado de la crisis económica, política y social que atraviesa España desde hace algunos años, y que todavía no parece encontrar desahogo. El campo cultural español se ha visto modificado por ese panorama, al tiempo que conforma uno de los principales bastiones de resistencia a cierto espíritu de desesperanza que recorre la vieja península. Silva aporta su mirada: “La crisis se nota en el campo cultural. Organizo un festival de novela policíaca en Madrid hace seis años. En la primera edición empecé con un presupuesto, que en parte lo ponía un municipio. Al año siguiente mi presupuesto fue la mitad, y con esa mitad sigo. En España hubo que aprender a hacer las cosas con la mitad de dinero. Ha habido quien aprendió y quien no. España, para determinado tipo de proyectos que requieren dinero, ha sido letal. La cultura está apretada en este momento. ¿Quiere decir que está muerta? No. Hay mucha gente peleando, que suple con imaginación la falta de medios. En el ámbito de la novela negra hay un florecimiento. He leído en este año media docena de novela negras españolas muy buenas. La cultura es buena parte de la apuesta que tiene que hacer España para salir de su crisis. Somos una sociedad que sabe salir adelante”, analiza.


Consciente de la realidad del mundo editorial, en el que no siempre son editados los autores que más merecen la pena, sino aquellos que garantizan las ventas, Silva puso en marcha en 2012 Playa de Ákaba, el sello editorial que dirige junto a su compañera, la poeta Noemí Trujillo. Así lo describe: “Teníamos la idea de que hay libros valiosos que no se publican, y que en el último tiempo hay una suerte de desvalorización del oficio de editor. Reivindicamos el oficio de alguien que apuesta por el talento y da la cara por el autor. Se ha puesto de moda que el autor debe poner la cara y debe andar justificándose ante todo el mundo. Un editor vale para que el escritor tenga alguien que salga a dar la cara por él. Nosotros publicamos poesía, un género muy maltratado editorialmente. Nuestra idea es buscar buenos poetas y editarles bien los libros. Los poetas normalmente son mal editados. También estamos tratando de buscar nuevos novelistas. El desarrollo de la literatura no pasa en editar lo que ya está comprobado que vende, sino en hacer nuevas apuestas. Lo que para una editorial grande puede ser un suicidio publicar, para nosotros puede ser un éxito. Cuando leí la primera reseña que salió sobre la novela de Carlos Soto que publicamos, escrita por Andrés Ibáñez, que es un crítico exigente, en la que decía que el autor `entra como una carga de caballería en el panorama narrativo español´, me produjo más satisfacción que cuando algo así es dicho de un libro mío. Es como con los hijos: haces algo bien y te gratifica, pero un hijo tuyo hace algo bien, y la alegría es como el triple”, se sincera Silva, que cuando se le pregunta por algunos nombres sobresalientes de la actualidad literaria de España, no duda en nombrar “tres Carlos: Soto, Zanón en el ámbito de la novela negra, y Castán, el mejor prosista presente”. 

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 25 de agosto de 2013

lunes, 5 de agosto de 2013

Faro del fin del mundo

Cuando tenía 22 años, Yael, una azafata israelí, sufrió un atentado de parte de activistas palestinos en el que murió su mejor amiga y ella resultó herida. Veinte años después de aquel hecho, apenas un centímetro de lana en el inmenso ovillo de violencia que desató la ocupación de Gaza por parte de Israel, Yael visita en la cárcel a Hazzan, el palestino sobreviviente de aquel episodio, motivada por profundas fuerzas internas y externas, presionada por su entorno pero impulsada por la búsqueda incesante de una paz posible. Estas situaciones, que sucedieron en la realidad pero con protagonistas de otros nombres, son las que inspiraron a Mario Diament a escribir Tierra del Fuego, protagonizada por Alejandra Darín, en el papel de Yael, y Pepe Monge, en el de Hazzan. El diálogo que entre ellos se produce es el componente central de esta obra que explora muchas de las largas y profundas contradicciones que atraviesa la comunidad israelí respecto del conflicto con Palestina. Completan el elenco Ricardo Merkin, Elena Petraglia, Juan Carlos Ricci y Miguel Jordan, que en sus pequeñas intervenciones ofrecen lo mejor de este espectáculo.

