Por Juan Francisco Gentile. José Portogalo llegó a Buenos Aires con cuatro años de edad desde Italia. Como tantos otros, América lo recibió a pura pobreza. Desarrolló de forma pasajera múltiples oficios, pero siempre escribió poesía. La editorial rosarina Serapis reeditó Tumulto, su libro más arriesgado y hasta ahora inhallable.

José Portogalo se llamaba en realidad Giuseppe Ananía. Llegó a Buenos Aires a los cuatro años de edad en uno de esos barcos atestados de adultos y niños provenientes del viejo mundo. Había nacido en 1904 en Saveli, un pequeño pueblo calabrés que por entonces contaba con apenas 4600 habitantes con escasas esperanzas de supervivencia. Su madre lo trajo a la Argentina en busca de su padre, quien había emigrado algunos años antes con la promesa de un futuro de prosperidad, pero que sin embargo no daba señales desde su partida. Al llegar, lo encontraron con familia nueva. Perseverantes, se instalaron en La Boca pobre y obrera, desde donde Portogalo arremetió contra la mala racha practicando toda clase de oficios: fue lustrabotas, vendedor ambulante, bailarín de tango, florista, vendedor de pescado. Pero siempre poeta. Por su extracción social se vinculó rápidamente con el grupo literario agrupado en torno a la editorial Claridad, desde donde disparaban sus balas de tinta figuras como Nicolás Olivari, Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta, Roberto Mariani y los hermanos Raúl y Enrique González Tuñón.

Los textos que integran Tumulto están escritos con las tripas. Es posible leer en estas páginas elementos propios de aquella filiación poética que hizo famosos a Nicolás Olivari y Oliverio Girondo: los cuerpos ganan el terreno público en una guerra contra la pacatería de aires fifí, poco o nada queda en el terreno de lo no dicho, arremete la coloquialidad puesta en juego poético, asoman sus narices los enfermos, los blasfemos, los herejes, los pobres y los muertos. El yo poético se inscribe explícito, y se funde con los elementos de la naturaleza y también de una cruda realidad, siempre con una mirada esperanzadora con miras a futuro. Portogalo se atreve, a fuerza de largos poemas de verso libre que por momentos son prosa poética vanguardista para su época, a cuestionar a la iglesia, a las multinacionales, a los radicales y al ejército, a chicanear a Borges e incluso a satirizar a la poesía como género. Confeso lector y admirador de Walt Whitman, y de los poetas norteamericanos Langston Hughes y Carl Sandburg, Portogalo logra una refinada versión rioplatense de la poesía social de principios del siglo XX.
Tumulto ganó en 1935 el Premio Municipal de Poesía, por entonces un galardón de alta estima en el creciente pero aún pequeño campo intelectual y literario de Buenos Aires, no sin la ayuda de su amigo y jurado César Tiempo. Fue curioso que un libro con frecuentes incitaciones a la revuelta social, moral, sexual y cultural lograra un reconocimiento hasta entonces limitado a la “poesía culta” o “elevada”. El intendente porteño, por entonces Mariano de Vedia y Mitre, se escandalizó al leer los textos de Portogalo, dedujo de ellos “ultraje al pudor”, anuló el premio, prohibió la venta y distribución del libro, y el buen Giuseppe fue despojado de su carta de ciudadanía porteña. Así, debió dejar Buenos Aires. Vivió algunos años en Córdoba y en Rosario, para luego refugiarse del golpe de 1943 en Uruguay. Lo que vino después en la vida de Portogalo fue menos llamativo: trabajó de periodista en Uruguay, regresó a Buenos Aires para trabajar en el diario Clarín, y murió en 1973, dejando una producción poética de más de diez títulos.
La buena noticia es esta reedición de Tumulto, que respeta la que en 1935 publicara la editorial anarquista Imán, ilustrada por el dibujante Demetrio Urruchúa. A casi 80 años de su publicación, los textos de Portogalo conservan una vigencia que sorprende y la frescura poética que tan bien le vendría a estos tiempos en que contar en forma de verso qué calzón se eligió esta mañana convierte a cualquier cristiano en poeta de salón.
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