lunes, 19 de marzo de 2012

Poesía Federal Argentina

La primera pregunta que suele aparecer cuando se publican antologías literarias suele ser la siguiente: ¿Tiene algo de nuevo? Y la respuesta, como ocurre generalmente en el campo de la literatura, es relativa. Poesía argentina para el siglo XXI, la selección de la lírica local producida a grandes rasgos en los últimos cien años, realizada por Andrew Graham-Yooll en colaboración con Daniel Samoilovich, reviste una novedad en varios de sus puntos, al tiempo que una crítica especialmente puntillosa podría achacarle su apego al canon. Sin embargo, el hecho que la antología está dirigida en parte al público angloparlante justifica y torna inevitables ciertas elecciones.
Desde Macedionio Fernández y Leopoldo Lugones hasta Fabián Casas y Verónica Viola Fisher, pasando por Borges, González Tuñón, Juana Bignozzi e Irene Gruss, esta selección de 66 poetas argentinos exhibe un recorte canónico pero federal, previsible por momentos, justo con la vasta geografía de la poesía vernácula, por otros.  
En primer lugar, sobresale su carácter de edición bilingüe castellano-inglés. La traducción es sumamente cuidadosa, híper correcta, con escaso margen interpretativo. Así, esta edición posibilita la experiencia novedosa de leer a autores clásicos y no tanto en su traslación a la letra sajona, al tiempo que ofrece textos de autores que nunca antes habían sido llevados al inglés.
Otra de las virtudes de esta selección pasa indudablemente por su carácter fuertemente federal. Lejos de aquel prejuicio tan cosmopolita como conservador que afirmaba que la cultura se produce en las grandes urbes, mientras que las provincias alejadas están sumergidas en un irremediable atraso artístico, Poesía argentina para el siglo XXI otorga espacio a una importante cantidad de poetas cuyas pertenencias biográficas pero también sus estéticas y temáticas tienen sus raíces ancladas en los paisajes del interior. Los entrerrianos Carlos Mastronardi y Ricardo Zelarrayán, el bonaerense Darío Cantón, Horacio Armani, de La Pampa, Leonardo Martínez, de La Pampa, Aldo Oliva, de Rosario y el santiagueño Julio Salgado, entre muchos otros, forman parte de este variado menú lírico. En este sentido, hubiera sido interesante la inclusión de algún poeta patagónico, como para completar el muestrario.

Al final de la edición se adosa una lista de poetas que, si bien no fueron incluidos, los compiladores recomiendan al lector. Una suerte de redención, quizás, para los que quedaron con la ñata contra el vidrio. 


Publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el domingo 18 de marzo de 2012. La nota salió sin firma como adhesión a la medida de fuerza adoptada por el grmio de prensa en reclamo de mejores condiciones laborales

domingo, 19 de febrero de 2012

Mi esposa es una espía de la KGB

El uruguayo Felisberto Hernández fue, definitivamente, como sentenció Rubén Darío en referencia a determinados escritores, un raro. No sólo por su obra, extraña, vanguardista y de influencias difícilmente rastreables, sino también por su biografía. Pianista y escritor, solitario, melancólico, “replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al destino de lo cotidiano”, como escribió Cortázar en su prólogo al libro de cuentos La casa inundada.
Sin embargo, una historia increíble se encuentra escondida bajo los vaivenes de su vida personal: María Luisa De Las Heras, su tercera esposa, española y de verdadero nombre de pila África, era un alto mando de los servicios secretos de la Unión Soviética, que lo sedujo rápidamente y se casó con él con fines netamente políticos como agente de inteligencia. Esa relación es la que retrata Roberto Echevarren en África, la muñeca de Felisberto Hernández. Con la estructura de una obra teatral, Echevarren desarrolla en escenas ágiles los años que el escritor y la mujer compartieron en Montevideo hasta pocos años después de su separación.   
Al tiempo que se aventura en la delicada tarea de ficcionalizar personajes históricos, Echevarren logra interesantes climas de época y cuadros pintorescos, como aquellos en los que se plasma la atmósfera y la fisonomía de la Montevideo de los años cincuenta. Por momentos, la construcción que se realiza del carácter del espía soviético, en contraposición con el artista soñador, resulta algo estereotipada: si África es autoritaria, necia, fanática y repite en sus líneas cosas como “la religión es el opio de los pueblos” o “el fin justifica los medios”, el personaje de Felisberto descree de la política, crítico siempre, rabioso hacia el mundo, detesta “todo lo que se sabe”. 


Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil el domingo 19 de febrero de 2012

domingo, 15 de enero de 2012

Tickitiando en el bondicito

A bordo de su 148, el famoso Halcón del sur del gran Buenos Aires, el que va de Constitución a Florencio Varela y tiene los colores de Defensa y Justicia, Juan pisa a fondo el acelerador y hace volar al “bondicito” a través de los cielos suburbanos. El pasacassette marca el ritmo con una cumbia hipnótica que predispone al sexo y al baile, tanto a pasajeros como a conductor. Así, en medio de una fiebre callejera que sube la temperatura de una literatura argentina muchas veces templada tirando a frío, transcurre Sexybondi, la nueva y vieja novela de Washington Cucurto, nombre con el que se conoce a Santiago Vega, 38 años, quilmeño, escritor y creador del sello Eloísa Cartonera.  
 De tintes surrealistas, Sexybondi es la narración de un viaje alucinado en colectivo. Mientras un protagonista feliz, orgulloso de su bondi, lleva “a la gente linda, la negrada, la paraguayada” al baile o a sus trabajos de changarines, filosofa en clave popular sobre los misterios de la vida y la muerte, el amor y el odio, observando por el espejo la fiesta que se desata en la carrocería de su nave voladora de cuatro ruedas.
 El relato es fragmentario, con reiterados saltos temporales y estilos intercalados (por ejemplo, hay una pequeña obra de teatro, así como casos policiales entremezclados con la trama central). Coloquial, neologista y guarango hasta la seducción, Cucurto lleva su estilo, desplegado en obras poéticas como La máquina de hacer paraguayitos,  hacia un extremo fantasioso en el que genera un espacio donde todo es posible: el bondi.  
 Aunque acaba de ser publicada por Interzona, Cucurto cuenta que Sexybondi es una de sus primeras historias, escrita cuando comenzó a incursionar en el camino de crear historias plenas de color local, sexo y picardía popular, mientras trabajaba como repositor en un supermercado.
 Si en una importante cantidad de notas, críticas y entrevistas publicadas en diarios y revistas desde su aparición en la escena de la literatura argentina se dijo que Cucurto hace realismo (“Realismo atolondrado”, se animó alguna vez y tímidamente a autodefinirse, hace casi diez años, sentencia súper reiterada aquí y allá y que hoy parece vetusta), la aparición de Sexybondi viene a demostrar que su narrativa va mucho más allá del realismo y estira sus líneas hacia la construcción de una poética atravesada por lo bizarro, entre la atmósfera somnolienta de la fantasía.  

Publicado el 15 de enero de 2012 en el suplemento de Cultura del diario Perfil



domingo, 8 de enero de 2012

Basada en hechos reales

Es posible imaginar el set de filmación y la película. La partida desde una Europa pobre, jaqueada por las pestes y las guerras. Viajes en buques atestados de inmigrantes a través del océano atlántico. La ambientación en un hacinado conventillo porteño de principios de siglo XX, los murmullos en cocoliche sobre el patio con la ropa que cuelga y las mujeres que friegan con pañuelos en la cabeza. De algún modo, la historia que Griselda Gambaro narra en El mar que nos trajo es también la de buena parte de las familias argentinas. A través del drama familiar como disparador se tienden los lazos que permiten reflejar el drama colectivo que significó la inmigración masiva en los comienzos de la sociedad moderna en las ciudades del Río de la Plata.
 Si en un momento determinado no quedara claro que esta historia “apenas inventada” es la de la propia familia de la autora, relatada por su madre y transmitida de generación en generación, el argumento perdería consistencia a manos de personajes por momentos estereotipados, perdidos entre amores y desamores, enfermedades y traiciones que tienen algo de cliché. Sin embargo, Gambaro da pruebas de su dominio de los tiempos narrativos al presentar los acontecimientos de modo distante, casi a la manera de una crónica periodística histórica, generando de esta manera un efecto de veracidad objetiva, para luego irrumpir con la inclusión de la marca de autor en un momento fundamental de la novela.  
 El mar que nos trajo da testimonio de las condiciones socioeconómicas de los trabajadores extranjeros en la convulsionada Buenos Aires de principios del siglo XX.  El trabajo, la explotación y los sindicatos son marcas realistas que enmarcan a la historia e impulsan su argumento. De todos modos, la autora no se limita a lo testimonial. Hay una intención de construir enredos entre protagonistas cargados de resentimientos y esperanzas que entran en juego en escenarios repartidos entre la Italia originaria, una metrópoli porteña de contornos difusos y una tercera locación que es el océano como puente tendido entre el viejo y el nuevo mundo.   
 Tan sólo dos momentos específicos, en los que es posible detectar el yo de Gambaro, le imprimen a la obra su verdadero significado y la dotan de valor distintivo: el primero es el título y su impronta de inclusión colectiva, en tanto que el rastreo de la segunda y más poderosa señal queda como tarea para el hogar de cada lector.