Si bien la obra está estructurada en torno al diálogo entre Yael y Hazzan, esta conversación se ve interrumpida en diversos momentos por la irrupción de los restantes personajes, que aguardan sentados a un costado de la escena. Así, Yael pasa a dialogar con su marido, con el abogado de Hazzan y con la madre de su amiga asesinada en el atentado, sin que medie un cambio de escena drástico, sino que la separación está dada principalmente por lo auditivo. En todos los casos, estos personajes representan las diversas posiciones civiles en torno al conflicto político-social entre Israel y Palestina: los sionistas, los judíos pacifistas y críticos de la ocupación, y la posición palestina libertaria. Un mérito central de esta propuesta es la posición que asume, en la medida en que no se erige por encima de la situación, delicada e irreconciliable entre dos pueblos, ofreciendo una lectura superadora, sino que busca reflejar la complejidad y la gravedad de la situación, en tanto plantea un mensaje de concordia que confía en que el amor por el prójimo puede quebrar intereses, incluso aquellos más profundos, como los políticos, económicos y religiosos. Tampoco tiene tapujos al señalar que la ocupación de Gaza es una acción desigual, injusta y cruel.

Tierra del fuego por momentos es demasiado solemne: son pocas las humoradas, escasean las situaciones que distiendan una atmósfera que de principio a fin es acuciante. La puesta en escena, sencilla, ayuda a que toda la atención se centre en los diálogos. Hay también un fuerte componente audiovisual que aporta dinamismo. La posibilidad de la recuperación de cuanto menos un ápice de lo perdido a causa de la guerra es lo que propone la obra como esperanza entre tanta pérdida.



Director: Daniel Marcove
Autor: Mario Diament
Actúan: Alejandra Darin, Pepe Monje, Ricardo Merkin, Elena Petraglia, Juan Carlos Ricci y Miguel Jordan.
Diseño gráfico: Pedro Flores Maldonado
Producción: (Ejecutiva) Pablo Silva
Vestuario: Daniela Taiana
Diseño del espacio: Tito Egurza

Asistencia de dirección: Iardena Stilman
Musica: Sergio Vainikoff
Asistencia de Producción: Maria Daniela Laprea, Henry Rosales
Realización de escenografía: María José Crivella y Marina Apollonio
Realización de vestuario: Lidia Benitez

Fotos: Gianni Mestichelli

Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil el domingo 4 de agosto de 2013

Aquí me pongo a cantar

Letras gauchas, de Julio Schvartzman, es un volumen extenso y rico dedicado al análisis de diversas expresiones de la literatura gauchesca que, lejos de sustraer aquellos textos y analizarlos como piezas de museo, pone en diálogo muchos de los cantos fundacionales de la literatura argentina con debates y tradiciones de pensamiento universales.

