lunes, 31 de diciembre de 2012

Conexión Carvalho


El escritor y periodista brasileño visitó Buenos Aires en el marco del ciclo “Encuentro con la literatura brasileña”, organizado por el Malba. En un diálogo abierto al público, habló de las obsesiones que motorizan su obra, del estado de la literatura de Brasil y de la invitación de honor a su país para la Feria de Frankfurt del año próximo.






Bernardo Carvalho se acomoda en un sillón que simula ser de cuero, no sin cierta timidez. Frente a él, el coqueto auditorio del Malba donde los asistentes, mayormente estudiantes y periodistas, lo escrutan con la mirada sostenida y las orejas cubiertas con los auriculares que traducirán su portugués carioca al castellano rioplatense. A un costado, se ubica el editor y escritor Damián Tabarovsky, que introduce la charla al señalar que Nueve noches fue el gran salto de Carvalho hacia la primera división de la literatura brasileña y latinoamericana.  “Sí, fue un salto en mi obra, pero al mismo tiempo fue un problema, porque tuvo un efecto reactivo. Se publicó en un momento de menor interés por la ficción y de un interés creciente por la no ficción. Yo venía escribiendo una ficción muy alucinada, estaba como enredado. Pensaba que era necesario no repetirme. Estaba en un estado muy sensible y no encontraba mi voz. Había entregado un libro de cuentos a un editor, y la devolución fue pésima. Cuando creía que estaba acabado como escritor, leí en el diario la reseña que hacía una mínima referencia a Buell Quain, el antropólogo estadounidense que se suicidó en Brasil en 1939. Esa nota me despertó una obsesión por saber más de esa historia. Paradójicamente, Nueve noches fue el libro que me devolvió a la ficción a través de un juego con la no ficción. Fue un salto, pero también fue leído de un modo que no hubiera querido”, se explaya Carvalho, que con simpleza y algo de humor relata las sensaciones de pesar que antecedieron a la creación de Nueve noches, un libro plagado de misterios que lo coronó como uno de los escritores más atendibles de la escena del Brasil contemporáneo, y que junto con Teatro, editado por Corregidor, representan el pequeño corpus de su autoría disponible en castellano en nuestro país.

Carvalho nació en 1960 en Rio de Janeiro, la cidade maravilhosa. Se gana la vida en parte como escritor, en parte como traductor (tradujo a Juan José Saer al portugués), pero fundamentalmente como periodista y editor en medios gráficos. Fue corresponsal en París y Nueva York del Folha do Sao Paulo, trabajo que funcionó, paradójicamente, como un disparador fundamental para su obra narrativa: tanto Teatro, como Nueve noches, tienen sus orígenes en noticias publicadas en la prensa, leídas casi al azar: “Me interesa establecer conexiones entre aquellas cosas o situaciones que en sí no están relacionadas. Ese es el principio de la literatura. Dentro de ese terreno, las noticias de los periódicos me dan un sustrato para escribir ficción”, sostiene el autor, que en Teatro diseña una trama compuesta por dos historias entrelazadas, atravesadas de lleno por el crimen, la violencia y el misterio, donde la paranoia es el término clave que define y marca el pulso de la narración. “Es que la paranoia, para mi escritura, es algo positivo”, confiesa.

Nueve noches, por su parte, es un libro por demás complejo. No es una novela, aunque está repleta de recursos literarios. Tampoco es una investigación periodística, aunque la historia que narra es verídica: Buell Quain, un joven pero destacado antropólogo estadounidense, se suicidó durante su retorno a la ciudad de una aldea indígena en las profundidades de Brasil el 2 de agosto de 1939. Desde entonces, el caso quedó condenado al olvido. De esta manera, Carvalho desata una furiosa carrera de investigación que lo llevó a escribir este libro que no sólo es la búsqueda de una respuesta a la misteriosa muerte del investigador, sino también un complejo entramado de amores, odios, traiciones, miserias del mundillo académico. A su vez, el libro ingresa en la dimensión autobiográfica de la relación del autor con su padre: “En un momento dado, llegué al punto en que no nadie nuevo a quien preguntarle acerca de Quain. Entonces, empecé a enviar cartas a Estados Unidos, buscando personas en las guías, por apellidos que coincidieran con partícipes de la historia. Todas las cartas volvieron cerradas. Nadie las había leído. Comprendí entonces que la investigación había terminado. Fue entonces cuando comencé a trabajar en el plano de la ficción autobiográfica de mi infancia con mi padre”, explica Carvalho.  

Si bien en los últimos años en Brasil se ha registrado un incremento de la industria cultural, con una suba de los incentivos estatales, de cara a la invitación de honor al país para la Feria de Frankfurt de 2013, Carvalho no se muestra optimista al respecto: “Brasil es ahora más complejo y diverso que antes. Hay una apuesta por una nueva literatura realista que plasme esa situación –señala Carvalho-. Para la literatura que me interesa, que es una ficción de resistencia, de contra, es un escenario desfavorable. Hoy Brasil está en busca de su literatura de masas. La cara que el país mostrará en Frankfurt probablemente no sea su veta más interesante, que es la vasta literatura experimental que existe, sino aquella que busca estar a tono con un estilo globalizado y lleno de clichés”.



 Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 23 de diciembre de 2012

martes, 11 de diciembre de 2012

La banda más guapa de Brasil

La banda más guapa de Brasil
Por Juan Francisco Gentile. A banda mais bonita da cidade es un quinteto de Curitiba que trascendió el under gracias a la visualización en las redes sociales de su primer video clip. Su primer disco es una síntesis entre el rock con sello indie y la tradición de la canción brasileña 