 Publicado el 8 de enero de 2012 en el suplemento de Cultura del diario Perfil




 



domingo, 11 de diciembre de 2011

Metamorfosis a la mexicana

El tono es intimista. El formato es fragmentario. En El animal sobre la piedra, la primera novela de la joven mexicana Daniela Tarazona el lector es el confidente de Irma, la muchacha que tras la muerte de su madre comienza a experimentar una serie de transformaciones psicofísicas que la llevan a alejarse definitivamente de su patria chica, su hogar ciudadano, para refugiarse en una lejana playa junto al mar. Allí, dispondrá de la soledad y la vida silvestre necesaria para poder entregarse por completo al trance generado por una extrañeza que llegó para quedarse.
 La novela genera un efecto por momentos inquietante. De a ratos, da la sensación de ser un diario personal. Pero es más que eso: se muestra como un registro casi científico de las transformaciones, escrito por quien es a la vez experimentador y experimento. Mientras se agudizan los sentidos del personaje y su piel se engruesa cual reptil, transita como destino insorteable una vida salvaje en la que pelea por el alimento con difusos seres vivientes, siempre en una atmósfera enrarecida y somnolienta.
 El animal sobre la piedra tiene tanto de fantástico como de naturalista. El cuerpo reviste en sí la experiencia total del ser en un mundo extraño. Dentro de este marco, la escritura se presenta diseccionada como las partes de la anatomía humana. El texto está partido y los fragmentos se encuentran y desencuentran en el fluir de la obra: “Estoy compuesta por fragmentos, no soy un animal completo y, desde esa carencia, resulto extraña para quienes sí lo son”, escribe Tarazona, pasándole la pelota al lector. 
    
 En la foto de la solapa, la autora sostiene con gesto concentrado un libro de Clarice Lispector. Estudiosa de la obra de la escritora brasileña, Tarazona acusa recibo de su poética sobrenatural con una literatura que se desplaza, que repta.   


Publicado el 11 de diciembre de 2011 en el suplemento de Cultura del diario Perfil

domingo, 6 de noviembre de 2011

El canon que no fue

“Todo paraíso es un paraíso perdido”. Esta frase, que abre las líneas que conforman El paraíso argentino, de Claudio Zeiger, funciona como el núcleo de significado a partir del cual se despliegan los argumentos de este cúmulo de reseñas biográficas extendidas y cortadas por una tijera particular. Se trata de lograr una semblanza de la vida y obra de aquellos escritores argentinos que, en torno a las décadas comprendidas entre 1930 y 1950, orbitaron en torno a un canon literario con claras vinculaciones con la más alta aristocracia rioplatense. Así, Zeiger repasa los claroscuros de las figuras de Benito Lynch, Ricardo Guiraldes, Eduardo Mallea, Manuel Mujica Lainez, Silvina Bullrich, Oscar Hermes Villordo, Beatriz Guido y Marta Lynch.
 En El paraíso argentino, Zeiger indaga en las genealogías y en las redes de relaciones sociales en un intento de dar con el nodo central que explica distintas características de las personalidades privadas y públicas de los autores, muchas veces polémicas política y artísticamente. De esta manera, profundiza en el delineamiento de un Benito Lynch huraño y hosco, de un Guiraldes en tensión entre la elite y la popularidad,  de un Mallea paradójico, que en cierto momento fue “más importante que Borges” y al que se lo desplaza de la primera plana “por los mismos motivos que se lo entronizó”, entre otros.
 A su vez, a través de un evidente gran trabajo de archivo, Zeiger rescata momentos particulares poco conocidos por los estudios académicos de literatura argentina (en general renuentes al detalle de color biográfico), como el diálogo entre Silvina Bullrich y Manuel Mujica Lainez, donde la autora de Bodas de cristal y Teléfono ocupado pregunta: “¿Verdad que vos y yo somos los dos únicos escritores argentinos que vivimos de nuestros libros?”, a lo que Manucho responde: “ Yo no, che, serás vos. Yo vivo mucho mejor”.


Publicado el 06 de noviembre de 2011 en el suplemento de Cultura del diario Perfil