Juan Francisco Gentile
Las tensiones entre oralidad y escritura conforman uno de los núcelos de sentido centrales del surgimiento, la historia y el desarrollo no sólo de la literatura, sino cultura argentina en su conjunto. Allá por el siglo XIX, cuando intelectuales formados en Europa o Estados Unidos retornaron a estas pampas para intervenir activamente en el debate político-cultural sobre la conformación de un Estado y un ser nacional (como Sarmiento o Esteban Echeverría, por nombrar dos casos emblemáticos), se produjo un choque de culturas al momento de la interpretación y la dotación de sentido de aquellas formaciones discursivas ya existentes en la cultura local, de fuerte arraigo popular, ricas en localismos, con un desarrollo propio del lenguaje y una tradición de difusión principalmente oral, por la ausencia de escribas y la aún escasa expansión de la cultura letrada en el Río de la Plata y tierra adentro. La letra hablada y la letra impresa, las marcas de la oralidad en la literatura luego llamada “gauchesca”, la apropiación de la cultura criolla que se llevó adelante desde la intelectualidad, los proyectos encontrados en cuanto a la lectura que se hizo del gaucho (como rebelde y antisistema, como sujeto buenazo, adaptado al orden imperante, que hace “gauchadas” o como una tensión entre ambos sentidos) conformaron un complejo mosaico de líneas de pensamiento que hasta hoy continúan en tensión. Julio Schvartzman, crítico, docente y uno de los principales especialistas en literatura gauchesca de nuestro país, acaba de publicar Letras gauchas, un extenso trabajo que reúne una serie de ensayos críticos acerca las diversas poéticas del género, ya no como parte del estudio de la tradición local sino en el marco de grandes líneas de debate histórico, social, estético y político. A través de largos trabajos, Schvartzman disecciona al detalle lingüistica, conceptual, social, simbólica e históricamente los textos con los que trabaja, lo cual constituye una virtud y un defecto al mismo tiempo: mientras que el análisis es amplio, rico e interdisciplinario, abordando cuestiones generalmente inadvertidas por aquello que comúnmente se lee y escribe sobre literatura argentina del siglo XIX, el grado de especificidad de los temas que trata y de los aspectos señalados es por momentos extremo y difícilmente entusiasme a un lector no especializado.     

Leemos –acortamos para sintetizar-: “En el interior de una cultura de base oral, y también en los amplios territorios orales que se extienden en el interior de la cultura letrada, la cita tiene una función primordial. En latín, citare es sobre todo poner en movimiento, a menudo con energía, y también hacer venir, llamar. Cuando decimos `había una vez´ ponemos un embrague de narratividad, estamos haciendo venir la situación y la atmósfera propicia para el relato (…). Pero cuando un escrito cita una de esas fórmulas de la oralidad la operación tiene una complejidad diferente (…) También hace venir, pero esta vez no meramente la situación y la atmósfera del relato: reconstruye de otro modo, en el espacio de la escritura, aquel ámbito perdido, estableciendo con él una aproximación imaginaria y un corte. El texto funciona (…) como una curiosa partitura, que tanto puede incitar a la devolución de la pieza al ámbito perdido de la oralidad, como a reivindicar su propia consistencia, su soberanía espacial, su sonoridad interna”. Schvartzman va hacia las profundidades del arte de narrar historias, sus orígenes, sus movimientos estructurantes. Y lo hace incisivamente, sin visitar lugares comunes, lo cual aporta un claro valor agregado a este trabajo. El gaucho como sujeto político y social, su lugar simbólico en el imaginario de la cultura rioplatense, y los modos en que su voz fue apropiada por la cultura letrada, los cruces, desvíos, corrimientos y ajustes entre ésta y la cultura proveniente de la experiencia de la naturaleza, son algunos de los tópicos que el autor recorre y analiza con detalle científico, para el deleite de los estudiosos de las letras argentinas.


Julio Schvartzman es docente y e investigador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde participó y participa activamente de la vida académica y gremial. Dictó clases de grado y posgrado en universidades de Buenos Aires, Uruguay, París, Estocolmo y Constanza. Anteriormente publicó La lengua de la conquista espiritual, Microcrítica y el volumen La lucha de los lenguajes, parte de la fundamental Historia crítica de la literatura argentina, colección que dirigió Noé Jitrik en 2003. La publicación de Letras gauchas por Eterna Cadencia forma parte de un interesante movimiento editorial por parte de esa casa editora, que de un tiempo a esta parte publicó títulos que son una referencia ineludible para el estudio crítico de la literatura argentina, con autores como Josefina Ludmer y Oscar Masotta y Silvia Molloy, además del propio Schvartman. 