Charles Bukowsky ya había dejado su trabajo de cartero del servicio postal estadounidense en Los Angeles para dedicarse íntegramente a beber y escribir. Corría el año 1972.
Luego de décadas de ganarse la vida a través de múltiples trabajos mal pagos y humillantes, entre los cuales el de repartidor de cartas fue lo más cercano a un empleo formal en la historia laboral del autor de novelas como Factótum y Pulp, finalmente podía centrarse en lo que realmente lo apasionaba: las calles, la bebida y la literatura, en franca relación retroalimentaria.
Fue entonces cuando Bukowsky escribió aquel cuento que sacudió con su estilo y su temática a lectores de todo el mundo: “La chica más guapa de la ciudad”, relato incluido enErecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Cass, una chica de inigualable belleza y una extraordinaria habilidad para esfumarse cuando los hombres creen allanado el camino a la cama, se autoflagela a la vista de todos con alfileres y botellas de vidrio para evidenciar ante el mundo lo perecedero de la belleza física.
Ya sea por lo impresionante su temática, por la maestría de Bukowsky al narrar  o por la ternura que despierta la historia de Cass (que como saben quienes lo leyeron, y como imaginarán quienes no, no termina comiendo perdices), el relato fue retomado por múltiples obras teatrales, musicales y cinematográficas. Aquí nomás, en el Río de la Plata, Fito Páez compuso una suerte de diálogo con la historia de Cass en la canción más famosa de su disco Ey!, de 1988, “Polaroid de locura ordinaria”: “Brillaba era una perla / y nunca hacia nada / después dijo que me amaba / y se hundió la gillete”.
El cuento de aquel exponente de la generación Beat fue también el disparador para que un grupo de jóvenes brasileños de la ciudad de Curitiba pusiera nombre a una de las bandas de rock más interesantes que surgieron en los últimos años en el continente: A banda mais bonita da cidade. Integrada por Uyara Torrente (voz), Vinicius Nisi (teclados), Rodrigo Lemos (guitarras) Diego Plaça (bajo) y Luís Bourscheidt (batería), esta agrupación nació como joyita oculta del under curitibense. Repentinamente se volvió un fenómeno de las redes sociales y sacó su disco debut a fines del año pasado, conformado por trece canciones que muestran una equilibrada fusión entre el rock de cuño indie angloparlante y la tradición cancionística del Brasil, conocida como MPB (Música Popular Brasileña).
Desde su formación en 2009, la banda dio los pasos que indica el manual: tantas presentaciones como fueran posibles; en bares, clubes, festivales, eventos, difusión boca en boca, usuario en alguno de los sitios en línea que permiten alojar y escuchar música gratis y la prepotencia de trabajo propia de la juventud. Hasta febrero de 2011, A banda mais bonita da cidade no había traspasado el rango de alcance común a una banda de garaje, aunque con una calidad compositiva superior a la media y un sonido profesional.
Fue entonces cuando captaron la atención de millones de ojos: lanzaron en you tube el video de la canción “Oração”, que se convirtió en un fenómeno de las redes sociales, alcanzando en tres semanas la cantidad desmesurada de cinco millones de reproducciones. ¿Las razones? La calidad del tema, lo original de la idea, una realización impecable y buen tino a la hora de difundir.
El video consiste en un plano secuencia (toda la historia audiovisual narrada en una sola toma, de tipo travelling) filmado en una vieja casona del sur de Brasil, en el cual la cámara acompaña a Leo Fresatto, compositor del tema pero no integrante de la banda, en un recorrido in crescendo en el que se encuentra con músicos y amigos que entonan la canción acompañados de los más diversos instrumentos, para terminar en un clímax sonoro y visual que conmueve a cualquiera que tenga sangre en las venas. Todo, con la cadencia única e indescriptible que caracteriza a los brasileños.
A partir del fenómeno de “Oração”, la banda más linda del Brasil aprovechó la difusión vertiginosa de su música para convocar al público a colaborar para en el financiamiento de su disco debut, que llevó el nombre del grupo y apareció en la web de la banda para su descarga gratuita en octubre de 2011. 
El resultado son 13 canciones donde los recursos que priman tienen que ver con elementos del rock clásico o retro (hammonds, melotrones, guitarras levemente distorsionadas) al tiempo que brilla lo mejor de la tradición cancionera folk del Brasil, lo cual los ubica como los herederos generacionales de los Tribalistas, aquel grupo que entre 2002 y 2003 formaron Marisa Monte, Arnaldo Antunes y Carlinhos Brown y que dio una vuelta de tuerca inesperada y original a la canción brasileña.
En tiempos en los que más de un escucha sofisticado de rock fusión lanza al aire sus quejas por la escasez de novedades atendibles, A banda mais bonita da cidade se perfila como uno de los puntales de la canción latinoamericana, y como Cass, deja a un lado las apariencias, no sucumbe ante el sonido blando y perfumado que caracteriza a las bandas con pretensiones radiales y apuesta a una estética profunda y renovadora de la canción del Brasil.

martes, 4 de diciembre de 2012

La ciudad mutante


En el comienzo del actual milenio, dos momentos históricos representaron un punto de quiebre para los modos en los que se desarrolló la cultura urbana en la Buenos Aires. Se trata de dos diciembres: de 2001 y 2004. El primero, con la caída del gobierno de la Alianza, puso en cuestión una importante cantidad de parámetros de producción y difusión cultural al tiempo que significó el fin de una etapa política y social signada por el más crudo neoliberalismo. El segundo, tuvo lugar la denominada “tragedia de Cromagnón”, en el que 198 jóvenes murieron producto de la impericia del sistema de espectáculos en la Ciudad, a lo que se sucedieron clausuras compulsivas de espacios de producción de cultura. Desde entonces, los emprendimientos culturales porteños comenzaron un lento pero sostenido proceso de recomposición, en el que florecieron pequeños y medianos centros culturales, salas de teatro, recitales de poesía, revistas independientes y una importante cantidad de emprendimientos netamente ligados a la difusión a través de Internet y las nuevas tecnologías. Desde aquel quiebre a esta parte, Buenos Aires volvió a ser una ciudad plena de oferta cultural, y el circuito alternativo se revitalizó, al tiempo que en el plano educativo esta descentralización pareció haber pasado de largo. De estos procesos da cuenta Mi Buenos Aires querido. Entre la democratización cultural y la desigualdad educativa, una compilación de ensayos académicos dirigida por la docente, investigadora y doctora en Ciencias Sociales Ana Wortman.


Con la participación de doce investigadores, la gran mayoría de ellos sociólogos de la Universidad de Buenos Aires, Mi Buenos Aires Querido plantea una suerte de paradoja en la cual, por un lado, la explosión de las redes sociales y de los diferentes circuitos culturales y de diseño permiten hablar de cierta tendencia hacia la democratización del acceso a la cultura, en el plano educativo formal se observa una paralización fuertemente afirmada en parámetros tradicionales. De esta manera, los ensayos abordan, con un pie en la investigación metodológica, temáticas como las relaciones entre clases medias y nuevas tecnologías, la idea de una “cibercultura” como factor para interpretar las variables identitarias, casos concretos de producción independiente, como la emergencia de múltiples editoriales alternativas, y los lazos sociales que estructuran una vida moderna-tardía en las escuelas y universidades, entre otras.   



Publicado en el suplemento de Cultura del diario Perfil el domingo 2 de diciembre de 2012

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Una balsa de libros, y a naufragar


Por Juan Francisco Gentile"El oro y la oscuridad", del colombiano Alberto Salcedo Ramos, y "La peor de las ciencias", del platense Gabriel Pinciroli, son los dos nuevos libros que agrandan el catálogo de Libros del Náufrago, una pequeña pero pujante editorial local que a fuerza de trabajo constante y un ojo clínico para la detección de títulos, se afianza en la escena.