domingo, 23 de octubre de 2011

Las civilizaciones bárbaras

La crónica como género reviste una de las más llamativas paradojas actuales: en los últimos años (pasando por alto lo arrojado durante todo elsiglo XX) produjo, con mucho, lo mejor del periodismo escrito. Sin embargo, goza de escasísimo espacio visible. Aunque el tema es largamente tratado en columnas de opinión (incluso de este diario), los medios gráficos, así como las editoriales que incluyen la no ficción en sus catálogos, no ofrecen espacios considerables para la crónica. Se trata de aquel periodismo que se aleja de las máximas técnicas del oficio y, sin dejar de lado la información novedosa, se desacartona y echa mano a recursos literarios y a la pluralidad de voces, al tiempo que incluye sin vacilaciones la subjetividad del autor (mala palabra para los cultores de lo más pacato de la profesión).     
 No obstante el cuadro de situación, existen algunos indicios que fundamentan cierto optimismo. A la atención puesta en los últimos años por la crítica y por algunas editoriales a la crónica latinoamericana (como los casos de los imperdibles Frutos extraños, de Leila Guerriero, y Nuestro Vietnam, de Daniel Riera, ambos publicados por Aguilar) se suma la buena noticia que reviste la colección “Crónicas del Continente”, dirigida por Riera y parte del catálogo de la pujante editorial Libros del Náufrago. La serie, que se inició con la reedición de La patria fusilada de Paco Urondo, se amplía con dos nuevos títulos de crónicas latinoamericanas: El empampado Riquelme, del chileno Francisco Mouat, y Bogotá, del colombiano Fernando Quiroz. Ambos títulos, aunque con estrategias diferenciadas, enriquecen el panorama editorial, a la vez que vuelven a colocar entre las novedades a este género que se perfila como el de mayor proyección entre lo mucho que se escribe en América Latina.
Francisco Mouat es uno de los más interesantes escritores chilenos de la actualidad. Mezcla de cuentista, novelista y cronista de la realidad, lleva publicados más de diez libros, entre los que figuran los exitosos Cosas del fútbol y Nuevas cosas del fútbol. Se lo puede leer todas las semanas en “Tiro libre”, la columna que escribe en El Mercurio.
 El empampado Riquelme es la crónica de la reconstrucción de un caso sencillamente increíble. Resumiendo: En febrero de 1956, un empleado estatal chileno de nombre Julio Riquelme Ramírez abordó el tren que lo iba a trasladar durante cuatro días con sus noches desde Chillán, al sur de Santiago, hasta Iquique, casi en la frontera con Perú, para asistir al bautismo de uno de sus nietos. Sólo su valija llegó a destino. Los pasajeros no pudieron aportar datos significativos acerca de cuándo ni cómo se bajó del tren. Declararon que perdieron su rastro cerca de una estación de carga con el sugestivo nombre de Los Vientos, en pleno desierto de Atacama. Cuarenta y tres años más tarde, en 1999, en el baño del aeropuerto Cerro Moreno de Antofagasta, un guardia encontró un sobre anónimo, con pertenencias de Riquelme y una nota en inglés que daba las coordenadas precisas de dónde se hallaba su cuerpo. El esqueleto fue encontrado junto a una cruz de piedra diecisiete kilómetros desierto adentro desde la línea ferroviaria. El autor se anotició por los diarios del hallazgo, e inició una labor intensa de reconstrucción del caso, que dio por resultado este libro, que a partir de la figura de Riquelme se multiplica y llega a indagar cuestiones como la familia, la relación padre–hijo, los viajes, el trabajo, e incluso la parapsicología. El empampado… es un libro sobre Riquelme, pero también sobre sus hijos y familiares (a quienes Mouat entrevista), su pueblo, sus esposas y sobre Chile. Incluso es un libro sobre Francisco Mouat haciendo un libro sobre Julio Riquelme.  Como Bogotá, de Fernando Quiroz, que es un libro sobre la ciudad que lo titula, pero también acerca de las muchas otras pequeñas, marginales, desatendidas, que componen a la gran urbe colombiana. Quiroz es un cronista neto. Editor de la sección cultural del diario Tiempo y colaborador estable de Cambio, Soho y Gatopardo, la edición de Bogotá es una reunión de dieciséis crónicas publicadas en distintas revistas, que tienen por protagonistas a linyeras, sepultureros, operadores de cines porno, prostitutas y curanderos, entre otros invitados a un gran banquete donde se sirven sobras.
  Si al finalizar la lectura de Bogotá es posible decir que, de algún modo, se estuvo en la ciudad y en sus rincones menos brillantes y más escondidos, al llegar al fin de las páginas de El empampado Riquelme la sensación es la de haber recorrido con los propios ojos el desierto de Atacama, (donde ni los cuervos se atreven, salvo los que no tienen donde ir, los “empampados”)  así como distintas localidades del interior chileno, donde el periodista se adentra y se topa de frente con vestigios del pasado colonial. Ancladas netamente en el territorio, las páginas de estas dos nuevas publicaciones ofrecen un acercamiento novedoso hacia uno de los mayores polos semánticos sobre los que giró la cultura americana desde sus más iniciáticas textualidades modernas: ciudad y desierto, civilización y barbarie.

Publicado el 23 de octubre de 2011 en el suplemento de Cultura del diario Perfil