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 4 de agosto de 2013

miércoles, 17 de julio de 2013

Menos sapo Pepe, más locos recuerdos




A pesar del predominio de sapos saltarines, topas y casas de ratones, a pesar de una época que propone velocidad e inmediatez antes que reflexión, volumen elevado y melodías elementales antes que músicas de arreglos complejos, los payasos continúan entreteniendo, como lo hicieron desde tiempos remotos con grandes y chicos. Lo circense atrae en parte por esa licencia para ponerlo todo en cuestión, subvertir los valores hegemónicos y apropiarse de lenguajes que en los papeles son “serios”, con los que “no se juega”. Y si eso es combinado con excelencia desde lo escénico, innovación desde lo teatral y letrístico, efectividad en las actuaciones y sobre todo arraigo local en las temáticas, el resultado es una propuesta inmejorable como Locos ReCuerdos, la obra homenaje a Hugo Midón, que con música de Carlos Gianni se presenta en el Teatro Cervantes por segunda temporada consecutiva. El sello distintivo de la dupla Midón-Gianni, que juntos unieron su creatividad en escritura y composición en clásicos como Vivitos y coleando, Derechos torcidos, Huesito caracú y Playa bonita, entre muchos otros, se plasma en esta obra de modo emotivo, reafirmando la vigencia de un camino diferente para entretener, que invita a la reflexión sin golpes bajos, siempre con la intención de despertar en el espectador, sea chico o adulto, inquietudes en torno a lo que lo rodea.

En un viaje a través de muchas de las historias a las que Midón dio vida a lo largo de su carrera y que lleva por banda sonora un combo de rock, tango, jazz, canción, tap, swing y derivados, Locos ReCuerdos se anima a preguntarse por las obsesiones de los adultos, por los problemas de las relaciones amorosas, por lo que significa trabajar y por muchas de las principales aristas de la cultura argentina. El elenco lleva a Omar Calicchio, Alejandra Perlusky, Gustavo Monje, Denise Cotton, Sebastián Holz, Mariela Kantor, Jorge Maselli y Pilar Menéndez, quienes dan sobradas muestras de su capacidad actoral, su habilidad en los bailes y destreza vocal para atravesar ritmos y generar climas. Los protagonistas encarnan payasos que a su vez son personas, que ríen, lloran, se divierten o se preocupan, siempre con la mirada hacia el futuro y la esperanza como motor, tanto en sí mismos como en sus pares.

Un vestuario y una escenografía que logran construir un mundo de fantasía que a su vez no es muy diferente del que puede habitar cualquier persona logran la difícil tarea de invitar al espectador a ingresar en una dimensión nueva sin olvidar jamás el lugar del que se viene, quién se es, dónde se vive ni a dónde se va.


En tiempos en que muchas de las propuestas infantiles tienden a subestimar a los chicos, centrándose en ofrecer estridencia, música básica y tramas con escaso conflicto, Locos ReCuerdos eleva el piso de calidad de la media de la propuesta de los espectáculos infantiles. 







Publicado en el suplemento de Espectáculos de Perfil

lunes, 1 de julio de 2013

Literatura y realidad política: Walsh por Piglia

Como movimiento inicial de una serie de clases magistrales y seminarios que programa el área de Letras del Centro Cultural San Matín, el escritor y crítico Ricardo Piglia, tal vez el mayor pensador acerca de la literatura vivo de nuestro país, realizó una exposición en la que recorrió puntos salientes de la obra del autor de Operación masacre y lo colocó entre los nombres fundacionales de la cultura argentina.


Los críticos literarios son una raza en extinción. Atrás quedaron las épocas en que revistas como Babel de Samuel Glusberg, Contra de Raúl González Tuñón, Martín Fierro de Evar Méndez (que llegó a imprimir 20.000 ejemplares), la Contorno de los hermanos Viñas, Sur o Punto de Vista de Beatriz Sarlo, sólo por nombrar algunos de los ejemplos emblemáticos, tenían gran circulación y capacidad de instalar líneas de debate en el seno del campo cultural. Pocas quedan de esas grandes figuras de la crítica, erigidas por la academia, los medios y los lectores como intérpretes del devenir literario de su tiempo. Ricardo Piglia es, sin dudas, el pensador de la literatura vivo más importante de nuestro país. Y así lo demostró en la Clase Magistral que ofreció en el Centro Cultural General San Martín, como inicio de la programación de la renovada área de Letras, que desde ahora está a cargo de Maximiliano Tomas.