Desde el estallido social, político, económico y cultural que significó para la Argentina el 2001, a esta parte, un fenómeno inédito comenzó a crecer y se multiplicó hasta el infinito: la aparición de nuevas editoriales. Medianas y pequeñas, autogestionadas y comerciales, profesionales y artesanales, insertas en el mercado y outsiders, lo cierto es que una gran cantidad de títulos y autores nuevos comenzaron a circular en diferentes capas de la cultura, algunos relegados a la circulación exclusiva en ámbitos subterráneos y sin capacidad ni voluntad de trascender al under (caso paradigmático fue el abanico de editoriales artesanales que le dieron vida a la Feria del Libro Independiente –FLIA-), otras rompiendo el cerco de lo marginal para liberar una disputa palmo a palmo en el plano de la hegemonía cultural de la edición de libros a los grandes sellos del mainstream. En este último grupo se encuentra como caso singular la creciente editorial local Libros del Náufrago.
A través de una edición profesional, de una distribución relativamente completa en librerías chicas y de las otras, diseños que nada tienen que envidiarle a los grandes sellos y, por sobre todas las cosas, de un catálogo fuera de serie -mérito exclusivo de su editor Juan Ignacio Calcagno Quijano- que acerca a los lectores argentinos títulos que, exageraciones aparte, se encuentran entre lo mejor de la crónica y la narrativa social latinoamericana contemporánea, pero que paradójicamente son desatendidos por las grandes editoriales, Libros del Náufrago arremete nuevamente con dos novedades: "El oro y la oscuridad", del exquisito cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, que narra la increíble historia de Kid Pambelé, el mayor boxeador de la historia de Colombia y tal vez de América Latina (integrante de la colección Crónicas del continente, dirigida por Daniel Riera, uno de los directores de Barcelona); y "La peor de las ciencias", de Gabriel Pinciroli, un joven narrador platense que se presenta en sociedad con esta serie de crudos relatos, capaces de producir reacciones físicas a los lectores, en una clara demostración del poder de la literatura (parte de la colección de narrativa Patas cortas).  
Pambelé: la locura del éxito. Apogeo y ocaso de un mito colombiano
“Cuando yo era niño, no perdía mi tiempo viendo a Superman o a Tarzán: mi superhéroe era de verdad y se llamaba Pambelé”, escribe Alberto Salcedo Ramos. Su confesión es también la de, por lo menos, toda una generación de colombianos: Antonio Cervantes, alias Kid Pambelé, no sólo fue el mayor ídolo deportivo que dio Colombia en su historia, sino que además fue uno de los mejores boxeadores del mundo entero. Campeón del mundo en la categoría Welter Junior, Pambelé defendió ese título de modo constante durante casi ocho años, entre 1972 y 1980, con la única interrupción de la caída ante el portorriqueño WilfredO Benítez en 1976, a quien venció tan sólo un año más tarde, para volver a hacerse del cinturón. La sociedad y los medios de Colombia enloquecieron. Era el mayor ídolo nacional, quien hizo famoso al país ante el mundo, el deportista invencible, la envidia del primer mundo. Una mochila demasiado pesada: sumergido en el mundo del alcohol y las drogas luego de su extensa estadía en la cresta de la ola, Pambelé deambulaba por las calles de diversas ciudades colombianas en busca de pelea, excesos y prostitución. Famoso por sus glorias, luego famoso por su decadencia, la historia de este boxeador que supo darle una tremenda paliza a Nicolino Locche en marzo de 1973 en Maracay, Venezuela, es el centro del libro "El oro y la oscuridad", de Alberto Salcedo Ramos, quien ha sido definido por John Lee Anderson como “el cronista de cronistas”.
Pero "El oro y la oscuridad" no se trata solamente de la historia de Pambelé: a través de la figura del boxeador, el autor logra un interesante trabajo de investigación que pone la mirada sobre claroscuros de la sociedad colombiana, sus parámetros de éxito y fracaso y sobre cómo la fantasía de infinitud de la gloria creada por los medios de comunicación y alimentada por el fanatismo de un pueblo pueden volver completamente loco a quien fuera su máximo ídolo deportivo. Salcedo habla con todos para llegar al hueso: la familia del Kid, sus médicos y los linyeras que lo pelearon en las calles por dos pesos, los parroquianos de los bares que lo veían como un fantasma que desaparecía repentinamente para aparecer la mañana siguiente en otra ciudad, y los periodistas que lo siguieron en la gloria y también en el ocaso. Salcedo también habla con Pambelé: las conversaciones, por momentos, son escalofriantes. El mérito, claro, no es de la historia, sino de la pluma del cronista, que dosifica la información como un artesano del texto.   
Ciencias ocultas
Y en la otra esquina, nacido en la ciudad de La Plata en 1975, traductor del alemán al castellano de una gran cantidad de obras, docente y escritor largamente premiado en diversos concursos de aquí y allá, Gabriel Pinciroli llega a las librerías con "La peor de las ciencias". Se trata de una serie de relatos de lenguaje directo y temáticas que corren por el carril de la violencia y el sexo en épocas de reacomodamientos de la noción de sujeto, atravesado por las nuevas configuraciones posmodernas propias de Internet y aquel sentimiento generalizado de los años noventa que afirmaba la inexistencia de un futuro promisorio.
Alejado del realismo liviano que parece ser la tónica generalizada de la nueva narrativa y visiblemente atravesado por una concepción poética del mundo, los relatos de Pinciroli están sobrevolados constantemente por una tensión que no termina de explotar, haciendo del punto exacto que antecede al clímax de toda historia su as en la manga. 

Publicado en www.marcha.org.ar

domingo, 11 de noviembre de 2012

¡Hay dos por uno en poesía!


El debut literario de Iván Noble viene de la mano de Washington Cucurto. Así, De tal palo, de ex líder de Los caballeros de la Quema, y ¡Basta de escribir nobvelas!, del autor de Sexybondi y Cosa de negros conforman un libro doble y sin contratapas, que se puede leer por cualquiera de sus dos wines.


Corría el año 1996 y por entonces la banda de sonido de las últimas escenas de la fiesta menemista incluía canciones de un disco titulado Perros, perros y perros, de Los caballeros de la Quema, banda del oeste del gran Buenos Aires. Todavía no habían grabado aquel infinito hit noventero, que con optimismo proponía que la morocha se atreviera a “punguearle a esta vida amarreta un ramo de sueños”. En el video de No chamuyes, el corte de difusión de aquel disco canino, se podía ver al líder de la banda, un extraño de pelo largo apellidado Noble, lucir una remera con la cara de Charles Bukowsky, cuando todavía la indumentaria con referencias a la contracultura no era moda de diseño palermitano. Dieciséis años más tarde, el mismo tipo, que luego saltó a la fama por su labor como compositor y cantante de la que fuera una de las bandas de rock más convocantes del cambio de siglo, une sus fuerzas con Washington Cucurto, el poeta de la calle, el de los laburantes del conurbano, los inmigrantes y los choferes de colectivos, en un libro de poesía que en verdad contiene en su interior dos trabajos diferenciados: De tal palo, de Iván Noble, y ¡Basta de escribir novelas!, de Cucurto, editado por un sello que funciona como una suerte de club editorial: el Garrincha Club.
Los textos que muestran Cucurto y Noble en esta publicación tienen más de un punto de contacto. En ambos predomina el uso de la primera persona, el tono intimista y cierta predilección por la fluidez de la conciencia en el estilo, lo cual hace que estos poemas den la sensación de una  coloquialidad franca, como si el lector pudiera inmiscuirse en la intimidad de los pensamientos de quienes escriben. Casi como un derrotero, ambos autores exhiben cierta estampa de loosers en estos poemarios, que funcionan como un glosario de miserias y desilusiones de dos cuarentones que están de vuelta: mientras Cucurto añora un pasado nocturno y fiestero (“Las cosas no son iguales / y pensar que por estas calles desiertas / yo llevaba la música y la seducción en la sangre / era feliz / Yo era un bailantero”), Noble se sienta en un bar de mala muerte a beber vino con un amigo, de su misma edad y también separado, y ante la inminente seducción de dos chicas veinteañeras huyen raudamente a por medialunas en la madrugada, en vez de abordar el juego de la coquetería, que en el pasado hubiera sido el leit motiv de sus versos cancionísticos caracterizados por una melancolía con un halo de esperanza. Por otro lado, ambos plantean en determinados momentos de este recorrido un regreso a sus hogares personales y al amor de sus hijos, como espacios al resguardo de la vida frenética que representa el mundo exterior. Noble, como muestra, narra cómo su tranquila lectura de Jack London en el patio de su casa es interrumpida por vecinos que vociferan puteadas contra los franceses al ver la transmisión de un partido de Los Pumas, lo cual lo lleva a cerrar el libro y aventurarse “a comprar vino y queso al almacén”. Este es el tipo de aventuras que hoy vive el autor, con presumible pasado atestado de anécdotas nocturnas propias de una vida como estrella de rock.
Pero, claro, ambos cuerpos de poemas también exhiben características diferenciadas. Por su parte, Cucurto, en ¡Basta de escribir novelas!, se ríe con desparpajo de más de un ícono político de la actualidad: la Revolución Bolivariana de Chávez, el Che Guevara, la presidenta Cristina Fernández (a quien le dedica el poema “Hombre de Cristina”, en el que la llama “Mi Caderona Nacional”, y el resto se puede imaginar). También revisita sus lugares poéticos favoritos: el barrio porteño de Constitución por las noches, con su “paraguayada” en pleno jolgorio, la vida tranquila del conurbano en Quilmes, donde “la gente te dice hermano / Uno tropieza con la comida / con las botellas de miel / los inconfundibles salames caseros / ¡a precios regalados!”. Es que, si bien Cucurto plantea por momentos el tono intimista y hogareño, su poesía parece no poder zafarse del todo de los vertiginosos y estrellados ritmos latinos que caracterizan su literatura, donde los signos de admiración se abren paso a los codazos entre los pajonales de la mansedumbre.     
La portada espejada muestra a ambos autores sentados en torno a una clásica mesa de café en una pizzería del barrio de Almagro, fotografiados por la lente personal de Nora Lezano. Mientras que en la tapa que corresponde al libro de Cucurto se los ve posando para la foto, en un gesto casi profesional, la portada del lado de Noble los muestra espontáneos, captados en medio de una charla de ocasión. Algo de todo esto se refleja en los poemas que contienen las hojas que suceden a estas imágenes: Los textos de Cucurto muestran mucho de su ya trabajado oficio literario, en tanto que en los poemas que aquí publica Noble se insinúa una escritura como actividad secundaria e informal, pasajera y con ciertos aires de hobbie

