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martes, 28 de junio de 2016

Traducir es crear

Ruedas de prensa, firma de ejemplares, notas en los medios, canjes, regalías y, con algo de suerte, cierta dosis de reconocimiento. Cuando un autor presenta una nueva obra, más aún si ostenta una trayectoria reconocida o si por determinada razón la publicación alcanza considerable grado de repercusión, una serie de puertas se abren en el mismo momento en que la rueda de la industria editorial comienza a girar. Pero en medio de las serpentinas de esa fiesta de la cultura que es la publicación de un nuevo texto, pocos o acaso nadie se pregunta por los traductores. ¿Cuántos advierten la centralidad de esa tarea para que acontezca el descorche? ¿Tienen quienes traducen el reconocimiento simbólico y material que merece la labor? Algunas de estas preguntas motorizaron a un conjunto de traductores de largo recorrido profesional a conformar el Grupo Ley de Traducción Autoral (Grupo LDTA), en el año 2013, para comenzar a delinear un proyecto de ley que lograra otorgar un marco normativo para la tarea. A partir de entonces, los profesionales recibieron el apoyo de editores, libreros, escritores, periodistas, docentes, estudiantes y representantes de la política interesados en la legislación cultural, y comenzaron a transitar el primer tramo de un largo camino legislativo. Ahora, el proyecto de ley aguarda tratamiento en la Cámara de Diputados, particularmente en las comisiones de Legislación General, ahora a cargo del macrista Daniel Lipovetsky, y en la comisión de Cultura, en cuya presidencia quedó designado recientemente el diputado del Frente para la Victoria Juan Cabandié.

En el Grupo LDTA convergen Estela Consigli, Andrés Ehrenhaus, Laura Fólica, Pablo Ingberg, Griselda Mársico y Gabriela Villalba, quienes –entrevistados por PERFIL– solicitan se los cite colectivamente, y analizan: “La actividad de los traductores autorales está regulada por la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Pero la situación es particularmente precaria, porque si bien la ley los considera autores, en los hechos se los trata como simples prestadores de servicios”. Es decir: el trabajo de un traductor es para gran parte de las empresas editoriales una mera provisión de servicios, tal como el que presta una empresa que se encarga de la limpieza o de la repartición de los bidones de agua. Los integrantes del Grupo LDTA explican que bajo la actual normativa “los traductores autorales, que trabajan aislados y no cuentan con ningún tipo de agremiación, suelen verse obligados a aceptar las tarifas y condiciones que les imponen”, y agregan: “Así, la remuneración es muy desproporcionada respecto del esfuerzo, la dedicación y la formación necesarios, los plazos de entrega son demasiado cortos, y no siempre se firman contratos ni se pagan las regalías correspondientes, lo cual redunda en que, con este grado de precariedad laboral y sin un marco regulador coherente, la calidad de las traducciones pende de un hilo”.
En el marco actual, la relación de contraprestación de servicios entre los traductores y los editores se da de la siguiente manera: el traductor recibe un único pago contra entrega de la traducción cuyo uso cede. Saldado el pago, aquel que contrata el servicio de traducción puede ampararse en el artículo 38 de la Ley 11.723 para conservar la propiedad de la obra, pudiendo corregirla, editarla parcial o totalmente, revenderla o archivarla sin tener que informar al traductor ni volver a pagarle. Sobre este tema, los editores del Grupo LDTA señalan: “Este alejamiento del traductor autoral respecto de su obra alienta prácticas injustas en el sistema editorial y resulta absolutamente contrario a la doctrina del derecho de autor”.
El proyecto de ley en cuestión introduce una serie de cambios. Por un lado, establece un límite claro a la cesión de los derechos de uso comercial de la traducción, que sólo pueden cederse mediante contrato escrito, para un uso específico y durante un plazo máximo de diez años. Agotado dicho período, los derechos revierten en el traductor, que puede volver a cederlos por un plazo limitado mediante un nuevo contrato. Además, garantiza que, en virtud de la cesión de esos derechos, el traductor participe en los beneficios que arroje la venta de su obra mediante un porcentaje de las regalías: no inferior al 1% para las ediciones de la traducción en papel, al 2,5% para el caso de su explotación a través de medios digitales, y al 5% cuando, en cualquier formato de edición, se trate de la traducción de obras de dominio público. Por otro lado, el proyecto de ley alienta una serie de medidas de fomento de la traducción en el país, como la creación de un Premio Nacional de Traducción. A su vez, la iniciativa introduce la enumeración de los derechos morales del traductor y la obligación de respetarlos por parte del usuario, así como la puesta en claro de los elementos básicos constitutivos del contrato de traducción, de tal manera que las partes puedan negociar en condiciones de mayor igualdad y conocimiento. Otro punto importante es la visibilización de la figura del traductor en la difusión y promoción de la obra. Al respecto, los editores opinan que “en la práctica se esconde al traductor, con la idea de que el lector ‘olvide’ que lo que está leyendo es una traducción, y este ninguneo cultural suele ser el caldo de cultivo ideal para el ninguneo laboral o tarifario”.