En una sala colmada en su capacidad, el autor de textos emblemáticos y especialmente entronizados por el canon académico local como Prisión perpetua y Respiración artificial llevó adelante una exposición acerca de los cruces entre literatura y realidad en la obra de Rodolfo Walsh. De pie, asistido solamente por un atril, Piglia disertó durante dos horas en un recorrido que colocó al autor de Operación masacre entre los grandes nombres de la literatura argentina, y emparentó el significado de aquel texto con el espacio ocupado en la cultura nacional por el Facundo, de Sarmiento: “Operación masacre es un libro que persistió porque cada generación lo leyó de una manera diferente: cuando salió a la luz fue interpretado como una crítica a la Revolución Libertadora; luego, en el marco del proceso de peronización de los años 60 fue leído como un libro que encarnaba el espíritu del peronismo combativo. Más adelante, ya en la vuelta de la democracia, se leyó como una crítica a la represión militar. Puede decirse que es similar a lo que ocurrió con el Facundo de Sarmiento en tanto fue un texto que atravesó épocas y fue leído de diversas maneras de acuerdo al momento”, señaló Piglia. En la misma línea de análisis que plantea una filiación entre aquel texto fundacional sarmientino y la investigación de Walsh sobre los fusilamientos de José León Suárez, Piglia aseguró que del mismo modo en que en Facundo el centro no está en su crítica a Juan Manuel de Rosas sino en el relato y la caracterización de la vida en las pampas, “Operación masacre se convirtió en un clásico por sus retratos de los obreros y sus espacios, de sus vidas cotidianas y las experiencias de esos individuos”.

El modo en que se transmite la experiencia, el trabajo con la voz del otro, el retrato de las vidas de los anónimos y la actitud que asume el narrador con respecto a los hechos y los relatos que los reconstruyen fueron algunos de los aspectos que Piglia eligió en su recorrido por la obra de Walsh: “El problema que enfrentó Walsh fue el de cómo transmitir la experiencia, no ya cómo captarla. Los procedimientos que puso en juego le permitieron narrar la experiencia a través del otro. Es una pequeña toma de distancia para decir lo que se quiere. Ese movimiento es el estilo de Walsh. Aquí, el escritor es el que sabe escuchar, y no como pasa muchas veces, cuando la literatura cae en la tentación de hablar por el otro. A diferencia de David Viñas o Andrés Rivera, autores de su generación que usaron la literatura para exponer excesivamente y para explicitar lo que querían, la obra de Walsh está a tono con la teoría del iceberg de Hemingway, en la cual lo más importante es lo que permanece no explicitado”, señaló Piglia, al tiempo que trazó líneas de parentesco entre el autor de ¿Quién mató a Rosendo? y los grandes nombres de la literatura argentina: “De Borges, Walsh mantuvo la poética de la brevedad. Al principio Walsh estaba contaminado por Borges. Todos los escritores lo querían copiar, sin advertir que Borges se puede plagiar pero no copiar. Con el paso del tiempo, Walsh fue depurando su estilo hacia una de las prosas más logradas de nuestra literatura”, analizó Piglia, que estuvo a cargo de la edición y el prólogo de la reciente edición de los Cuentos completos de Walsh de Ediciones de la Flor.


La clase de Piglia fue el puntapié inicial de un ciclo de clases magistrales y seminarios que el área de Letras del CC San Martín programa para lo que queda de 2013. En julio será el turno del escritor Elvio Gandolfo, que repasará la vida y obra de Mario Levrero. En agosto llegará el momento para que Roberto Herrescher y un recorrido a través de los relatos de no ficción sobre grandes conflictos bélicos. En tanto, Alan Pauls, Daniel Link, Beatriz Sarlo, Luis Gusmán, Damián Tabarovsky, Martín Kohan, María Moreno y Carlos Gamerro, entro otros, dictarán seminarios de cuatro clases enfocados en diversos temas de literatura argentina y extranjera. Las clases magistrales son con entrada libre y gratuita, mientras que los seminarios tendrán un costo total de 150 pesos.


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 30 de junio de 2013