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 11 de noviembre de 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

Un amor salvaje


El protegido del ciervo, el nuevo libro de poemas de Graciela Aráoz (presidenta de la Sociedad de Escritores de la Argentina y directora del Festival Internacional de Poesía, además de poeta) es un poemario de amor. Pero no se trata de un amor dócil ni liviano, ni entregado al devenir rosa de un romanticismo optimista. Todo lo contrario: los textos que Aráoz agrupa en este título abordan la temática amorosa desde una perspectiva fuertemente erótica, cargada de grandes palabras, que forman un tendedero húmedo de imágenes salvajes, donde el sexo y los cuerpos se vuelven uno con la naturaleza e incluso ingresan temerariamente esa zona intimidante que reviste la muerte, para luego desbordarla a borbotones.
La clave de estos poemas está sin dudas en su erotismo, que todo lo cubre. Así, hasta las separaciones, las traiciones, las ausencias, los finales y el dolor están atravesados por el reinado de las bocas y sus labios, de los ojos y sus lágrimas, de las pieles y sus sexos. El nombre y la palabra para designar al mundo son aquí tanto o más vitales que los cuerpos, y ni muerta esta autora, que en el poema “Sinfonía” asiste a su propio entierro, se desprende del nombre. Es que la palabra, acaso, sea lo único que logra sobrevivir incluso cuando el cuerpo fenece: “Ya no existe el cuerpo / sólo queda el trazo / de una escritura / que ahora escribe / en el lomo encrespado / del tigre”, se lee en “Habitación felina”.
Desde su presentación visual, El protegido del ciervo transmite algunas de las coordenadas orientadoras de los senderos transitados por las palabras que componen sus poemas. Tanto la tapa, como las ilustraciones interiores, todas de autoría de la artista española Marijose Tobal, muestran cuerpos femeninos desnudos e integrados a la tierra. No es casual: la palabra “cuerpo” está presente casi en cada página de la obra.   

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 4 de noviembre de 2012

lunes, 22 de octubre de 2012

Fuerza colectiva


Acaba de publicarse Panorama Interzona. Narrativas emergentes de Argentina , una compilación de 28 autores de hasta cuarenta años de edad que incluye cuento, teatro, poesía y ensayo sobre ejes temáticos como la violencia, el sexo, el poder y el crimen, entre otros. La salida del libro es la excusa para dialogar con Elsa Drucaroff, escritora, crítica, docente y compiladora de la antología sobre cómo y por qué escriben los autores jóvenes.


Las antologías de jóvenes narradores ya son un clásico en el espectro editorial emergente de los últimos años. Se podría decir, sin riesgo de caer en grandes inexactitudes numéricas, que desde el quiebre social, cultural y político producido por la crisis del 2001 y la posterior recomposición del esquema institucional del país, asomó la mirada por sobre las ruinas humeantes una camada de narradores agrupada en torno a la construcción de una nueva subjetividad, echando mano a las nuevas tecnologías, al acceso masivo a Internet y a editoriales dedicadas a la difusión de lo nuevo, como Interzona, Entropía, Mansalva, Caja negra y muchas otras. La reciente salida de Panorama Interzona. Narrativas emergentes de Argentina, compilado y comentado críticamente por Elsa Drucaroff, antologa textos de 28 escritores de hasta 40 años, entre los que aparecen cuentos, poemas, obras de teatro y ensayos críticos, configurando de esta manera una concepción ampliada de la noción de Narrativa. “La nueva narrativa argentina tiene una relación fundante con las antologías, no porque la hayan hecho nacer, sino porque marcaron la toma de conciencia generacional –sostiene Drucaroff-. La primera vez que autores de generaciones de postdictadura pudieron manifestar públicamente `somos jóvenes y escribimos algo nuevo´ fue con La joven guardia, la antología de Maxi Tomas. A partir de esa movida, aparecieron  otras antologías que fueron imponiendo nombres y estéticas”.
La cuestión generacional es un tópico que genera intensos debates en los estudios culturales, y parece ser el trasfondo teórico de la proliferación de antologías y del concepto de Nueva Narrativa Argentina. Los parámetros para definir que se está frente a una generación de artistas en desarrollo, claramente diferenciable de sus antecesoras, contra lo que se puede adivinar en una primera aproximación, no parecen ser simplemente etarios: “Haber nacido en determinada fecha no coloca automáticamente a un autor en una generación, sino que ésta se forma a partir de haber vivido experiencias comunes de modos similares. Variables como clase social, lugar geográfico, contacto con hechos histórico-políticos y conciencia para procesar esos hechos, se vuelven fundamentales. No es tampoco un hecho cuantitativo: un grupo reducido puede definir una generación e imponer la agenda de problemas, como generación joven e innovadora, a una sociedad. Algo así fue el Grupo Contorno a fines de los años ’50. No es que toda la gente que nació el mismo año que Viñas, Jitrik o Rozitchner pertenece a esa generación, ni siquiera la mayoría. Y sin embargo, si pensamos históricamente, vemos a esa generación protagonizando y generando algo”, analiza Drucaroff, quien ya había ensayado caminos en este sentido en su libro Los prisioneros de la torre.
Panorama Interzona tiene por rasgo distintivo, por un lado, la gran cantidad de textos que integran la antología (32 textos en total), y lo variado de su composición temática, por otro. De esta manera, conviven textos poéticos, cuentos, piezas teatrales y ensayos en distintos apartados que tienen como ejes la violencia, los medios masivos, el sexo, los géneros, la política, el poder y el crimen, entre otros. Drucaroff lo explica: “Si algo me seduce en la Nueva Narrativa es que no hay estéticas obligatorias, sino una enorme variedad de estilos y libertad creativa. Quise reflejar también eso y no hice una antología uniforme, sino que mostré parte de este enorme abanico. Hay thriller, hay minimalismo, hay lenguajes innovadores, hay cuentos clásicos, hay comedia de costumbres, poesía trash y poesía culta. La narrativa propiamente dicha es una cierta economía discursiva que se expresa en las novelas y los cuentos, pero la narratividad puede aparecer también en otros géneros. Por eso el plural `narrativas argentinas´ en el título”.
Tal vez la reflexión más interesante que habilita la salida de una compilación como Panorama Interzona tiene que ver con cuáles son las principales motivaciones que encuentran los autores jóvenes para escribir, en una época en la que la sobre saturación de información irrelevante parece estar modificando decisivamente la dinámica a través de la que se desplaza la palabra escrita en todas sus dimensiones. “Es difícil responderlo –se sincera Drucaroff- ¿Cómo saber qué motiva profundamente a alguien a escribir, salvo generalidades como la urgencia por pensar cosas, construir mundos alternativos, reflexionar desde la ficción sobre la sociedad y la existencia? Hay gente que escribe motivada apenas por el más bobo narcisismo, y entonces escribe mal, por buena técnica que tenga. Pero eso no es porque sea joven o vieja. El gesto realmente artístico, donde el narcisismo, aunque participe, no define, tiene algo tan esencialmente humano que no se puede definir únicamente por generación o actualidad. Si durante las décadas de postdictadura los jóvenes escribieron mucho, y (algunos) muy bien, pese a que la sociedad no les daba la menor motivación para hacerlo, ni los leía ni sabía que existían, ya hace un tiempo que esto está empezando a cambiar y los jóvenes siguen escribiendo mucho y (algunos) muy bien, pero con otra alegría y otra fuerza colectiva para salir a buscar sus lectores”.

Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 14 de octubre de 2012

jueves, 27 de septiembre de 2012

Luis Sagasti: alimentar el fuego


“Estoy escribiendo una nueva... no sé, novela o como se llame”, dice Luis Sagasti. Y no por mero desparpajo: en 1999 y 2006 publicó El canon de Leipzig y Los mares de la luna, respectivamente, y el año pasado sacudió más de una cabeza con Bellas Artes, un libro definitivamente raro en términos rubendarianos, por su filiación decididamente narrativa, pero puesta en clave vanguardista, con la fusión de elementos y la batalla a la linealidad como motor. Ahora, el escritor de Bahía Blanca trabaja otra vez en una novela (como se llame) y no duda al señalar el objeto de la literatura: “Se escribe para alimentar el fuego: alumbrar, dar cobijo, para que hacer que el mundo arda”.
Se puede leer Bellas Artes como una provocación ante todo lo que la literatura conserva de anquilosada: sus métodos prefabricados, sus recetas para el éxito, sus compartimentos y géneros delimitados. En un movimiento fresco y arriesgado, Sagasti logró un texto que a la vez es muchos textos, centrados en el poder del acto artístico como modo para, por lo menos, aproximarse a la punta del ovillo de lana del mundo: “En mí, las ideas nunca se presentan con claridad de mediodía –dice el autor-, sino como una intuición muy fuerte a la que siento que debo darle una forma. Escribir es una manera de hacerlo. En un libro como Bellas Artes, lo que realmente quiero expresar se encuentra dicho a partir de ciertos ritmos, del trabajo con la plasticidad del lenguaje, de cómo queda resonando una idea sobre otra idea, como si se formara un acorde. Las historias con que intento abordar esas intuiciones no son azarosas, pero no me interesan las historias en sí sino los vínculos con los que forman un todo mayor. No me preocupa saber cuál es el género en que encaja el trabajo”, asegura, al tiempo que devela algunas pistas sobre el sucesor de Bellas Artes: “Tengo ahora una serie de ideas que son casi opuestas al libro anterior. Habría, y de hecho diría que existe, una trama un poco diluida que se deja entrever en medio de pequeñas historias. Podría agregar que hay una suerte de misterio a resolver”.
Resulta más que interesante lo que tiene para decir Sagasti cuando se le realiza una de las preguntas clásicas que hacemos los (a veces previsibles) periodistas culturales, acerca de los rituales de escritura: “Si uno realiza un ritual para ponerse a escribir es porque pretende entrar en una suerte de realidad paralela que exige determinada preparación sensorial. He leído que muchos lo hacen. Es difícil entenderlo para mí. Mis ideas y la forma de expresarlas son parte de mi ADN. No puedo ingresar a mi interioridad pidiendo permiso a unas velas. No estoy separado de mí cuando escribo, siempre soy yo, o soy más yo que nunca”, explica.
Según define Sagasti, que nació en Bahía Blanca en 1963, se encuentra ubicado “en una suerte de generación intermedia”. Eso lo coloca en posición de especial atención respecto las nuevas camadas de escritores: “No hay que dejar de lado las voces que vienen. En la piel de alguien de treinta el sol pega de otro modo. Me interesan los que escriben sin bronceador. La multiplicación de editoriales llamadas independientes es un síntoma de que nuestra cultura necesita decir, buscar riesgos, dar cuenta de ciertos nervios”, señala el autor del ensayo Perdidos en el espacio, que no se ahorra las recomendaciones: “Los dos últimos textos de Mario Ortiz: Crítica de la imaginación pura y Al pie de la letra me parecen decididamente asombrosos. Luego, y sabiendo que dejo de lado a unos cuantos, podría decir que me gustan mucho Matías Capelli, Cabezón Cámara, la prosa de Sonia Cristoff, Jorge Consiglio, la sinestesia de Kohan y los perfiles oblicuos que traza Juan Forn”.


Su condición de bahiense hizo que muchas veces, desde la crítica y el periodismo, se etiquetara a sus textos con la categoría “literatura del interior”, como si eso generara una suerte de ecosistema literario o de tendencia capaz de agrupar en torno a determinadas características a quienes desde allí escriben. “Lo único que puede significar hoy –retruca Sagasti- es la certeza de que en ciertos aspectos existe un federalismo cultural que tiene que ver más con una época donde las fronteras se diluyen a fuerza de bytes que con decisiones gubernamentales. Si Rosario es el interior, Bahía Blanca sería la Argentina profunda, y Coronel Pringles, la Argentina abisal. Hay una Argentina profunda, por llamarla de algún modo, cuya literatura es voz de una cosmovisión regional. Cuando esa cosmovisión por fuerza de las formas trasciende su terruño, ya deberíamos hablar de otra cosa. Pienso en Juanele Ortiz, por ejemplo. El resto pertenece a una mentalidad cuyos cimientos son los que constituyeron la modernidad y que hoy se encuentran en un estado de transformación muy manifiesta. Y allí solo hay buena o mala literatura. JuanForn y Guillermo Saccomanno viven en Gesell, ¿qué literatura hacen? Héctor Libertella y Guillermo Martínez nacieron y se formaron en Bahía, pero se establecieron en Buenos Aires, ¿dónde se ubicarían de acuerdo a ese criterio?”, desafía este escritor del interior, cuya literatura respalda con la fuerza de las formas un definitivo traspaso de su patria chica. 