Al momento de indagar acerca de las razones por las cuales el proyecto de ley quedó congelado, no son pocos quienes apuntan a un lobby de los grandes jugadores del mercado. Juan Ignacio Boido, director local de Random House, fija la postura del gigante: “La propiedad intelectual está renegociando sus alcances. En Alemania se dispuso un proyecto de ley de traducción tras consensuar un escenario viable, que fomente el trabajo además de protegerlo. En España, la situación de los traductores también está legislada. Este proyecto va en esa dirección. Y considerando la larga y excelente tradición de traducción que tiene la Argentina, me parece bien y necesario. Una editorial sólo se puede beneficiar si hay traductores protegidos, que puedan vivir del trabajo acumulado a lo largo de los años, y dedicados a su oficio”. Otro de los escollos que se supone complicarían el apoyo de los grandes grupos editoriales es el costo extra que sumaría la participación de los traductores en las regalías. “Es cierto que cargaría al libro con un costo extra –señala Boido–. Pero en muchos libros Random ya paga derechos de traducción. Los libros de pocas ventas son los casos más delicados. Hay ensayos o ficciones muy literarias que sólo se pueden traducir con la de los estados. Otros, repartiendo el costo entre todo Hispanoamérica. Si se puede encontrar una manera de que sean viables y a la vez los traductores puedan cobrar más si al libro le termina yendo bien, bienvenida”.



Los apoyos del ámbito editorial y cultural

Son hasta ahora más de 1.600 las adhesiones personales de traductores, escritores, pensadores, lingüistas, editores, docentes, estudiantes y profesionales del área de la cultura en general al proyecto de ley. Entre los apoyos institucionales aparecen la Academia Argentina de Letras, la Sociedad Argentina de Escritores, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el Instituto Goethe; las Asociaciones de traductores de España, Cataluña, Austria, Alemania, Canadá; los departamentos de las carreras de Letras y de Filosofía de la UBA; editoriales como Mansalva, Eterna Cadencia, Caja Negra, Mardulce, Godot, El 8vo. loco, entre otras.
La editora Leonora Djament, de Eterna Cadencia, señala: “Un traductor es también un autor de la obra que traduce, en la medida en que hace un trabajo muy específico –político y estético a la vez– sobre la lengua y sobre la tradición. Por lo tanto, ese estatuto debe estar reflejado necesariamente en los contratos que los traductores firman con las editoriales. Y es necesario reglamentar esa relación que también es de potestad sobre la obra traducida, con todos los derechos pero también todas las obligaciones que eso conlleva”.
Ana Ojeda, escritora y editora de El 8vo. loco, destaca: “Considero la labor de los traductores a la vez muy esforzada e invisibilizada. Son puentes culturales fundamentales, muchas veces las puertas de ingreso de autores y textos desconocidos. Considero al traductor un segundo autor. Hoy se les paga poco, a veces ni siquiera se los menciona en la portada, o se los consigna en las primeras páginas del libro pero no en la tapa. Si a la traducción le va bien gana el editor, gana el autor, gana la editorial, pero para el traductor es lo mismo que si hubiera sido un fracaso. Creo que con la ley algunas de estas cosas, y sobre todo la mentalidad que subyace, podrían empezar a cambiar”.
Por su parte, la socióloga y escritora María Pía López reflexiona al respecto: “No leemos a un autor de otra lengua directamente, sino que leemos al traductor o traductora de esa obra, que vuelve a crearla en otra lengua. La cultura argentina se forjó, en muchos momentos, alrededor de traducciones. Tuvo una industria editorial potente y traductores muy relevantes, como Bianco para Henry James, o Salas Subirat para Joyce, o Benjamín de Garay para Da Cunha. No eran traductores colegiados sino escritores y expertos en las lenguas. Por eso, no hay que aceptar límites corporativos. La traducción literaria es otra cosa. Actualmente hay un gran movimiento de generar traducciones locales, pero sin provincianismos. A los que no cesamos de incordiarnos con las traducciones españolísimas de Anagrama nos alegra ese cosmopolitismo con entonación local. La ley no reconoce sólo derechos a los traductores sino que incentiva este movimiento necesario”.


Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el 26 de junio de 2016

domingo, 24 de abril de 2016

Salvataje a la cultura gráfica

Un proyecto de Ley que puede cambiar el panorama de la prensa cultural gráfica en la Argentina espera en tres comisiones de la Cámara de Diputados para ser tratados este año. La iniciativa dispone el fomento de las publicaciones culturales independientes, en todos los eslabones de la cadena.


La historia de la cultura argentina, sus puntos de inflexión y sus debates, sus vanguardias, centros  y márgenes, su vínculo con el público especializado y general, de nicho y de masas, y la relación entre el mundo del pensamiento, el arte y la literatura de este rincón del hemisferio sur y los principales centros de producción mundiales. Todo está unido a la vida y obra de las revistas culturales. Nombres propios como Sur, El escarabajo de oro, Poesía Buenos Aires, Punto de vista, Pelo, Contorno, Crisis, Cerdos & Peces, Humor y Expreso Imaginario forman parte de la memoria cultural argentina con un grado de incidencia decisivo en una cultura concebida en sus orígenes desde las alturas de la torre de marfil. En la actualidad, existe una importante cantidad de revistas que continúa aquella tradición, desde diversas temáticas y enfoques, a través de un trabajo persistente, luchando contra las condiciones privativas del estado actual de la cadena de producción de la prensa gráfica. Este año, el panorama puede cambiar: la Ley de Promoción de la producción independiente de comunicación cultural por medios gráficos y digitales espera en la Cámara de Diputados para ser tratada y así modificar un panorama que se presenta como molino ante Quijote para los editores del sector. 


En diciembre de 2001 hubo una reunión entre los representantes de las revistas culturales y autoridades del gobierno de De la Rúa, ya en franca debacle y a pocos días de escapar de Casa Rosada montado a un helicóptero. Asistieron representantes de diversas publicaciones, como Gustavo Noriega, por El Amante, Beatriz Sarlo, por Punto de Vista, y Claudia Acuña, que daba los primero pasos con la cooperativa de comunicación La Vaca pero con largo recorrido en el periodismo gráfico. Fue Acuña quien le dijo a Cavallo: “yo no sé si usted estará acá mañana, pero no tengo dudas de que nosotros sí vamos a estar”. Si bien algunas de las revistas que estaban representadas en esa reunión dejaron de editarse, y otras pasaron a publicarse sólo en formato web, de 2001 a esta parte las revistas culturales e independientes (en tanto no están producidas por grandes empresas editoriales) se consolidaron como un sector específico y pujante dentro de la prensa gráfica. Hoy, cerca de 200 publicaciones editadas en los más diversos puntos del país, culturales e independientes, como Los Inrockuptibles, Mu, Haze, Crisis, La Balandra, Barriada, Otra Parte, Hecho en Bs. As. o Turba, se nuclean en la Asociación de Revistas Culturales e Independientes de la Argentina (AReCIA). “Nuestros problemas son históricos, son puntuales y comunes a todos: papel y distribución. Todo lo que pasa ahí, los aumentos en la cadena, los paga el lector en el precio de tapa”, señala Acuña, que preside la cooperativa que edita el periódico Mu.

La distribución y venta de diarios y revistas hoy está regida por el decreto 1025/200, basado en el artículo 1° del Decreto N° 2284/91 que dispone una “desregulación del comercio interior de bienes y servicios mediante la eliminación de todas las restricciones a la oferta de bienes y servicios en todo el territorio nacional que distorsionen los precios del mercado". Es decir: ley de la selva.

“En los últimos años estuvo en discusión el proceso de concentración en el ámbito audiovisual. En 2009 surgió una ley democrática que planteaba claros principios anticoncentracionarios, que contribuían a la diversidad de voces –indica Daniel Badenes, actual vicepresidente de AReCIA y editor de la revista platense La Pulseada-- En la gráfica, en cambio, siguió rigiendo el neoliberalismo más feroz, del principio al final de la cadena productiva. Al principio: el papel, insumo básico poco controlado, que aumenta cuando aumenta el dólar, aumenta cuando no aumenta el dólar, aumenta cuando hay paritarias, aumenta cuando no hay paritarias, aumenta cuando llueve y cuando no llueve. En las propias estadísticas oficiales, uno puede ver una inflación del 70% del papel en dos años. Eso es expulsivo para los editores independientes, tanto de libros como de revistas, que hacemos un gran aporte a la industria local”.

El proyecto de Ley, presentado por el diputado del Socialismo Para la Victoria, Jorge Rivas, dispone la creación de un registro en el ámbito del Ministerio de Cultura de la Nación y de un Fondo para la Producción de Comunicación Cultural Independiente, equivalente a un 8 % de lo que el Estado destina anualmente a la pauta oficial en medios gráficos y digitales. A su vez, crea condiciones especiales de acceso al crédito y un régimen de fomento, difusión y publicidad. El proyecto cuenta con el apoyo del Sindicato de Canillitas, que ve sus ganancias perjudicadas por el actual sistema de distribución, concentrada por los grandes jugadores del mercado de la prensa gráfica. Además, los vendedores sostienen la exhibición de este tipo de revistas porque se venden bien y dejan un mayor porcentaje del precio de tapa. En ese sentido, la ley plantea una protección para asegurar la llegada a los kioskos de las publicaciones comprendidas en el registro a crear.



Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 24 de abril de 2016