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 23 de septiembre de 2012

lunes, 17 de septiembre de 2012

La historia también es ficción



La relación entre la historia y la literatura, sus cruces y desencuentros, sus reciprocidades y sus intentos de autonomización, ha sido a lo largo de la historia moderna uno de los más enmadejados y fértiles tópicos de debate para el campo de las humanidades. Existieron y persisten tanto escuelas de pensamiento que postularon la nula convivencia entre ambas (fundamentalmente aquellos que desde una concepción de la literatura como disciplina suprema defienden su supuesta permeabilidad completa) como aquellas que desarrollaron sus teorías a partir de la íntima relación entre las producciones discursivas y el devenir de los acontecimientos sociales a través de los modos en que estos son representados. Pero no sólo la escritura literaria tiene que rendir cuentas a la historia. La publicación de La ficción de la narrativa, de Hayden White, una enorme recopilación de ensayos del historiador y filósofo estadounidense que introdujo más de un concepto disruptivo en el ámbito de los estudios históricos, constituye no sólo un volumen de referencia, sino una vasta bibliografía que problematiza y da cuenta de la idea de que la historia se relata, se construye y se escribe como una ficción.
Veintitrés son los ensayos que componen La ficción de la narrativa, desde “Collingwood y Toynbee: Transformaciones en el pensamiento histórico inglés”, de 1957, hasta “¿Culpables de la historia? La longue dureé de Paul Ricoeur”, de 2007. Se trata de escritos nunca antes editados en formato libro, los cuales presentados de esta manera muestran un recorrido cohesionado y pueden ser leídos como una suerte de “autobiografía intelectual” de White, como señala el editor y compilador Robert Doran.     
Cuando un autor escribe un artículo que sirve de insumo prolongado para la tarea de quienes desarrollan estudios en diversas disciplinas, es normalmente considerado como destacado y extraño. Más aún si produce un libro que atraviesa las disciplinas. Pero el caso de White es excepcional: toda su obra es una referencia transversal para las humanidades, lo que lo convierte en miembro de un grupo selecto de autores, donde hay nombres universales.
Los registros dicen que White se convirtió en referencia ineludible en los ámbitos académicos de todo el mundo a partir de su infinitamente citado y discutido texto “Metahistoria”, de 1973, en el cual formuló y desarrolló la idea que la escritura histórica es de naturaleza ficcional, en tanto se construye a través de distintos tropos o figuras retóricas que hilvanan los hechos para producir una formación discursiva de aparente objetividad, pero de identidad profundamente disuasiva y estilística. Si “Metahistoria” produjo una revolución para los campos que se nutren del discurso histórico (como los estudios literarios y la crítica, la filosofía, la historia del arte y la antropología), la edición de La ficción de la narrativa es una ampliación de la teoría, una exposición los engranajes del artefacto en pleno funcionamiento, la publicación de los documentos que atestiguan el surgimiento, la maduración y la complejización de la idea. 
Al atravesar las casi seiscientas páginas de la edición, el lector puede recorrer los modos en que White problematiza las muchas aristas de la idea fuerza central: la concepción de que la historia tal como la conocemos es un relato de voces, un entramado netamente polifónico. Así, el autor nacido en Tennessee en 1928  se nutre de la teoría literaria y de la lingüística para analizar la construcción del relato histórico a partir de los aportes de las principales escuelas estéticas de la literatura (fundamentalmente del realismo), a la vez que decodifica los niveles manifiesto y profundo de la escritura histórica (tomando elementos de la gramática generativa y transformacional de Noam Chomsky), y problematiza la presencia de la ideología en la relación entre los hechos históricos y las interpretaciones. A su vez, la publicación de este volumen da cuenta de los diálogos, cruces y tensiones que entabló el pensamiento de White con las distintas corrientes de pensamiento dominantes a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, como el estructuralismo, el postestructuralismo y las variantes de la posmodernidad.  
La ficción de la narrativa es la prueba irrefutable de la principal virtud del complejo teórico que desarrolló White: es inclasificable en escuela alguna. Mientras los amantes de los catálogos hicieron esfuerzos enormes y vanos por inscribir a White en categorías teóricas, sus textos afirman que con ellas mantiene la mejor relación posible, dado que las olfatea, las mira y las circunda, para discutirlas y esquivar con habilidad la atracción, a veces magnética, de los paradigmas hegemónicos.


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 16 de septiembre de 2012

domingo, 26 de agosto de 2012

Sesión de espiritismo


“A lo mejor la revolución se hace con esta materia, con las tripas, y después viene otro y la escribe. Si se gana, todos los argumentos son pruebas de lo acertado de la idea y de las convicciones. Si se pierde, acaso ni siquiera se pueda contar por qué combatimos”, reflexiona Ismael, el militante de la juventud peronista que protagoniza Montoneros o la ballena blanca, primera novela del historiador Federico Lorenz, cuyo nombre de guerra remite inmediatamente a Moby Dick de Herman Melville. La referencia, lejos de ser casual, inscribe al texto en la tradición de las novelas de viaje y anticipa la relevancia del océano como espacio simbólico en la trama.
Novela histórica, thriller, picarezca criolla, road movie, historia de aventureros, narración épica. Sin exageraciones ni celebración desmedida: la novela de Lorenz es un potente condensador de géneros que logra relatar una historia que se sostiene sin esfuerzos hasta la última línea.       
El argumento que aquí se despliega realiza un movimiento pendular, que comienza en la guerra de Malvinas, luego se desplaza hacia la resistencia montonera en plena dictadura militar, para trasladarse a las postrimerías del gobierno de facto en un viaje a la Patagonia que culmina rumbo a Malvinas. Al tiempo que compone un crudo retrato urbano donde la militancia revolucionaria se sostiene hasta el ridículo en pleno estallido represivo, la novela de Lorenz pone en evidencia las contradicciones mortales en las que cayó la política de confrontación directa que se dio Montoneros de cara al régimen militar. Aquí, a través de las peripecias que atraviesa el comando “Héroes de la resistencia”, un reducido grupo suburbano de militantes que observa cómo sus integrantes son “chupados” con facilidad por las fuerzas represivas, se pone sobre el tapete tanto la brutalidad de la represión, como la complicidad civil y la irresponsabilidad de la conducción de Montoneros, que insistía en instruir a sus militantes para que no abandonasen una lucha tan desigual como perdida de antemano.  

Como marcas de su labor historiográfico, Lorenz glosa en la historia distintos comunicados, documentos y notas de prensa interna que la conducción de Montoneros, radicada en el exterior, emitía para la lectura, instrucción y guía de los militantes que continuaban clandestinos en la Argentina, aún a sabiendas que el ojo de la represión los seguía a toda hora y que el peligro aumentaba con los días. A su vez, hacia las páginas finales, aparecen intercalados con el argumento textos propios de Benjamín Menéndez, orientados a subir la moral de la tropa argentina en Malvinas, en un trabajo de fino entrecruzamiento de historia y ficción, algo que ya cuenta con basta tradición en la literatura argentina.

A pesar de la omnipresencia de la muerte, el texto de Lorenz no está ni cerca de ser lacrimógeno. Sus personajes destilan porteñidad de la buena, pícara y compañera, y nunca dejan de ser finos observadores y comentaristas ingeniosos, siempre en un argot peronista. El Chifa, el Lanas, Angueto, Nemo, el Gari, rozan el estereotipo del hombre de barrio setentista, peronistas hasta la última uña, no demasiado formados teóricamente sino curtidos en la experiencia, hechos íntegramente de valentía y entrega a la causa. Hay, claro, personajes más sombríos, místicos e ilustrados, como el de “El General”, líder nato y portavoz del Comando, que se encarga de dotar la experiencia de matices épicos, citas ilustradas, pasajes filosóficos, que permiten al texto moverse por sectores insospechados para una historia de marcada raigambre política. En Montoneros o la ballena blanca, la ficción finalmente predomina como forma narrativa sobre la labor historiográfica y, sin abandonar rigor teórico, la novela transita paulatinamente hacia una dimensión difusa y acaso fantástica, con escenas que rozan el delirio, con los montoneros haciéndose pasar por evangelistas en Mendoza durante meses, o a bordo de un submarino nazi rumbo a las Malvinas, al mando de un ex capitán de la flota alemana.

           Luego de narrar desde adentro la experiencia paranoica de militar en plena dictadura, el texto toma un rumbo impredecible, en una novela rutera que mueve su locación de las calles de los suburbios hacia la cordillera de los Andes, con el objetivo de emular al ejército sanmartiniano, luego hacia el sur argentino y finalmente al océano y más allá. A bordo del “Cumpa”, un colectivo viejo pero aguantador, los aventureros de dedos en ve persiguen su redención de un devenir social y político que los llevó al borde de la muerte, los quebró y se llevó a sus amigos y compañeros. Por eso, a todo motor, atraviesan el país ya en la decadencia de la dictadura militar para lograr, ya en las Malvinas, poner el último “caño”, el ansiado tiro de gracia.



Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 26 de agosto de 2012

Mariátegui infinito

Mariátegui infinito
Por Juan Francisco Gentile. Se acaba de publicar Ensayos literarios, de José Carlos Mariátegui, que reúne gran parte de su ensayística referida al arte, la literatura y las vanguardias. A través de artículos periodísticos y entrevistas, es posible ver de cerca la hiperactividad del amauta en sus escasos 35 años de vida. 

La figura del peruano José Carlos Mariátegui probablemente sea la más completa en términos intelectuales y políticos de todas las que arrojaron las distintas generaciones de pensadores latinoamericanos del siglo veinte. No sólo porque supo canalizar en su pensamiento y obra una diversidad de tradiciones de pensamiento emancipatorio, ni porque tomó del marxismo la frontal crítica de la sociedad capitalista al tiempo que discutió con la ortodoxia. Tampoco solamente porque interpretó con una lucidez radicalmente singular para su tiempo que el problema del Perú, similar en buena medida a los problemas del resto de la región, estaba cruzado transversalmente por el problema del indio, al que en un gesto de avanzada, analizó como un problema económico y de clase. Tampoco porque, en épocas de exacerbado internacionalismo en lo político, se preguntó por la cuestión de la identidad nacional, debate entonces vivo en los estratos acomodados socialmente pero dejado de lado por las izquierdas en general de la época. No solamente: además de su más difundida faceta de militante y teórico político, Mariátegui fue un teórico del arte, un impulsor de las nuevas camadas literarias, un hacedor inquieto, un fundador y director de revistas, un interlocutor incansable, desde Lima o el Cuzco, con las tendencias de vanguardia estética y política que se desarrollaban en Europa.  La llegada a las bateas deEnsayos literarios. Sobre Joyce, Breton y las vanguardias europeas (Mardulce) hace justicia con la figura del amauta, porque selecciona sus artículos de discusión con las escuelas artísticas que entonces sacudían con propuestas radicales un mundo intelectual signado por la solemne modernidad.
La reciente publicación de Ensayos literarios pone el foco en la versatilidad de Mariátegui, y constituye un fundamental aporte a la bibliografía ya clásica producida por el autor de Siete ensayos para la interpretación de la realidad peruana. Por un lado, descubre la intensa labor de Mariátegui como periodista y crítico cultural, y por otro otorga pruebas concretas de un estilo de escritura frescos a la vez que arriesgado en el manejo de categorías llamativamente vivas en la actualidad, en textos a los que les es difícil adivinar a ojo su edad de entre 80 y 90 años, de no ser por la información documental aportada por la edición .
Dividido en tres grandes apartados (Sobre libros y autoresSobre los movimientos de vanguardia y Crítica cultural y entrevistas), es posible leer aquí a Mariátegui discurrir sobre el suprarrealismo, el expresionismo, el dadaísmo, la “nueva” literatura rusa y la influencia del psicoanálisis en el arte; analizar obras de James Joyce, André Breton, Tolstoi, el cine y la figura de Chaplin; discutir sobre el arte y sus contextos, sobre el lugar de los intelectuales en las naciones y acerca de lo que llama “torremarfilismo”, vicio intelectual que se extendió y se extiende a lo largo de los siglos XX y XXI. Además, la edición de Mardulce adosa a modo de apéndice tres entrevistas a Mariátegui, en las que se lo puede leer en una clave un tanto más personal que el acercamiento reflexivo que proponen sus ensayos, emitiendo opiniones incluso antojadizas, hablando en primera persona, dejando entrever al ser humano que fue quien hoy ya simboliza una tradición de pensamiento y una forma de interpretar la cultura y la política en América Latina.   
José Carlos Mariátegui nació en Perú en 1895, y murió a la joven edad de 35 años, en 1930. Fue fundador del Partido Socialista Peruano en 1928 (que en 1930 pasaría a ser el PC de Perú) y de la Confederación General de Trabajadores del Perú, en 1929. La publicación de la editorial Mardulce se suma al rescate de su obra que había inciado la Ediciones El Andariego, en 2006, al volver a publicar los Siete ensayos… y parte importante de la obra periodística del amauta. 

viernes, 24 de agosto de 2012

El paraíso huele mal



La habitación, la cuarta novela del filósofo y escritor alemán Andreas Maier, empieza intimista. La imagen narrativa es captada con una lente que hace un primerísimo primer plano, para luego ir, sucesivamente, ampliando el cuadro hacia una panorámica: de lo que en un principio se presenta como una historia de entrecasa, donde la voz de un narrador irónico describe la vida de su tío J., extraño personaje que apesta y pasa la mayor parte de su tiempo encerrado en un taller del subsuelo de su casa en un pasado no muy lejano, la narración se dispara hacia una profunda reflexión sobre la sociedad occidental de la era moderna, sus costumbres, sus anhelos, sus miedos y sus miserias.

Aquí, la esperanzada y por momentos inocente mirada de un niño se contrapone a una vida adulta saturada por la rutina. “Mi existencia era entonces eterna”, recuerda quien narra, incapaz de pensar en las variaciones constantes que rigen sobre el mundo adulto. El tío J, que todo indica que padece cierto retraso mental, consume pornografía en cantidades, fuma sin parar, habla muy poco, se dedica a emborracharse en las tabernas, se baña casi nunca, no experimenta culpa alguna por nada, y recibe entre refunfuños al narrador cuando niño en su taller atestado de herramientas, donde sin embargo nada se produce. Aún así, es J quien en este libro tiene “un pie en el paraíso”. Aquí, la movilidad de la historia y la constancia de la vida repetitiva de la clase media se conjugan y tensionan en un relato en tono confesional.    

Andreas Maier nació en 1967 en Bad Nauheim, al norte de Frankfurt. Su primera novela, Martes del bosque, recibió los premios de la Fundación Jürgen Ponto, el premio Ernst Willner del concurso Ingeborg Bachmann, y el popular galardón de literatura Aspekte. 


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 2 de septiembre de 2012

domingo, 19 de agosto de 2012

Filosofía del altiplano


Quien haya visitado los más altos rincones de la Cordillera de Los Andes en el norte argentino podrá idear sin esfuerzo un imaginario soporte audiovisual para los relatos que se incluyen en Memorial de la Puna, de Héctor Tizón: el sonido de un viento incansable, la vastedad de llanuras de altura desérticas y solitarias, un aire denso en lucha por entrar a los pulmones, el sol rajante que preanuncia noches gélidas. Los cuadernos que Tizón compiló aquí tratan sobre hombres y mujeres que transitan esos espacios, atravesados por la idea de que la inmensidad y el silencio constituyen la contracara material de la presencia siempre incomprobable de Dios, así, con d mayúscula.

Memorial de la Puna está dividido en seis cuadernos, cada uno de los cuales incluye un relato que de alguna manera u otra está vinculado a algún punto del resto de la obra de Tizón. De esta manera, aparecen personajes de novelas como La belleza del mundo o el dinamitero de Yala que aparecía en La mujer de Strasser, que gracias a las notas de la edición, el lector podrá saber que se trata ni más ni menos que del Mariscal Tito de Yugoslavia, quien según relató el padre del autor de estos relatos, vivió en Jujuy y trabajó en el ferrocarril, en los años que antecedieron a la segunda guerra mundial.

Sin temerle a largos pasajes de tipo filosófico, o de raigambre existencialista, con esta publicación Tizón da la posibilidad de acceder a una escritura lateral de su obra, casi a modo de anotaciones al margen que, confiesa el autor, en el momento de su producción  no estaba en los planes que vieran la luz. Así, una obra que desde 1960 a la actualidad crece con ritmo sostenido, ahora se complementa con un título como Memorial de la Puna, un satélite delgado pero contundente de la ya clásica galaxia Tizón. 



Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el viernes 17 de agosto de 2012.

martes, 7 de agosto de 2012

Los elefantes saben descansar, van a morir de paz


Por Juan Francisco Gentile. A seis meses de la muerte de Luis Alberto Spinetta, Marcharecorre un punto brillante pero desatendido de su obra: Almendra II, el disco que marcó la llegada definitiva del rock argentino a una madurez rebelde.


Hace seis meses, pueblo y cultura rioplatenses vestían traje negro para despedir a Luis Alberto Spinetta, el más vanguardista de los artistas populares del Río de la Plata, o el más popular de los artistas de vanguardia. La noticia golpeó como un mazazo por varios motivos: uno, porque Spinetta dejaba este mundo en pleno desarrollo de su carrera, habiendo publicado recientemente discos que están a años luz en cuanto a composición, letrística y sonido de la media del rock argentino. Basta con escuchar con atención discos como Para los árboles,Pan o Un mañana, que aunque seguramente no son los favoritos de quienes gustan del Flaco rockero, no dejan de ser una caricia al oído, un sacudón a la modorra, despabiladores del corazón. Mazazo decíamos. También, porque de algún modo fue una victoria del periodismo buitre, que semanas antes lo había retratado sin su consentimiento, parado en la puerta de su casa de Villa Urquiza, visiblemente afectado por la enfermedad. 
Una de las imágenes que más circuló por las redes sociales aquel 8 de febrero, y los días sucesivos, fue la de “El hombre de la tapa”, aquel sujeto extraño salido del pulso de Spinetta, que con una lágrima que rueda por su mejilla, una remera rosa con la inscripción “Almendra” y con algo parecido a una sopapa en la cabeza, ilustraba el primer disco de aquella banda hoy mítica, la de los Spinetta y Emilio del Guercio adolescentes. La alta rotación del dibujo es cuanto menos lógica: se trata del disco que abrió una dimensión nueva en la canción argentina, la de la canción con armonías de marcado cuño beatle fusionados con elementos del tango, el jazz y el folclore, que luego transitarían Charly García, Fito Páez, Andrés Calamaro y tantos otros. Las crónicas del pasado febrero referidas a la vida y obra de Spinetta, que se multiplicaron como el musguito en la piedra, no cesaron de referirse a la etapa de transición entre Almendra y Pescado Rabioso como el paso repentino y sin escalas de una banda algo naive, liviana y rosada a un rock poderoso, descarnado y crudo. Los más detallistas o memoriosos señalaron la existencia deSpinettalandia y sus amigos como disco bisagra, pero no mucho más. Como sea: nadie se acordó que Almendra editó no uno, sino dos discos. El segundo, conocido en su momento como “Almendra II” o “el doble del Almendra”, es una cachetada de rock progresivo en pleno 1971 que, lejos de la tranquila siesta de la muchacha de los pechos de miel y el corazón de tiza, tronó con 21 canciones injustamente pasadas por alto por la mayoría de los escuchas de la obra del Flaco.
En tus pies se agita la calma
1971 fue el año de Led Zeppelin IV y de Sticky Fingers, de los Stones. En ese entonces, Geroge Harrison organizó el mítico Concierto para Bangladesh, mientras Pablo Neruda recibía el Premio Nobel de Literatura. También fue el año en que Roberto Gómez Bolaños empezó con el Chavo del Ocho en México, el de la creación del Frente Amplio en Uruguay, mientras en la ciudad de Córdoba y aledaños se producía la revuelta popular luego conocida como “El viborazo”. Fue ese año cuando salió a la calle el Long Play doble sin título conocido como Almendra II, en su momento tratado con frialdad por el público y por la crítica. Cuenta la historia que la banda integrada por Spinetta, Emilio del Guercio, Edelmiro Molinari y Rodolfo García trabajaba en la idea de algo que definían como su “ópera-rock”, siguiendo con la idea que, cuándo no, motorizaron los Beatles con Sgt. Pepper´s lonely hearts club band y los Stones con Their satanic majesties request, seguidos por el Tommyde The Who, y tantos otros menos recordados. Finalmente, no lograron redondear la idea original de aquel disco que se iba a llamar Señor de las latas, muchos de cuyos temas fueron grabados más adelante por Spinetta, como Canción para los días de la vida o Ella también, registrado finalmente doce años más tarde en Kamikaze. El resultado de ese proyecto trunco y de la inminente separación del grupo fue la grabación de las canciones que tenían terminadas. Eso fue Almendra II, un disco que probablemente nadie ponga entre sus favoritos de Spinetta, más por desconocimiento que por las músicas que contiene, y que sin embargo es una joya.
Temas como Los elefantesCamino difícilAgnus deiUn pájaro te sostiene o Parvas, sólo por nombrar algunos, contienen una mixtura impecable entre la canción que Almendra trabajó en su primer y famoso disco y una impronta rockera furiosa y lisérgica, con marcadas influencias de Zeppelin, Jimi Hendrix, y Pink Floyd, bandas que tanto Spinetta como el resto de los integrantes escuchaban con fascinación en los primeros años de la década de los setenta.
Agnus dei, con sus 14 minutos y 27 segundos de locura distorsionada, es el ejemplo extremo del significado de este álbum: la llegada del rock argentino a una madurez rebelde, que patea el tablero de la rotación comercial signada por la canción de tres minutos con estrofa y estribillo. También en Almendra II aparecen como compositores e intérpretes arriesgados y de calidad  Edelmiro Molinari, con temas poderosos como No tengo idea yAire de amor; y Emilio del Guercio, que mostrando ya retazos del camino que lo llevaría años más tarde a comandar un barco de lujo como fue Aquelarre, plasma en este disco joyas como Camino difícil (con su estrofa montonera: “Compañero, toma mi fusil / ven y abraza a tu general / ¿no ves que el tiempo se quedó a vivir?”) y Un pájaro te sostiene, de una cadencia rítmica y poética casi perfectas. Y lo de Spinetta, compositivamente, es tremendo:En las cúpulasParvasVete de mí cuervo negroLos elefantes y Para ir dan cuenta de un Flaco afiladísimo, equilibrado, sin temor a la armonía vocal y con alto voltaje de riffs y distorsión que no satura.
Morir de paz, fasando el tiempo
“En épocas de Almendra II, yo tomaba algún acidito. Mal para mí. Tiempo después, ya no jugaba con mi cerebro a la buena de Dios. Y ya viendo la magnitud de mi propio nacimiento en mis hijos, jamás me atreví a chistes psicodélicos, aunque, debo admitir que, en cambio, de a poco, comencé a esnifar algo, y esnifé. Más mal para mí. Pero hace un montonazo de tiempo que estoy limpio y muy bien, y puedo decir que el interés por aquellas aventuras se extinguió. Siempre me gustó fasar el tiempo, nada del otro mundo. Hoy tabaco, y chupitegüi en la comida, rankean a tope”, decía Spinetta en 2008, en una entrevista sin desperdicio con Rodolfo Braceli. La misma charla en la que decía: “La muerte lejos no puede estar. Porque somos burbujas que se rompen con una facilidad absoluta. Pero ella no es una presencia que me impida cantar, ni ser feliz”. Pero más allá de las entrevistas de archivo, en definitiva, la única clave para re encontrarse con el espíritu del Flaco es escuchar su obra. En ese momento, por favor, detenerse en Almendra II y hacer como los elefantes, que saben descansar y van a morir de paz.